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viernes, 19 de julio de 2024

15 de julio, 925 Aniversario, Festividad de la Liberación de Jerusalén



En la Primera Cruzada en Tierra Santa:

El invicto comandante Cruzado Godofredo, Duque de Bouillon, Duque de Lorena y Marques de Amberes al frente de su Ejercito en una batalla que duro 8 días y sus 8 noches ininterrumpidas entró en Jerusalén el 15 de julio de 1099 y liberó la Ciudad Santa de la ocupación que perpetraron años antes los sarracenos.

En ese acto Godofredo fue aclamado y proclamado Rey fundador del Reino de Jerusalén y su primera medida fue rehusar al título de monarca por el de "Protector del Santo Sepulcro" negándose a ser coronado con corona de oro haciéndose coronar con corona de espinas en símbolo de humildad con su famosa frase inmortal: "No llevaré corona de oro donde Cristo la llevó de espinas" y fundar la Orden Militar de los Caballeros Custodios del Santo Sepulcro de la cual fue su primer comandante cuyo cometido principal es ser garantes a perpetuidad de que nadie se atreva a profanar jamás la Santa Basílica de la Tumba de Nuestro Señor Jesucristo.

" Hay hombres y hombres en el seno del Señor, pero solo Hombres de Honor son los que custodian el Imperio de Dios. Levanten sus armas Camaradas de la Cristiandad ante la Grandeza de quién permitió que nuestros pulmones en Jerusalén respirasen oxígeno puro. Empuñen y martilleen hasta caer rendidos exhaustos junto al atardecer entre cientos de los que jamás se han rendido "

Deus nobiscum, Vive Christus Rex !!

Encuentran en la Iglesia del Santo Sepulcro el altar mayor de los cruzados


 En la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén, un equipo de historiadores de la ÖAW encontró por casualidad el mayor altar medieval conocido, que se había dado por perdido durante décadas. Consagrado en 1149, el altar mayor de los cruzados, excepcionalmente ornamentado, apunta a una conexión hasta ahora desconocida entre Roma y el reino cristiano de Jerusalén.

 El 15 de julio de 1149 fue un día especial para Jerusalén: exactamente 50 años antes, los cruzados europeos habían conquistado la Ciudad Santa y proclamado el Reino de Jerusalén tras siglos de dominio musulmán. En ese importante aniversario un acto debía fortalecer aún más el joven reino. El punto culminante fue la nueva consagración de la Iglesia del Santo Sepulcro, uno de los mayores santuarios de la cristiandad. En el centro del edificio de la iglesia, espléndidamente ampliado en estilo románico en años anteriores, se inauguró una obra de arte especial: un nuevo altar mayor.

Entre los escombros de la historia

«Conocemos relatos de peregrinos de los siglos XVI, XVII y XVIII sobre un magnífico altar de mármol en Jerusalén», cuenta Ilya Berkovich, historiador del Instituto para el Estudio de la Monarquía de los Habsburgo y los Balcanes de la Academia de Ciencias de Austria (ÖAW) y coautor de un nuevo estudio sobre esta obra de arte histórica. Sin embargo, tan grande como fue la impresión que el altar dejó en las personas a lo largo de los siglos, así de repentina fue su desaparición de la memoria colectiva. «En 1808 hubo un gran incendio en la parte románica de la Iglesia del Santo Sepulcro», relata Berkovich. «Desde entonces, se pensó que el altar de los cruzados había desaparecido», añade el historiador.

Varios descubrimientos sorprendentes

Recientemente, el arqueólogo  Amit Re’em de la Autoridad de Antigüedades de Israel y el historiador de la ÖAW, Ilya Berkovich, hicieron un hallazgo sensacional en medio de la Iglesia del Santo Sepulcro: en un pasillo trasero de la iglesia, una pesada losa de piedra de varias toneladas había estado apoyada en la pared durante un tiempo indeterminado, y en su lado frontal los turistas habían dejado grafitis. Cuando la losa fue volteada debido a trabajos de construcción, reveló su herencia artística mucho más antigua: la losa, decorada con ornamentos de lazos en ese lado, fue rápidamente identificada como la antigua y espléndida fachada del altar medieval de los cruzados.

Para los historiadores, este descubrimiento es sorprendente en varios aspectos. Primero, por el hecho de que la losa pudo permanecer oculta durante tanto tiempo en un edificio tan intensamente investigado como la Iglesia del Santo Sepulcro, a pesar de recibir diariamente la vista de miles de peregrinos y turistas. «Que algo tan significativo pudiera pasar desapercibido en ese lugar durante tanto tiempo fue completamente inesperado para todos», confirma Berkovich.

Igualmente significativo es el nuevo conocimiento que el hallazgo permite sobre el altar mayor medieval. Las excepcionales decoraciones llevaron a los investigadores a la pista del llamado Cosmatesco. Esta técnica especial de decoración en mármol era dominada exclusivamente por maestros gremiales en la Roma papal, quienes transmitían esta habilidad de generación en generación. La técnica se caracterizaba por usar pequeñas cantidades de valioso mármol, que en la Roma medieval se obtenía principalmente de edificios antiguos, para decorar grandes superficies colocando pequeños fragmentos con gran precisión, creando patrones geométricos y ornamentos resplandecientes.

El altar respaldaba la reclamación de la Cristiandad

El valor de este arte era bien conocido por sus maestros y también por el Papa. Solo se conocen pocas obras de arte Cosmatesco fuera de Roma, y hasta ahora solo una fuera de Italia: en la Abadía de Westminster, donde el Papa había enviado a uno de sus maestros. El ahora redescubierto altar Cosmatesco en Jerusalén debió haber sido creado con la intervención del Papa, posiblemente Eugenio III: al enviar el Pontìfice a uno de los maestros Cosmatesco al Reino de Jerusalén para fabricar el altar de los cruzados, subrayó literalmente la reclamación de la cristiandad sobre la ciudad. «El Papa honró así a la iglesia más sagrada de la cristiandad», afirma Berkovich.

El redescubierto altar mayor es así la prueba de una conexión desconocida hasta ahora entre Roma y Jerusalén, que también es importante para la historia del arte europeo. «Con un ancho original de más de 3,5 metros, hemos descubierto el mayor altar medieval conocido hasta la fecha», destaca Berkovich. Él espera que futuras investigaciones en los archivos papales puedan sacar a la luz más detalles sobre la historia de la creación del altar, posiblemente incluso la identidad del maestro Cosmatesco que creó la obra de arte.

viernes, 8 de diciembre de 2023

Caníbalismo en las Cruzadas


Hay algo que los largometrajes no han logrado transmitir. Al menos todavía. El hedor de los cadáveres que, ya serenos y huecos de vida, yacen inertes sobre el campo de batalla. En el siglo XI, durante la Primera Cruzada , la guerra no olía a gasoil y a pólvora. Apestaba a sudor y exudaba el calor del desierto. Eran otros tiempos. Los de luchar por una Tierra Santa alejada del cobijo del viejo continente y los de asumir penurias inimaginables en defensa del cristianismo. Y si creen que exagero, basta con recordar el hambre y la desesperación que debieron pasar los defensores de la ciudad de Maárat para verse obligados a comer carne humana. 

 El episodio, tan real como tristemente olvidado, es uno de los muchos que recoge el profesor de Historia medieval Thomas Asbridge en su flamante «La Primera Cruzada. Una nueva historia» (Ático de los libros, 2021). Una obra que, a lo largo de sus más de cuatrocientas páginas, se zambulle de lleno en la campaña que inauguró unas contiendas (las cruzadas) que se extendieron durante dos siglos a través de los ojos de cientos y cientos de cronistas. Fue una de las pocas que, sobre el papel, resultaron exitosas y finalizaron con la toma de Jerusalén . Aunque, en la práctica, provocó una infinidad de conflictos internos y muertes.
Primera Cruzada

La Primera Cruzada se gestó en un momento de tirantez extrema en la Iglesia. Según explica a ABC Carlos Núñez del Pino –licenciado en Historia y autor de artículos de divulgación en revistas como Descubrir la Historia, Historia Hoy o Muy Historia– su arquitecto fue Urbano II . «Accedió al trono papal en 1088, una época de enorme tensión y crisis en la institución, muy debilitada por su enfrentamiento con el Sacro Imperio Germánico . Tal era la situación, que el nuevo papa tardó seis años en poder controlar su palacio, ocupado por el Antipapa Guiberto . Urbano, francés de origen, era un auténtico animal político y tenía muy claro su objetivo: recuperar la influencia política», desvela.

La oportunidad de recuperar el poder se le presentó en el 1095, cuando el emperador bizantino Alejo Comneno solicitó ayuda para detener a un ejército selyúcida que llamaba a sus puertas ávido de tierras y riquezas. Urbano II , un verdadero mago de la política, instó entonces a los cristianos a viajar miles de kilómetros hasta Tierra Santa . «Supo instrumentalizar esta solicitud para sus intereses. En un contexto de legitimización de la corona papal utilizó la idea de Cruzada para erigirse como principal defensor de la fe. No solo podría vender la idea de la ayuda hacia los cristinos orientales en peligro, sino que dirigiría la belicosidad de los príncipes europeos hacia tierras lejanas», añade Del Pino.

Cual estrella del rock , Urbano II protagonizó decenas de bolos por tierras galas primero, y Europa entera después, en los que llamó a pobres y ricos a dejar la calidez de sus hogares, bordarse la cruz –símbolo de aquel movimiento militar– y defender el cristianismo. Y vaya que le salió bien. «Durante el verano de ese año, Urbano realizó una gira por Francia para visitar Cluny , donde había sido prior, y a los grandes nobles. El objetivo era conseguir el apoyo de la élite del reino antes de lanzar su idea en Clermont . Estaba todo calculado para evitar cualquier error». Su máxima, convertida a la postre en una suerte de lema de la Primera Cruzada , resonó en palacios y en las casas más humildes: « Deus vult » («Dios lo quiere»).

Lo que el altísimo no anhelaba, con total seguridad, eran las diferencias internas que brotaron en el seno de los ejércitos arribados a Tierra Santa. La enfermedad fue la llegada de demasiados líderes militares, y no había un remedio claro para ella. Lo único que ayudó a paliarla fueron las victorias contra los musulmanes, el sueño por hacerse con la ciudad prometida –Jerusalén– y la conquista de enclaves determinantes como Antioquía (tomada en el verano del 1098). Y, a veces, ni eso. Así lo confirma Asbridge en su obra, donde especifica que fue precisamente en esta urbe donde tres personajes de calado dieron un paso al frente para alzarse, de una vez, como líderes de la Primera Cruzada: Bohemundo de Tarento , Godofredo de Bouillón y Raimundo de Tolosa .
Triste preludio

Bohemundo, príncipe de Tarento, era la opción más lógica. Veterano, había demostrado en un millar de ocasiones su valía en combate. No en vano recibió en junio el cargo temporal de comandante de la Cruzada. Sin embargo, era de mentalidad cautelosa y no abogaba por avanzar hacia Jerusalén hasta que las posesiones ya conquistadas estuvieran bien defendidas. Su némesis fue Raimundo de Tolosa, convencido de que la conquista de la Ciudad Santa era clave para la moral de las tropas y portador de una reliquia capaz de unir a toda la cristiandad: la lanza con la que –de forma presunta– habían atravesado a Cristo en la Cruz. Ambos protagonizaron una serie de tiranteces para hacerse, poco a poco, con más poder que su contrario.

Desde luego no fue sencilla la conciliación. Tras la conquista de Antioquía , cada uno de los contendientes se obcecó en hacerse con más territorio que su par para postularse como líder de la cruzada. En medio de aquel clima enrarecido, y allá por finales de noviembre del 1098, Raimundo puso sus ojos en Maárat an Numán , uno de los asentamientos más destacados del oeste de Siria tanto a nivel estratégico como económico. Sus huestes arribaron a las puertas de la pequeña fortaleza el 28 y, apenas unas jornadas después, hicieron lo propio las de Raimundo, obsesionado por participar en la conquista y que no le adelantaran un movimiento en su particular partida de ajedrez. La urbe, definida por los cronistas como «rica y muy poblada» , se enfrentó así a los cristianos.

El largo asedio, cuyos pormenores darían para un artículo igual de extenso, puso de manifiesto lo precarias que eran las líneas de abastecimiento de los cristianos . El camino directo con Antioquía no tardó en verse bloqueado de forma intermitente y las tropas de Bohemundo y Raimundo sufrieron en su piel la escasez de vituallas y agua. Así lo corrobora Asbridge al señalar, en su nueva obra, que «los mismos cruzados se quedaron rápido sin provisiones» y que se vieron obligados a acortar los tiempos que barajaban en principio para evitar un descalabro aún mayor. «Con el invierno cerca de alcanzar su punto álgido, las líneas de abastecimiento pronto empezaron a mostrar señales de tensión. Al cabo de una semana, el suministro se redujo».

Raimundo de Aguilers , testigo de los hechos, hizo referencia a la preocupante escasez de alimentos:

«Me apena informar que en la hambruna resultante era posible ver a más de diez mil hombres dispersos por el campo como ganado, rascando y rebuscando con el propósito de encontrar algún grano de trigo o de cebada, una judía o cualquier hortaliza».

La escasez de alimentos trajo consigo una disminución radical de la disciplina y, con el paso de las jornadas, hasta el monje Pedro Bartolomé –mano derecha de Raimundo– cargó contra el ejército cruzado por perpetrar faltas como «el asesinato, el saqueo, el robo y el adulterio». Todos ellos, pecados que obligó a purgar con la ofrenda de oraciones, el pago de limosnas y muchos «preparativos espirituales» más. Por suerte para los líderes, la fortaleza de Maárat an Numán cayó a mediados de diciembre tras lanzar contra ella desde una gigantesca torre de asedio hasta, en palabras de los cronistas de la época, «piedras, proyectiles de fuego, colmenas de abejas, cal y fuego».
Canibalismo

Aquella hambruna fue un triste preludio de lo que todavía estaba por llegar. Tras unas navidades en total inactividad, Asbridge afirma que la escasez volvió a tomar la ciudad de Maárat. «La mayoría de ellos, desde los caballeros hasta los campesinos más pobres, estaban cada vez más descontentos. Una vez agotado el exiguo botín obtenido durante el saqueo de la ciudad, el hambre volvió a amenazarlos». Pronto se extendió a toda velocidad entre la hueste la idea de que la única forma de sobrevivir era marchar hacia la ansiada Jerusalén. La rebelión se palpaba en el ambiente y ninguno de los dos líderes estaba exento de ella. Pero a uno y al otro, al otro y al uno, les resultó imposible aparcar sus diferencias en favor de un objetivo común.

Sus problemas internos terminaron por condenar Maárat. Para empezar, ambos abandonaron la ciudad a su suerte tras reiniciar sus disputas por el control de Antioquía, mucho más determinante. Si las líneas de aprovisionamiento eran ya débiles, aquello les dio la puntilla. La ciudad quedó desprovista de vituallas y, en breve, se inició una hambruna. La mayor de todas las vividas hasta entonces. «Las líneas de abastecimiento que sostenían a los soldados eran tenues, pero, con la llegada del nuevo año, colapsaron. Los pobres, que ya habían padecido hambre en Navidad, se descubrieron de repente privados por completo de sustento . Todo indicaba que se revivirían los horrores de la inanición , que ya había causado estragos entre los francos un año atrás, durante el asedio de Antioquía», añade el experto en su obra.


Narran las crónicas que la desesperación de los soldados cristianos afincados en Maárat fue absoluta. El hambre provocó que los cruzados más desamparados «despedazaran los cadáveres de los musulmanes, pues en las entrañas de estos se solían encontrar monedas de oro». Y eso solo fue el principio. Poco tiempo después, otros recurrieron a medidas más desesperadas. De esta forma lo explicó el cronista Raimundo de Aguilers:

«Aquí nuestros hombres sufrieron una hambruna excesiva. Me estremezco al contar que muchos de ellos, atormentados hasta el extremo por la locura que les causaba la falta de alimentos, decidieron cortar trozos de carne de las nalgas de los sarracenos que yacían por allí, trozos que luego cocinaban y comían, y devoraban como salvajes sin esperar siquiera que la carne se acabara de asar».

Asbridge recoge otros tantos testimonios que se refieren a que «la escasez de comida se tornó tan grave que algunos cristianos se comieron con gusto los cadáveres podridos de los sarracenos que tres semanas antes habían arrojado a los pantanos».

El autor define lo acontecido en Maárat como «una de las atrocidades más infames cometidas por los ejércitos de la Primera Cruzada». Ya en la Edad Media , el canibalismo era una práctica vista con verdadera repulsión por los cristianos, algo que no sucedía, por ejemplo, con los saqueos orquestados contra el enemigo. Por ello, los cronistas dieron buena cuenta de ella en sus escritos. Asbridge también afirma que aquellas historias «tuvieron algún efecto a corto plazo». El principal fue que las noticias llegaron hasta las urbes cercanas y los musulmanes se forjaron la imagen de los caballeros cristianos como demonios con cuernos y rabo. Seres sedientos de sangre ante los que era imposible ofrecer resistencia. Al parecer, esa leyenda negra les hizo firmar treguas con sus enemigos antes incluso de que atacaran.

martes, 15 de agosto de 2023

La espada cruzada


Investigación: Espada cruzada del siglo XII encontrada en el-'Arish, reconstrucción digital (hallazgo extremadamente raro).


Esta es una espada que probablemente pertenece al caballero cruzado del siglo XII. Se encontró en el desierto después de una tormenta de arena masiva y ahora se encuentra en el Museo de Israel, Jerusalém.
Observen el enorme pomo octagonal de esta espada y la distintiva forma de contorno de la hoja. La guardia es redonda en sección transversal y tiene una forma bastante interesante, que comenzó a producirse en el siglo XII.
 

El todo en su estado actual pesa 990g y originalmente podría haber sido alrededor de 1100-1150g. Toda la espada, como muchas similares de este periodo, tiene una longitud total de más de 1 metro, en este caso con el punto suplementado sería de unos 1070mm, de los cuales 1003mm se han conservado.
 

Esto es una rareza porque muy pocas armas cruzadas se han encontrado en Tierra Santa, a pesar de mucha guerra durante los 200 años de las Cruzadas.
Encontrar una espada completa en relativamente buenas condiciones como esta es extremadamente raro, con sólo unos pocos ejemplos conocidos (incluyendo una espada recientemente encontrada en la costa de Haifa).
 

¿Por qué hay tan pocas espadas de este período en Tierra Santa?
Puede haber varias razones. Las condiciones naturales en esta zona son propicias para la rápida degradación del acero. También puede suponerse que tales artefactos fueron recolectados y deliberadamente destruidos o rematados por los lugareños durante cientos de años, lo que está relacionado con la actitud de la comunidad local con los artículos relacionados con los cruzados. Cabe señalar que en Europa esas armas se mantuvieron como herencias y trofeos, luego como colección histórica, mientras que en Oriente Medio no fue así.
 

Hoy y en Europa, cada espada de este período encontrada es una sensación, pero en Tierra Santa es realmente una rareza.
Esta es la razón por la que estos hallazgos son tan importantes, que nos pueden dar información histórica importante.

miércoles, 21 de junio de 2023

Cúal fué la primera Cruzada de la Historia?


La Cruzada de Barbastro. 

 Conoce como la fue la primera Cruzada de la historia y no, no fue en Tierra Santa, sino en la península Ibérica.
A mediados del siglo XI el reino de Aragón apenas había nacido bajo el gobierno del rey Ramiro I. (1035-1063). Este príncipe tenía de vecino a la taifa de Zaragoza, por el sur y fue su área de expansión natural. La frontera norte zaragozana estaba en Graus y la ciudad más principal era Barbastro. El soberano aragonés intentó apoderarse de estos puntos claves en varias ocasiones.
En 1063 lo volvió a intentar y llevó un ejército contra Graus. Zaragoza pagaba parias al reino de León, y se dice que el príncipe Sancho II y el Cid fueron a apoyar a los zaragozanos para combatir al fiero monarca aragonés, de lo que resultó muerto por un engaño. Se ha de suponer que por entonces los aragoneses ya buscaban el favor papal, tanto así que el rey Sancho Ramírez, hijo y sucesor de Ramiro I, le ofreció vasallaje al papa Alejandro II en 1068 para dar legitimidad al naciente reino.
Pero volvamos a 1063. Alejandro II, en apoyo a los aragoneses proclamó la primera Cruzada de la historia. El objetivo era la conquista de Barbastro, de ahí su nombre "la Cruzada de Barbastro".
Fue el primer esfuerzo internacional para luchar contra los musulmanes. La ofensiva estratégica había pasado de los islámicos a los cristianos por primera vez en cuatro siglos.
La cruzada se promovió por toda Europa y los soldados franceses, borgoñones, aquitanos, un contingente papal y tropas locales de Urgel, Barcelona y Aragón acudieron al llamado. El líder de las tropas papales era el normando Guillermo de Montruil, para los aquitanos, el contingente más numeroso, fue su duque Guillermo VIII.
Las tropas cruzadas atravesaron los Pirineos y se unieron con el resto de las tropas cristianas en la primavera del 1064. Las tropas tomaron Graus y después avanzaron contra Barbastro a la que pusieron sitio.
La ciudad no estaba preparada para resistir, por lo que sufrió carencia de suministros y agua, además que nadie acudió a defenderla. En poco tiempo cedió ante los asaltos y fue tomada.
Lo que siguió fue un despiadado saqueo dónde se dice que murieron 50 000 personas. De ahí se obtuvo un enorme botín, en el que se incluían niñas, mujeres y tesoros. A Ermengol III de Urgel se le dio la tenencia de la ciudad, sin embargo, apenas un año después la perdería en un contraataque musulmán, donde fue recuperada con facilidad y se masacró a la guarnición, donde murió Ermengol.
32 años después el papa Urbano II predicaría la Primera Cruzada a Tierra Santa.

 

sábado, 3 de junio de 2023

La cruzada albigense

Nos situamos en la Europa de mediados del siglo X. Por fin parece que se empiezan a vislumbrar signos del fin de la Edad Oscura y ya se adivina el próximo resurgimiento económico y cultural en el continente, en una sociedad que ha vivido profundos cambios en las décadas anteriores. Sin embargo la reciente desaparición del Imperio carolingio ha provocado la ausencia de un fuerte poder centralizado, permitiendo por un lado que el poder se atomice y por otro que se incremente la inseguridad por el aumento de invasiones (pueblos germánicos, eslavos, magiares, árabes, vikingos…). La consecuencia es el surgimiento del feudalismo y un rápido aumento del poder de los señores feudales. Y, sobre ellos, la Iglesia Católica alcanza las más altas cotas de poder político y económico desde su origen. A pesar de que el sistema esclavista que reinaba en la economía desde el Imperio romano ha desaparecido, las desigualdades entre clases se mantienen (o incluso aumentan) debido a la aparición del vasallaje. Así, encontramos básicamente tres clases sociales con una separación entre ellas muy estricta: la de los que se dedican a Dios, la de los que se dedican a la guerra y la de los que trabajan. Los miembros de esta última clase deben, con su trabajo, mantener a las otras dos.

Así estaban las cosas a mediados del siglo X, cuando a Europa occidental comienzan a llegar desde el este del continente a través de las rutas comerciales unas ideas bastante innovadoras, por no decir adelantadas a su tiempo. Y estas ideas dieron lugar a una religión hoy ya desaparecida, el maniqueísmo, para la cual el hombre, como parte del universo, era también considerado un ser dual. Un alma de luz atrapada en un cuerpo material de tinieblas. Dos partes de un todo. Inseparables. En la práctica eso se traduce en dos ideas muy poderosas. La primera es que el hombre no es responsable del mal que causa, ya que su origen está en las tinieblas que dominan su cuerpo y no en su voluntad. Por tanto el concepto de pecado no tiene sentido. La segunda es que el bien y el mal, la luz y las tinieblas, Dios y Satanás, son dos partes de un mismo todo, dos caras de la misma realidad. Estas ideas llegan a una gente asfixiada por la desigualdad, viviendo en condiciones deplorables, trabajando de sol a sol y muriendo joven para ver cómo todo el esfuerzo de su trabajo se destinaba a mantener a los vividores: el clero y la nobleza. Hay que imaginarse  el punto de vista de estos campesinos, cuando comienzan a oír que Dios había creado el mundo espiritual (cielos y almas que, como tales, no necesitaban hacer nada por redimirse), mientras que el Diablo había creado el mundo terrenal, incluyendo al hombre (a todos los hombres), la guerra e incluso la Iglesia Católica, que no era más que una herramienta de corrupción. ¿No tenía esa concepción mucho más sentido que la otra que les habían enseñado, según la cual unos hombres tenían privilegios y otros no, a pesar de haber sido todos creados por el mismo Dios, en un mundo repleto de desigualdades, guerra, enfermedad y muerte?. Como no podía ser de otra forma, esas nuevas ideas acabaron calando. Y se adaptaron a los nuevos tiempos y la religión imperante. Se mantiene la dualidad, con un mundo espiritual creado por Dios y uno material creado por Satanás y se considera el mundo material (incluyendo el cuerpo del hombre) como algo transitorio. Nace el catarismo. Algunas otras de sus ideas eran aún más peligrosas en un mundo en el que la Iglesia tenía tanto poder. Negaban el bautismo (sólo contemplaban un sacramento, el consolamentum), se oponían al matrimonio con propósito de procrear (lo que significaba traer un alma pura al mundo material imperfecto y encerrarla en un cuerpo físico) y defendían que Yahveh, el Dios del Antiguo Testamento, era en realidad Satanás, ya que había creado el mundo físico. Pero sin duda la idea más peligrosa (para la época) era la de la igualdad entre hombres y mujeres. Éstas gozaban, para los cátaros, de todos los derechos, libertad plena e independencia absoluta respecto de los hombres. Una locura, vamos.

En la zona occitana del Languedoc (Sur de Francia) el catarismo fue no sólo  es aceptado sino incluso adoptado por buena parte de la nobleza. Sus adeptos se multiplicaron especialmente destacada en Albi (de ahí lo de albigenses). El catarismo se extendió por toda Europa como ya he dicho desde mediados del siglo X, pero fue en el siglo XII cuando de verdad se comenzó a generalizar y arraigó entre la población. De hecho en la segunda mitad de este siglo estaba tan arraigada y con una estructura tan sólida que en 1174 los cátaros celebraron su primer concilio, con la presencia de los obispados cátaros franceses y el papa cátaro. Para entonces la Iglesia católica ya veía el catarismo no sólo como una herejía, sino también como una gran amenaza: estaba creciendo demasiado, y además a su costa. No podían permitirlo y, efectivamente, decidieron actuar antes de que fuera demasiado tarde.

A principios del siglo XIII el papa Inocencio III encargó a dos monjes cistercienses la tarea de recuperar las almas descarriadas del Languedoc para la Iglesia católica. Estos dos monjes se reunieron en Béziers con Pedro II de Aragón (Béziers, Carcasona y Narbona eran feudatarios de este rey, mientras que Montpellier había jurado fidelidad años antes a Alfonso VII de Castilla) quien, a pesar de acatar los mandatos de la Santa Sede, rechazó levantar la espada contra sus súbditos. ¿Y qué hicieron entonces? Pues no se les ocurrió otra cosa que, en compañía de otro abad, recorrer el territorio intentando evangelizar a aquellos herejes. Y lo hicieron muy al estilo de la Iglesia de la época, en lujosos coches de caballos y con toda una comitiva de sirvientes. Mostrando a los cátaros justo lo que éstos más reprochaban a la Iglesia católica. Por supuesto no consiguieron absolutamente nada, aparte de causar el efecto contrario al que pretendían. Tardaron, pero se dieron cuenta, así que cambiaron radicalmente de método y comenzaron a predicar mostrando pobreza y en parejas, como los primeros apóstoles. Y así fue como empezaron a ver resultados y a convertir a los primeros cátaros e incluso a algunos prefectos. El método era eficaz… pero lento y molesto para los monjes.

Así estaban las cosas en 1208, con la herejía cátara en pleno auge, dueña prácticamente del sur de Francia gracias al apoyo de los nobles y a la conversión masiva, y con la Iglesia católica dando una peligrosa imagen de permisividad ante esto, lo que suponía un peligro muy real de que el catarismo se acabara extendiendo por toda Francia y después por el resto de Europa a la velocidad de la pólvora. Fue entonces cuando el legado pontificio fue asesinado en Saint-Gilles, en el Languedoc. El crimen se atribuyó al conde de Tolosa y el papa aprovechó esta situación para pronunciar un anatema contra él y declarar sus tierras entregadas como presa. Imagina lo que vino a continuación: todos los nobles del reino acudieron en masa a Tolosa a la rapiña bajo pretexto de la cruzada santa. Como buitres sobre un cadáver. Y, la verdad, cadáveres no faltaron. Fue en realidad como si se hubiera abierto una veda. Los nobles franceses vieron la ocasión de obtener un botín justo al lado de casa con el visto bueno papal, y no les importó para ello matar lo que hubiera que matar, hombres, mujeres y niños, compatriotas o no.

Uno de los episodios más conocidos de esta cruzada es la de la toma de Béziers, a cargo de los cruzados cistercienses. Al mando del asedio de la ciudad estaba el legado papal y abad cisterciense Arnaud Amaury quien, una vez que los cruzados consiguieron penetrar las murallas, dio orden de masacrar a todos los cátaros que habitaban en la ciudad. Los oficiales le preguntaron cómo distinguir a los cátaros de los cristianos, a lo que se dice que respondió: "Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos". Como si se tratara de un pistoletazo de salida, a partir de la matanza de Béziers comienza una macabra persecución que acaba con miles de cátaros en la hoguera. La batalla decisiva fue la librada en Muret en 1213 entre las tropas cruzadas y las del rey francés Felipe II por un lado, bajo el mando de Simón de Monfort, y las de Pedro II de Aragón por otro a quien, recordemos, los nobles del Languedoc habían rendido vasallaje. Irónicamente Pedro II, que había sido coronado por Inocencio III, fue conocido como el Católico. La batalla terminó con la victoria cruzada y con la muerte del rey de Aragón, que además supuso el fin del señorío de este reino en el sur de Francia.

En 1216 murió el papa Inocencio III y los nobles cátaros, que habían sido vencidos pero no exterminados, aprovecharon la circunstancia para sublevarse. Sin embargo, tras alguna victoria inicial, comenzaron a sucederse las derrotas y las tropas languedocianas huyeron refugiándose de ciudad en ciudad, según éstas iban siendo tomadas por los ejércitos cruzados. Esta situación se prolongó hasta 1223, cuando tras una nueva excomunión por parte del nuevo papa, Honorio II, y la intervención del recién coronado rey Luis VIII (apodado el León), el vizconde de Carcasona huyó a Barcelona y los occitanos aceptaron la rendición. Aún intentó el señor de Carcasona regresar diecisiete años después, provocando un tímido alzamiento occitano que no llegó a nada. Los últimos cátaros se refugiaron en los castillos de Montsegur y de Quéribus con la esperanza de que allí, lejos de las zonas de conflicto, les dejaran tranquilos. Fue en vano. El castillo de Montsegur cayó en 1244 y los más de doscientos cátaros refugiados en él fueron quemados vivos. La fortaleza de Quéribus fue tomada en 1255. Para buscar y eliminar a los cátaros que aún sobrevivieran en el sur de Francia el papa Lucio III creó en 1184 la Inquisición episcopal, germen de lo que más tarde será la Santa Inquisición.



jueves, 11 de mayo de 2023

Guerreros

Aquí hay dos ilustraciones artísticas de Zvonimir Grbasic de TEMPLARS AT WAR. El primero es un soldado islámico Rashidun temprano y el segundo es el arquero turco selyúcida durante la batalla de Manzikert


 

El Crac de los Caballeros


El Castillo Crac de Sevalier, es una fortaleza construida por los cruzados y es uno de los monumentos más importantes de la arquitectura militar medieval en el mundo y el hogar de los caballeros de San Juan durante las cruzadas. Se amplió entre los años 1150 y 1250 y albergó una guardia de 2.000 personas. El rey Eduardo I de Inglaterra vio la fortaleza durante la novena cruzada en 1272 y la usó como modelo para sus castillos en Inglaterra y Gales. La fortaleza, sesenta y cinco kilómetros al oeste de la ciudad siria de Homs, en una colina de 650 pies, ha sido descrita como tal vez el mejor mantenido y más completo castillo admirable en el mundo' por Thomas Edward Lawrence, conocido como Lawrence de Arabia, ya que era una parte importante de una red de defensa más amplia a lo largo de la frontera de la encrucijada de estados.
Los Caballeros de San Juan la repararon y ampliaron para convertirse en la fortaleza cruzada más grande de Tierra Santa, añadiendo un muro externo de tres metros de grosor con siete torres y creando un castillo central. El gran maestre de los caballeros de San Juan vivió en una de estas torres, mientras que la fortaleza podía al mismo tiempo albergar hasta 50 a 60 caballeros junto con 2000 soldados comunes. En el siglo XII, alrededor del castillo había una zanja y un puente para entrar en él. Entre las paredes interiores y exteriores había un patio, que conducía a los edificios interiores, que fueron reconstruidos por los caballeros de San Juan en estilo gótico. ¡Estos edificios incluían una sala de reuniones, una capilla, un granero de ciento veinte pies y dos establos de piedra neblinosos que podían albergar hasta mil caballos! Otras instalaciones de almacenamiento fueron cavadas en la roca escarpada debajo de la fortaleza y por lo tanto se cree que los caballeros de San Juan podrían resistir incluso un asedio multimestral.

viernes, 28 de abril de 2023

lunes, 24 de abril de 2023

El Asedio de Antioquia en la I Cruzada


El Sitio de Antioquía fue una batalla importante de la Primera Cruzada. La antigua ciudad de Antioquía tenía un valor estratégico significativo como una de las principales puertas de entrada a Europa desde Tierra Santa. La ciudad estaba defendida por los turcos selyúcidas y estaba ubicada en la carretera principal de Anatolia a Palestina; si los cruzados querían capturar Jerusalén, primero tenían que tomar Antioquía. Una vez conquistada, la región podría usarse como cabeza de playa para recibir suministros y refuerzos adicionales de la cristiandad.
A lo largo del verano de 1097, los cruzados pasaron meses marchando hacia el sureste a través de Anatolia. El sofocante calor del verano y la falta de provisiones dejaron un alto precio para los europeos. Sin embargo, los cansados ​​cristianos finalmente se acercaron a las afueras de Antioquía en octubre de 1097. La ciudad estaba fuertemente fortificada y no iba a caer sin luchar. Gran parte de sus defensas fueron construidas por el emperador romano Justiniano más de cuatro siglos antes. Sus gruesos muros estaban salpicados de innumerables torres de vigilancia. También se construyó una gran ciudadela en las montañas ubicadas detrás de la ciudad como última línea de defensa.
A mediados de octubre, los cruzados habían tomado con éxito el control de un importante cruce de río fortificado, conocido como el Puente de Hierro (ubicado en las afueras de Antioquía). Al día siguiente, el ejército llegó a las murallas del noroeste de la ciudad y comenzó formalmente el sitio de Antioquía. Bloquearon tres de las seis enormes puertas de la ciudad. Las fuerzas cristianas eran casi 40.000 fuertes (incluidos los no combatientes) y estaban reforzadas por la infantería ligera y el apoyo naval de los bizantinos.

Anticipándose a un ataque, el gobernador de Antioquía pasó meses almacenando alimentos y suministros. Con una guarnición inicial de 5.000 soldados, la ciudad estaba lista para un asedio prolongado. Después de dos meses, las fuerzas musulmanas intentaron romper el sitio atacando campamentos cruzados aislados. Pero todas estas incursiones fueron fácilmente repelidas. Los defensores comenzaron a quedarse peligrosamente bajos de suministros y moral, pero también los cristianos. Para la Navidad de 1097, los cruzados estaban al borde del colapso total. Miles murieron de hambre y enfermedades durante los meses siguientes. La hambruna generalizada los obligó a matar y comerse muchos de sus propios caballos.
A lo largo de los meses de invierno, dos ejércitos musulmanes diferentes intentaron relevar la ciudad pero fueron derrotados en el campo de batalla, incluido Duqaq de Damasco. Los barcos de socorro ingleses llegaron en la primavera con suministros frescos y materiales de construcción críticos. Después de casi ocho meses, los funcionarios de la ciudad finalmente capitularon a los cristianos el 3 de junio de 1098. El asedio de Antioquía continuó durante otro mes hasta que los musulmanes finalmente perdieron su ciudadela aparentemente inexpugnable. Resultó ser uno de los más largos de todo el período cruzado.
Antes de capturar Antioquía, un monje europeo tuvo la visión de que una importante reliquia estaba siendo salvaguardada dentro de la ciudad. Supuestamente descubrieron la Lanza Sagrada, la lanza que atravesó el costado de Jesús mientras moría en la cruz. El ejército cristiano continuó conquistando nuevos territorios y ciudades en Tierra Santa durante otros dos años antes de capturar finalmente el premio final de Jerusalén.

sábado, 4 de marzo de 2023

Rex Bellator y Ramón Llull


El 27 de noviembre de 1095, durante el Concilio de Clermont (Francia), los asistentes experimentaron una mezcla de sorpresa, estupefacción y entusiasmo al oir la insólita alocución del papa Urbano II. Aunque el emperador bizantino Alejo I Comneno había lanzado una dramática petición de ayuda ante el avance musulmán nadie esperaba escuchar aquella arenga que animaba a la cristiandad a tomar las armas para proteger a los fieles que viajaban en peregrinación a los Santos Lugares, que recientemente habían caído en manos de un Islam en plena expansión. Bajo el lema Deus vult (Dios lo quiere), pregoneros y monjes como Pedro el Ermitaño recorrieron Europa proclamando la cruzada.

A la convocatoria respondieron príncipes, nobles y campesinos; estos últimos fueron los que al año siguiente se dirigieron a Oriente, al imperio bizantino, para frenar a los turcos selyúcidas. En la práctica, aquel ejército al que se identificó con la Cruzada de los Pobres se convirtió en una horda incontrolable que avanzaba sembrando la destrucción, el asesinato de judíos y el saqueo, así que el emperador lo embarcó directamente para Turquía y allí la mayoría fue fácilmente masacrada por el enemigo.

Entretanto llegó a Constantinopla otro ejército, éste compuesto por caballeros, guerreros profesionales muy diferentes en orden y experiencia a sus predecesores, conociéndoselo como Cruzada de los Barones. Ayudada por Alejo I, esta tropa sí pudo llegar a Tierra Santa y conquistar Jerusalén en 1099, adueñándose a lo largo de los doce años siguientes de toda la franja sirio-palestina. Así pues, pese al tropezón inicial, la Primera Cruzada había concluido con éxito. Ahora tocaba prepararse para preservar lo conseguido ante la previsible reacción sarracena y la forma de tener una fuerza permanente para ello en un lugar tan alejado fue a través de las órdenes de caballería.
 

Cruzado y templario

La caballería había alcanzado su cénit en el Medievo a pesar de que era inferior a la de otras épocas en cantidad y variedad. Ello se debió a su identificación con la clase dominante, al establecimiento de un código de valores ético-religiosos que llegaban a constituir todo un modo de vida y que era a la representación de hecho del sistema feudal. Pero, dado que los caballeros eran señores de feudos, principados, reinos y otros tipos de territorios, y tenían unas responsabilidades de gobierno con ellos, resultaba imposible que estuvieran alejados de forma perenne. La alternativa fue la creación de órdenes que combinaban el aspecto militar con el religioso.

La primera en aparecer fue la del Santo Sepulcro, seguida de la Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, el Temple y la Teutónica. A partir de ahí y a lo largo de los siglos se fue creando un rosario de órdenes militares que llegó a alcanzar el centenar. Las que nos interesan aquí son las citadas, dedicadas a proteger Tierra Santa, porque aquella región que la Primera Cruzada había vuelto a colocar bajo control cristiano no pudo mantenerse y, tras el fracaso de las sucesivas cruzadas siguientes, se terminó perdiendo el 18 de mayo de 1291, cuando cayó en manos del sultán Al-Ashraf Khalil el último bastión, Acre.

Fue entonces cuando se puso en tela de juicio el sistema de las órdenes militares, cuya atomización las presentaba como ineficaces, y brotó la idea de unificarlas bajo un mando único que debería encarnar algún notable de probada virtud, con vistas a iniciar una reconquista. De todas las propuestas que circularon por entonces la más estudiada y completa fue la elaborada por el célebre sabio mallorquín Ramón Llull (cuyo séptimo centenario de su muerte se celebra este año), que la desarrolló no cómo una tesis concreta y explícita sino través de varias cartas y tres de sus obras, en las que bautizó el concepto con el nombre de Rex bellator (Rey guerrero).

Llull ya había tratado el tema de las órdenes en su Libro del Orden de Caballería, en el que definía al caballero como «elegido entre mil» a causa de virtudes como «sabiduría, caridad, lealtad, verdad, humildad, fortaleza, esperanza y otras…», así como su oficio era «mantener y defender la Santa Fe católica» porque «el dios de la gloria ha elegido caballeros que, por fuerza de las armas, venzan y se apoderen de los infieles que se afanan en destruir la iglesia». Bien es verdad que, a medida que fue envejeciendo, Llull fue atemperando su postura hasta hacerse fraile e ir de misionero a las mezquitas, pero parecía ser el idóneo para acometer la cuestión.

El caso es que, según su plan, ese Rex bellator, que debía estar libre de lazos familiares, se pondría al frente de una unión de las órdenes militares en la que tendrían mayor peso aquellas más poderosas, como hospitalarios y templarios. A esa fuerza se sumarían otras de procedencia diversa, caso de las órdenes peninsulares e incluso los almogávares, formando un gran ejército que sería embarcado en los barcos de la Corona de Aragón para cruzar el Mediterráneo y desembarcar en el norte de África. Al menos ésa era la idea desarrollada en dos libros: uno, escrito en 1292 a raíz de la caída de Acre, fue Quomodo Terra Sancta recuperari potes (Cómo se puede recuperar Tierra Santa), que entregó al colegio cardenalicio reunido para la elección del nuevo Papa tras la muerte de Nicolás IV; el otro llevaba por título Liber de Fine y, una vez más, lo compuso justo después de un desastre militar, la pérdida de Arwad (una isla frente a la costa siria) en 1302.

Lamentablemente, no sólo las órdenes iban cada una por su cuenta. Ese segundo libro de Llull, entregado al papa Clemente V en 1305, puso en alerta a los franceses al conceder tanto protagonismo a los aragoneses de Jaime II, así que en menos de un año se publicó en el país vecino De recuperatione Terrae Sanctae (Sobre la recuperación de Tierra Santa), firmada por Pierre Dubois, quien proponía la paz entre todas las naciones cristianas, una reforma de las órdenes militares que redujera sus ingresos, la formación de un cuerpo de lingüistas especializados en lenguas orientales (algo copiado de Llull) y, la más importante diferencia respecto a Llull, la figura del rey Felipe IV de Francia como líder y soberano de esa coalición occidental. Rex pacis, lo llamó, en vez de Rex bellator.

En realidad había otra razón más para que los franceses tuvieran su propio proyecto y era que el monarca ya llevaba tiempo planeando cómo hacerse con las riquezas del Temple y transferir la jurisdicción eclesiástica a la corona gala. Seguramente también pesó el rechazo a su petición de ingresar en la orden, realizada tras quedar viudo e imitando la intención del hijo de Jaime II (que así podría ser el Rex bellator). Y, en efecto, al poco tiempo (en 1307) se desató un proceso contra los templarios que implicaba múltiples cargos y supuso la muerte y/o encarcelamiento de muchos de ellos, así como la disolución de la orden. El príncipe Jaime tuvo que entrar en la de Montesa.

Retomando a Ramón Llull, aunque su plan había sido aprobado por Bonifacio VIII no llegó a ponerse en práctica porque el pontífice no quiso arriesgarse a dejar el poder de la cristiandad en manos de un príncipe temporal. Pero en 1309 aún trató el tema del Rex bellator en una tercera obra titulada Liber de Acquisitione Terrae Sanctae. Dada la reacción francesa y la desaparición de la orden del Temple, la nueva propuesta se basaba en un doble frente en el que Felipe IV y los hospitalarios avanzarían hacia Tierra Santa pasando por el Imperio Bizantino mientras los aragoneses llevaban cabo el plan descrito de avanzar por la costa mediterránea africana y atravesar Egipto.

Por una cosa o por otra, al final ninguno de esos planes se llevó a cabo. Felipe IV se conformó con expoliar al Temple mientras Jaime II se centraba en combatir al Islam en la Península Ibérica con la conquista -fracasada- de Almería, así que la idea del Rex bellator quedó como mera formulación teórica y terminó olvidada. Nunca se recuperaron los Santos Lugares y, con el tiempo, los cristianos establecidos allí acabaron a la greña entre ellos hasta el acuerdo de statu quo de 1852.

lunes, 10 de octubre de 2022

Valor y disciplina Templaria


En 1088, cuando Saladino se preparaba para entrar en la ciudad de Darbasq, cerca de Antioquia, un testigo vio a los Templarios de la guarnición mantener cerrada la brecha en los muros formando un escudo con sus cuerpos.  Inmóviles como una muralla. Apenas caía un caballero , un compañero ocupaba de inmediato su puesto . Difícilmente se podía pedir más desde el punto de vista militar. 

La Regla del Temple imponía una férrea disciplina en todos lo ordenes de la vida, pero dado el carácter militar de la Santa Orden, dedicó especial atención a todo aquello que tenía que ver directamente con la formación y la actividad bélica de sus miembros. Cada norma recogida en la regla acerca de la disciplina militar que deberían seguir los Caballeros de Cristo buscaba hacer de éstos un solo cuerpo y un solo espíritu.

sábado, 8 de octubre de 2022

La Cruzada Alemana 1197-1198


El emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Enrique VI (reinó entre 1191-1197) dirigió la Cruzada alemana de 1197, también llamada la "Cruzada del Emperador". Aunque Enrique VI murió en su camino hacia el este, su ejército arrebató Beirut a las tropas de la dinastía ayubí. Al enterarse de la muerte de Enrique en Sicilia, los cruzados abandonaron el asedio de Torón y, al igual que en la Tercera Cruzada (1189-1192), supuso una de esas situaciones de lo que podría haber pasado si un emperador romano hubiera dirigido la campaña en persona.

Enrique VI

Enrique VI de Hohenstaufen tenía un excelente pedigrí de caballero cruzado: su padre era Federico I Barbarroja (reinó entre 1155-1190), que había tomado la cruz y reunido un enorme ejército como parte de la Tercera Cruzada. Desafortunadamente, Federico murió de camino a Tierra Santa en algún lugar del sur de Cilicia. En ese momento, la mayoría de los alemanes abandonaron la Cruzada, que, a pesar de contar con las habilidades y los ejércitos de Ricardo I de Inglaterra (reinó entre 1189-1199) y Felipe II de Francia (reinó entre 1180-1223), no consiguió recuperar Jerusalén de manos de Saladino, sultán de Egipto y Siria (reinó entre 1174-1193). Tras la muerte de Saladino en 1193, la dinastía ayubí que fundó continuó gobernando la mayor parte de Levante, pero hubo serias disputas sobre la sucesión y cuál de sus herederos debía gobernar. Tres de sus hijos gobernaron Egipto, Damasco y Alepo y compitieron, sin éxito, con el hermano de Saladino, Saif al-Adin, por la supremacía. Era una rivalidad que distraía y que podía ayudar a las ambiciones de los cruzados en la región.

En la Pascua de 1195, Enrique VI "tomó la cruz" y juró emprender una cruzada en Tierra Santa para recuperar el control cristiano. En realidad, el emperador estaba menos preocupado por la reconquista de Jerusalén que por enfrentarse al Imperio Bizantino. La cruzada de Enrique VI fue, en efecto, una maniobra militar calculada para extorsionar al emperador bizantino Alejo III (reinó 1195-1203) una enorme suma de dinero para mantener su trono. Sin duda, Alejo vio la amenaza como real e impuso un impuesto a su pueblo en 1197, conocido amargamente como el impuesto Alamanikon o "alemán", para recaudar los fondos necesarios y así pagar al emperador del Sacro Imperio.

Otro acontecimiento que ayudó a Enrique en sus ambiciones orientales fue la adquisición de Chipre, entregada como parte del cuantioso rescate que le pagaron por liberar a Ricardo I, a quien Enrique había apresado desde 1192 hasta 1194 bajo la falsa acusación de estar implicado en el asesinato de Conrado de Montferrato, rey de Jerusalén, que había muerto misteriosamente unos días antes de su coronación en abril de 1192. Muchos señalaron a Ricardo, incluido el emperador del Sacro Imperio. Chipre resultaría ser una valiosa etapa para muchas futuras cruzadas. Enrique ya tenía el control de Sicilia (su esposa Constanza era la heredera) por lo que con algunas adquisiciones más en el Levante y el sometimiento financiero de los bizantinos, Enrique pudo vislumbrar la creación de un imperio Hohenstaufen que se expandiera por el Mediterráneo.

El Levante

En diciembre de 1195, con el apoyo del Papa Celestino III (papado entre 1191-1198), Enrique en persona repartió cruces a los nuevos cruzados en la catedral de Worms. Poco a poco, mientras los predicadores recorrían Alemania, Inglaterra y Francia en busca de reclutas, el emperador reunió un ejército para su cruzada, aunque la mayoría de los guerreros procedían de tierras alemanas. Entre los nobles importantes que se unieron a la aventura estaban el duque Enrique de Brabante, el conde Enrique del Palatinado del Rin, el duque Federico de Austria, el duque de Dalmacia y el duque de Carintia.

La salida se fijó para el día Navidad de 1196. los cruzados partieron de la costa del Mar del Norte y se detuvieron en Portugal, como era habitual en la época. La flota, que transportaba unos 4.000 caballeros y 12.000 infantes, volvió a reunirse en Bari, en el sur de Italia, en el verano de 1197. El 22 de septiembre, la fuerza alemana llegó a Acre, en Tierra Santa, y resultó un momento de lo más oportuno ya que los estados cruzados, o el Oriente latino, como se les conocía colectivamente, se enfrentaban a dos crisis.

La primera crisis fue la inesperada muerte, 12 días antes de la llegada de los alemanes, de Enrique II, conde de Champaña, rey de Jerusalén (entre 1192-1197), quien, mientras pasaba revista a las tropas en Acre, se había precipitado desde una ventana en circunstancias extrañas, al ser arrastrado por un enano artista que se había caído por accidente (o viceversa, según la versión de la historia). El rey murió por las heridas, la mayoría causadas por la caída del enano sobre él, lo cual dejó temporalmente al oriente latino sin un líder. En teoría la reina Isabel, viuda de Enrique II, seguía en el trono, pero sus vástagos no eran mayores de edad y además eran todas niñas. Así que el lugarteniente de Enrique VI, Conrado de Maguncia, se puso inmediatamente al frente de loz cruzados que presionaron para que se celebrara un nuevo matrimonio por conveniencia política y estratégica. Su elección fue Aimery de Chipre (también conocido como Amalric), y el matrimonio unificaría así los dos reinos de Chipre y Jerusalén. Además, como Enrique VI había dado a Aimery su trono en Chipre, el emperador tendría a su protegido como el gobernante más importante del oriente latino. Así fue, y la boda entre Isabel y Aimery tuvo lugar en enero de 1198.

La segunda crisis fue el fin de la tregua acordada con la dinastía ayubí. Al-Adin ya había superado a su sobrino en Damasco y tuvo tiempo de repeler a un primer grupo de cruzados que había hecho una incursión en Galilea. Al-Adin fue entonces a sitiar Jaffa, que cayó a los pocos días. La guerra entre cristianos y musulmanes había comenzado de nuevo.

Abandono

El ejército principal de los cruzados no perdió el tiempo y, tras hacerse con el control de Sidón, actualmente en ruinas, llevó a cabo con éxito un rápido asedio a la importante sede musulmana de Beirut, dejando a Jaffa a su suerte por el momento. El siguiente objetivo, el 28 de noviembre de 1197, fue la ciudad de Toron, que resultó ser un hueso más duro de roer que Beirut, y los cruzados se vieron obligados a acampar para iniciar un auténtico asedio. Fue entonces cuando la Cruzada recibió un duro golpe cuando finalmente llegaron noticias de Sicilia: el 28 de septiembre de 1197 Enrique VI, que nunca gozó de una salud física muy robusta, había muerto de malaria en Mesina. La historía se repetía de forma extraordinaria y trágica al morir en la Cruzada ambos emperadores, padre e hijo, antes de llegar a Tierra Santa.

Sin su líder y preocupados por lo que podría ocurrir ahora en Europa y por una sucesión disputada (el heredero de Enrique era su hijo Federico, de tres años de edad), los cruzados abandonaron su asedio a Toron el 2 de febrero de 1198. La mayor parte del ejército alemán volvió a casa. Aimery y al-Adil llegaron a un acuerdo de tregua durante 5 años y 8 meses, desde julio de 1198 hasta 1204. Según los términos del acuerdo, los cristianos conservarían Beirut y los musulmanes Jaffa.

Alejo III debió de alegrarse enormemente al enterarse de la muerte de Enrique y encontrarse con una conveniente reserva de dinero que no tendría que entregar sino que podía guardar para algún otro fin útil. Los estados latinos se sintieron decepcionados por otra oportunidad perdida de reforzar su dominio sobre las zonas costeras de Palestina y Siria, pero al menos quedaba la esperanza de una nueva cruzada. Otro aspecto positivo para los cristianos era que la orden militar de los Caballeros Teutónicos había sido oficialmente establecida y reconocida por el Papa. La orden, al igual que los Caballeros Templarios y los Caballeros Hospitalarios, reforzaría el número de caballeros profesionales disponibles para la defensa del Oriente Latino. De hecho, el nuevo Papa, Inocencio III (papado entre 1198-1216), convocó la Cuarta Cruzada (1202-1204) pero, desviada por las ambiciones comerciales venecianas, esa Cruzada acabaría atacando Constantinopla con lo que solo una fuerza simbólica e ineficaz de caballeros occidentales llegaría a Oriente Medio.

lunes, 21 de febrero de 2022

El Muru'a y los Caballeros Musulmanes




Por definición, la cultura Islámica no puede admitir la existencia de un grupo de privilegiados, que tendrían el dominio de las armas y cuya misión sería defender al pueblo y la religión cristiana ( en el caso de los caballeros cristianos de Europa), ya que el Corán propugna la igualdad de todos los hombres. En realidad el cristianismo también lo hace, pero el Corán no sólo es un libro religioso: sino que es el libro por el que se rige toda la sociedad musulmana al estar incluído en él preceptos de gobierno, convivencia y religión.
En realidad se admite al menos una diferenciación social por nacimiento: esto es la de los "cherifiennes", las familias que pretenden descender o tener una relación directa con el profeta.

Pero aparte de éste grupo, no se puede dejar de admitir que la sociedad Islámica era una sociedad jerarquizada aunque en un sentido diferente a lo que sucedía en el mundo feudal europeo, no existe el grupo de los defensores, pero hay una jerarquía de linajes de familias. Cuanto más antigua, más cantidad de sangre árabe posea, mayores logros militares haya conquistado y mayores riquezas posea( así el número que la integra es mayor), más noble será los miembros esa familia, clan o grupo tribal; porque a ese honor colectivo se le añade un honor personal .

Parece que la función militar no es determinante, sobre todo una vez que la civilización Islámica ha alcanzado un cierto nivel de desarrollo a partir de la segunda mitad del S.VIII, para elevar el nivel de una persona o familia. De hecho a personajes de la corte, que en muchos casos han llegado allí tras una verdadera carrera de honores desde los más bajos pisos de la burocracia cortesana( eso sí, siempre es conveniente que pertenezcan o sean respaldados- o sean clientes- de una poderosa y antigua familia) se les conceden cargos militares de importancia después de su carrera civil. Claro, que algunos gobiernos, como almorávides, almohades y benimeríes, que daban la primacía la yihad (guerra santa islámica), es de entender que el elemento militar gozara de gran prestigio.

Estos cargo militares representan una importante fuente de riquezas y poder para dichos personajes pero no parecen determinantes. Sin embargo, como veremos más tarde, hubo momentos de la historia islámica en los que se estuvo muy cerca de establecerse una élite militar social, con su propia ideología y sistemas de extracción de la riqueza próximos al de la clase feudal cristiana, al frente de los estados musulmanes.

LOS ORíGENES.

Debemos empezar por los tiempos en que las tribus paganas árabes guerreaban continuamente en la Península arábiga antes de la llegada del Corán. A éste periodo de la historia del mundo árabe se la conoce por: " AI-Jahiliya".

Durante este periodo de la historia, las guerreras tribus árabes del desierto tenían su propio código de comportamiento que regulaba las relaciones honorables entre tribus y personas; todo ello constituía el código del Muru'a.

En él se encerraban las virtudes más apreciadas por los árabes del desierto. Constituía el código tácito del honor, de la virtud, de la caballerosidad y de la gallardía, mantenido y reconocido por todas las tribus; estableciéndose como una especie de orden y/o código de comportamiento(principalmente privado), construído a partir de las hazañas y los héroes de las luchas intertribales.
El honor era el tema central del código.

Ningún jefe podía seguir sin los atributos del honor: libre de culpa y mácula, debía de ser valeroso, hospitalario, caballeroso y orgulloso. Muru'a también incluía la continencia ante la adversidad, el valor en la guerra,sacrificio, honor a la palabra dada, indulgencia templanza y protección para con los débiles, la asistencia de asilo, la venganza de sangre, ser fiel, leal.. .y ,sobre todo, generoso.

La generosidad extrema constituía un tipo de heroismo más refinado que el de el campo de batalla y Hattim fue su principal exponente. Las mujeres, principalmente las de alta alcurnia ( al pertenecer a una familia poderosa, rica,con abundantes miembros y tradición militar ), también podían tener un importante papel y gozar de las mismas cualidades que los héroes caballerescos, constituyendo su propia leyenda.

Por supuesto éste código no estaba escrito ( hasta al menos 30 años antes de la Hegira), pero era recogido por las narraciones de los poetas que cantaban y alababan las acciones valerosas de tal tribu o persona.

Tradición oral fundamental en el desierto, vía de comunicación de costumbre y conocimientos.

De hecho los poetas eran muy honrados por sus respectivos clanes y tribus y ,en muchos casos, además de guardar las tradiciones, exaltar a los guerreros en la lucha con los ejemplos de sus antepasados se constituían como verdaderos representantes de sus grupos. Muchos poetas fueron excelentes jinetes y cazadores que cabalgaron en pos de aventuras y que ayudaron a establecer dicho código de caballerosidad basado en las hazañas, nobles y valerosas, en la lealtad y el sacrificio personal. Algunos autores afirman que éste código les dio a estos indómitos e indisciplinados nómadas la visión de un modo de vida más heroico e idealista, preparando así el camino hacia el islamismo y el mensaje divino del profeta.

En cualquier caso, este les otorgaba de úna tradición propia, distinta a la zoroatrista, cristiana o hebraica; considerándose los árabes a sí mismo como nobles, con un orgullo de sangre, elocuencia y poesía, su manejo de la espada y el caballo, el respeto y orgullo por sus ancestros. Todos estas tradiciones orales dieron lugar al género de los AI-Sira, que tienen como origen la narración de las luchas tribales ( Ayyan -aI-Arab)

Estos ideales paganos aún perviven. El Islamismo les dotaría de una nueva dimensión e ímpetu, aprovechando las mismas características del carácter del pueblo creyente árabe.

MAHOMA Y EL ISLAM

La llegada de Mahoma y la religión islámica supuso la expansión de las tradiciones tribales arabes al ser éstas el puéblo elegido para la expansión del Islam a través de la yihad, o guerra Santa. La yihad era un deber colectivo de todo musulmán y estaba dentro de la tradición guerrera de las tribus árabes. Si antes éstas habían combatido por el botín y el honor ahora lo harán por lo mismo aunque con el fundamental acicate, y elemento de unidad, de la religión Islámica. Ser un hombre de yihad se convertirá en un elemento fundamental para cualquier buen caballero y/o caudillo.

HONOR Y LINAJE.

Lo que no destruyó el Islam fue la organización tribal de la sociedad árabe. Organización que , junto a sus valores, se impondría allí donde las armas musulmanas triunfaran, aunque fueran sobre pueblos con una teórica superioridad cultural a la civilización Islámica en sus primeros tiempos. Además la organización tribal también era común a todos los pueblos nómadas del norte de Africa que se unirían al Islam a finales del S. VII. La estructura tribal era el núcleo de la vida y la organización social. Su organización era la siguiente:

Teniendo como unidad social y económica a la tienda (beit), se pasaba al campamento rama de un linaje familiar y de allí al linaje y al clan, para acabar englobados en una determinada tribu. El individuo debía lealtad absoluta e indivisa primero al clan y luego a la tribu. En el concepto del honor es más importante el "ser" que el "tener". Cuanto una familia o tribu más cantidad de sangre árabe poseyera, mayor fuera la antigúedad de su linaje, y hubiera conseguido mayores logros militares y más rica fuese ( y cuente así con un mayor número de clientes); mas importante serias esa familia, tribu y sus miembros en la sociedad y estado donde se desarrollaran.

Aunque el concepto del honor y de la nobleza de sangre eran determinantes, la riqueza también pesaba en su consideración social. Sin embargo, y aunque el Islam no hace diferencias sociales de base, en realidad si existía esa diferencia social basada a la adscripcion a clanes agnáticos. De ahí que se entienda la importancia que se daba al estudio de la genealogía de cada grupo.

Mientras que Ibn Kaldún propugnaba la importancia decisiva de la pureza de sangre, árabe, de un linaje; Averroes prefería cifrarlo en la ancianidad del establecimiento de una familia y la ilustración de sus miembros.

El Sharaf, el honor, es el elemento determinante en la diferenciación de la categoría social, existiendo varias graduaciones y tipos diferentes de Sharaf. Existe un honor individual (esencialmente masculino) determinado por sus actos y el de sus familiares; y un honor del grupo familiar determinado por los actos de sus miembros. El sharaf o nif es el honor masculino de carácter activo; el cual aumentaba cuanto más importantes fueran las hazañas militares que llevara a cabo él y su grupo familiar. Pero también existe un honor femenino, de carácter pasivo: el ird o hormcen, propio de las mujeres que deben destacarse por su honestidad, timidez y castidad. Si este honor femenino llega a ser violado por otra tribu supondrá una de las mayores desgracias y pérdida de honor para la tribu humillada. De hecho el rapto de mujeres de campamentos de clanes enemigos era considerado como una de las mayores hazañas, ya que secuestrar a las mujeres ataca directamente a una parte del honor del grupo. De ahí la tradición endogámica de la sociedad tribal. El ceder una mujer para una boda con un miembro de otro clan era un signo de debilidad. Los grupos más fuertes tienden a acaparar las mujeres en detrimento de los grupos más débiles.

Para reunir; en una sociedad patriarcal el honor viene determinado por la conducta y los actos de los hombres (aunque la mujer tenga su propio honor que debe se ser protegido a toda costa). Los valores son el honor y la vergüenza. La importancia viene determinado por la riqueza. La magnitud del linaje, la pureza de sangre árabe y la valentía y el poder militar (más la hospitalidad) .

Cada clan tenía su propio poeta y orador para loar las heroicas hazañas de los miembros del clan, tanto vivos como muertos. El honor individual y familiar (beit) se extiende sobre todo el linaje y es llevado en herencia. Ser miembro de un clan o linaje imponía algunas obligaciones y respuestas bien definidas (cuanto mayor fuera la categoría de la familia a la que se pertenecía, mas se esperaba de las acciones de sus miembros).

El honor suponía la sumisión a las normas tradicionales de conducta y requería de hechos activos, para lograr la superioridad y distinción. De hecho las luchas sociales entre tribus podían ser realizadas de diferentes modos, dando lugar a diferentes grados de reputación y de prestigio. El honor debía ser considerado como más importantante que la vida misma y de hecho constituía un elemento primordial para el orden social, constituyendo un código de moralidad y que cuya ruptura podía afectar al equilibrio social existente.


LOS CABALLEROS MUSULMANES.

Con la llegada del Islam, el ideal de caballero sigue vivo y adquiere un nuevo significado y horizonte. El caballero árabe se llama " faris" y sus virtudes son el valor en la batalla, prudente en el consejo, la fidelidad a los amigos, el amor a la verdad y a la palabra dada, elocuente en el habla, magnánimo con los enemigos, la protección a viudas, huérfanos y pobres, la generosidad, la veneración a las mujeres y la liberalidad (sobre todo con los poetas) . Todo ello caracteriza, y es algo reconocido por todo el mundo árabe, a Ali ben abi Talib, yerno del profeta y casado con su hija favorita, considerado el ideal del caballero árabe y primer paladín del Islam.

Las hazañas de Mahoma y sus compañeros durante los primeros tiempos de la expansión islámica dieron lugar al género " AI-Siyar wa-l-Magazi". Todo ello tiene su origen en la tradición de los narradores tribales. Con los primeros musulmanes ésta tradición se hizo escrita y al principio estaba muy ligado la figura del narrador y del historiador. Los primeros fueron perdiendo prestigio conforme avanzó la cultura; sin embargo siempre se reconoció la importancia de las narraciones para recordar a los antepasados y reforzar los ánimos. También existió el género de los Sirat, verdaderas biografías caballerescas que se pueden comparar con las novelas de caballería cristianas como Amadis de Gaula o Tirante el Blanco.

Por otra parte la introducción de la religión islámica también produjo la elevación de los ideales caballerescos a través, principalmente, de la escuela Suffí; dando lugar al camino de la Futuwah. La Futuwah es el heroísmo espiritual de los valerosos y que remite a la excelencia del comportamiento, siendo una realidad espiritual y un modo de comportamiento ético que acerque al individuo al estado de Wali, santidad. Siendo la nobleza de comportamiento elevada, consiste en responder al deber del honor y del espíritu caballeresco, preservando la religión, visitando a parientes y enfermos, ocupándose de las buenas acciones y relacionandose con asuntos mundanos. Constituye una especie de forma de continuidad elevada, en el contexto islámico, de los valores caballerescos árabes (bravura, generosidad, etc)

LOS ESTADOS MUSULMANES

La descomposición del imperio abbasí en Oriente permitió ver la aparición de jefes militares que se habían imponiendo progresivamente a la autoridad del Califa; principalmente por persas y turcos que habían creado verdaderos principados militares, Ya en el 880 se había incrementado la importancia de la administración militar sobre la civil, debido al pago en botín y tierras a los combatientes de la fe (y del estado) .
Ello dio origen al feudalismo militar de hecho ya que teóricamente el estado se reservaba la propiedad eminente de los territorios, permitiendo el usufructo de las tierras por parte de los soldados a cambio del diezmo de la limosna. Este sistema( "itqa"), provoco en en el mediano oriente que que, las tropas se convirtieran en verdaderos ejércitos privados de sus capitanes, propagando la desintegración de la autoridad califal y la integridad del estado, El sistema de feudos militares había sido establecido en 1087 por Niozain al-Mulk (Bagdag), que reconoció las primeras heredades, dando así pie a la creación de estados semi-independientes.

Ésta élite militar selyúcida, sería sería sustituida por los turcos otomanos, así como en Egipto se impondrían los mamelucos.

La época de las cruzadas es otro periodo donde renace el ideal caballeresco, propagado por la misma propaganda de la época. Destacan dos figuras en el S. XII, que van a llevar a cabo la contraofensiva de las fuerzas islámicas: Nur-al-Din y Saladino. Del primero se decía que no había existido ningún hombre tan virtuoso y justo desde los primeros tiempos del Islam. Se le alababa por jefe militar, por su austeridad y valor y consiguió presentarse como hombre piadoso, reservado, justo, respetuoso con la palabra dada y totalmente entregado a la yihad.
De Saladino , que cautivaría la imaginación caballeresca de la Europa Cristiana, se le destacaba por su generosidad (considerada por algunos como excesiva), humildad, valor, justicia y dedicación a la yihad; por su carácter humano y hospitalario. Las Cruzadas fueron, entre otras cosas, un periodo donde se encontraron dos tipos de ideales caballerescos, que en realidad hubieran sido muy parecidos si no hubieran estado muy impregnados de un matiz religioso; ya que los "caballeros" de un lado y otro, bien fueran pertenecientes a una élite nobiliar-feudal de tipo militar o guerreros de importantes familias árabes, tenían como misión luchar por su fe.

A pesar de la propaganda contra el enemigo, en ambos lados se reconocía la valentía, fortaleza o habilidad de los guerreros y caballeros enemigos, dándose casos de auténtica confraternidad de ideales entre caballeros cristianos y musulmanes.

AL -ANDALUS

La situación en el Al-Andalus, con respecto a la existencia de una posible clase caballeresca es la misma que en el resto del Islam, aunque presente sus propias características y peculiaridades. Ya hemos dicho que conceptos tales como honor, linaje , familia, orgullo guerrero, o incluso -la existencia de clientelas, estaban en el Islam, como consecuencia de su evolución a partir de las tribus nómadas de Arabia, estrechamente ligado al sentido de tribu y clanes agnáticos. La posible vía de una mayor mezcla a nivel cultural y social quedaba rota por la separación de la sociedad en comunidades religiosas. La posible vía de integración del elemento musulmán en una mezcla igualitaria de rasgos Visigodos fue deshecha, en el 716, con la muerte de Abd-lAziz, hijo de Musa, que se había casado con Egilona, la viuda de Rodrigo.

Se puede decir, que prevaleció el componente inmigrado árabe-beréber, sobre el indígena, el cual se integraría en un plano de total sumisión cultural, si exceptuamos el elemento mozárabe. Ello se debió a una emigración colectiva de otros contingentes, a partir de mediados del S.VIII como sirios y beréberes.Lo cual provocó una mayor arabización y tribalización de la sociedad. Además la influencia de la supremacía árabe llegaba a todos los campos en los territorios ocupados. Actualmente se habla de un medio tribal árabe en la España musulmana.

La organización militar debió de ser fundamental en el mantenimiento de los clanes agnáticos, al mantener una solidaridad entre los miembros de un mismo "kawn" tribal, establecidos en el interior de un mismo límite o " kura ", que se realizó durante un proceso que abarca de los S.VIII al XI.

Ese proceso, del que con Almanzor aún vemos claras pinceladas, ya se había iniciado con la llegada de los feudatarios sirios u orientales de Jordania, Egipto y damasco (los yundíes de Baly b. Bisir, que habían sido derrotados en el norte de África y que pasarían a la península como clientela (mawali) de Abd al-Rahinan el Inmigrado); tropas y población que se convirtieron en una especie de oligarquía o aristocracia, orgullosa de su habilidad guerrera(caballería) y de su sangre árabe.

Ello provocaría conflictos con los beréberes, que acabarían sometidos y arabizados. Esta población fue asentada por el sistema de la "Igta", que era un modo de concesión administrativa sobre un territorio, sobre el que se ejercía básicamente un derecho de fiscalidad( la tierra era propiedad del estado), a cambio del pago del diezmo; y que era una forma de pago de los combatientes de la fe. Aún cuando el sistema se fue haciendo cada vez más hereditario, parece ser que el estado no perdió el control de las mismas, evitando así la creación de una nobleza feudal. Cuando el califato se desintegre no será a causa de problemas rey- nobleza feudal, sino que básicamente se debió a contradicciones y tensiones internas, básicamente de componente socio-racial.

Según el derecho musulmán no existía ninguna diferencia legal entre los miembros de la comunidad, aunque sí existía una estratificación en la realidad.

Aparte de los llamados descendientes del profeta, nos encontramos con la categoría social ( y "no clase social") de la " Jassa",o la élite, formado por patricios de las principales familias de sangre árabe y parientes, más o menos lejanos, del califa durante el tiempo del califato. La jassa podía estar integrada por ciertas categorías de altos funcionarios de la administración central( y ello incluía a aristócratas árabes, libertos u otros personajes de origen beréber)

A pesar de esa diferencia nadie ha probado la existencia de relaciones de tipo vasallático o feudal en la sociedad musulmana, donde prevalecieron las relaciones familiares y unidades tribales; siendo la religión y el clan las bases de la sociedad.
Existía toda una jerarquización a nivel familiar y a nivel oficial por el puesto ocupado en la corte. Sin embargo el puesto en ésta era, en la mayoría de los casos, el resultado de un auténtica carrera de honores, aunque siempre era importante pertenecer o contar con el apoyo de una vieja y distinguida familia.

CONCLUSIONES

En definitiva, desde un punto de vista estrictamente legalista no se puede hablar de la existencia de un estamento social equiparable a la nobleza cristiana de Europa, en el mundo Islámico. Sin embargo, dejando aparte el fundamental matiz religioso que separaba ambas civilizaciones, nos encontramos con un ideal de caballería que es prácticamente el mismo en ambos lados y que es consecuencia de la importancia de la actividad guerrera y los lazos de sangre. En ambos campos son reconocidos los mismos ideales caballerescos: valor en el combate, fidelidad a los amigos y a la palabra dada, prudencia en el consejo, protección a los más débiles, generosidad y magnanimidad (aunque esto pueda ser matizable), trato delicado para con las damas, honor personal y familiar, importancia por el respeto a los antepasados.... sin embargo a los grupos que afectan difieren en su composición.

En el mundo musulmán un mismo honor es compartido por todos los miembros de la tribu, aunque cada uno de ellos pueda tener un honor personal. El sentido clánico y tribal supera las concepciones cristianas de honor familiar y aunque el sentido de superioridad militar es fundamental, éste no deriva de una concepción divina de la división de la sociedad; sino que es consecuencia de la tradición guerrera de todo un pueblo, con un sentido de las relaciones de sangre mucho más amplio que las de la aristocracia cristianan europea.

Aunque existan clientelas, no se producen relaciones de vasallaje en el mundo Islámico. Si en el ideal caballeresco de ambos lados se destaca la importancia de la defensa de la religión, en el bando cristiano ésta labor es casi exclusiva de la clase caballeresca feudal; mientras que en el mundo musulmán constituya un deber colectivo.

Por otra parte, ese mismo ideal dio lugar a obras literarias y festejos realmente equiparables. Además, sobre la misma época, se cierne el espectro del progresivo e inevitable deterioro del ideal caballeresco y de las gentes que lo representan: en ambos bandos van a surgir voces que expresan su protesta ante la existencia y aparición de ricoshommes que por el sólo hecho de portar armas se pretenden caballeros, o que claman contra la aparición en el campo de batalla de las innobles armas de fuego.
En fin, a nivel personal muchos hombres podrían haber cambiado de religión y sin embargo continuar con el mismo espíritu caballeresco. Sin embargo la integración de éstos hombres e ideales en cada una de las sociedades se haría a niveles diferentes.

sábado, 15 de enero de 2022

Canibalismo en las Cruzadas

Hay algo que los largometrajes no han logrado transmitir. Al menos todavía. El hedor de los cadáveres que, ya serenos y huecos de vida, yacen inertes sobre el campo de batalla. En el siglo XI, durante la Primera Cruzada, la guerra no olía a gasoil y a pólvora. Apestaba a sudor y exudaba el calor del desierto. Eran otros tiempos. Los de luchar por una Tierra Santa alejada del cobijo del viejo continente y los de asumir penurias inimaginables en defensa del cristianismo. Y si creen que exagero, basta con recordar el hambre y la desesperación que debieron pasar los defensores de la ciudad de Maárat para verse obligados a comer carne humana.

El episodio, tan real como tristemente olvidado, es uno de los muchos que recoge el profesor de Historia medieval Thomas Asbridge en su flamante «La Primera Cruzada. Una nueva historia»

Una obra que, a lo largo de sus más de cuatrocientas páginas, se zambulle de lleno en la campaña que inauguró unas contiendas (las cruzadas) que se extendieron durante dos siglos a través de los ojos de cientos y cientos de cronistas. Fue una de las pocas que, sobre el papel, resultaron exitosas y finalizaron con la toma de Jerusalén. Aunque, en la práctica, provocó una infinidad de conflictos internos y muertes.

Primera Cruzada

La Primera Cruzada se gestó en un momento de tirantez extrema en la Iglesia. Según explica Carlos Núñez del Pino –licenciado en Historia y autor de artículos de divulgación en revistas como Descubrir la Historia, Historia Hoy o Muy Historia– su arquitecto fue Urbano II. «Accedió al trono papal en 1088, una época de enorme tensión y crisis en la institución, muy debilitada por su enfrentamiento con el Sacro Imperio Germánico. Tal era la situación, que el nuevo papa tardó seis años en poder controlar su palacio, ocupado por el Antipapa Guiberto. Urbano, francés de origen, era un auténtico animal político y tenía muy claro su objetivo: recuperar la influencia política», desvela.

La oportunidad de recuperar el poder se le presentó en el 1095, cuando el emperador bizantino Alejo Comneno solicitó ayuda para detener a un ejército selyúcida que llamaba a sus puertas ávido de tierras y riquezas. Urbano II, un verdadero mago de la política, instó entonces a los cristianos a viajar miles de kilómetros hasta Tierra Santa. «Supo instrumentalizar esta solicitud para sus intereses. En un contexto de legitimización de la corona papal utilizó la idea de Cruzada para erigirse como principal defensor de la fe. No solo podría vender la idea de la ayuda hacia los cristinos orientales en peligro, sino que dirigiría la belicosidad de los príncipes europeos hacia tierras lejanas», añade Del Pino.

Cual estrella del rock, Urbano II protagonizó decenas de bolos por tierras galas primero, y Europa entera después, en los que llamó a pobres y ricos a dejar la calidez de sus hogares, bordarse la cruz –símbolo de aquel movimiento militar– y defender el cristianismo. Y vaya que le salió bien. «Durante el verano de ese año, Urbano realizó una gira por Francia para visitar Cluny, donde había sido prior, y a los grandes nobles. El objetivo era conseguir el apoyo de la élite del reino antes de lanzar su idea en Clermont. Estaba todo calculado para evitar cualquier error». Su máxima, convertida a la postre en una suerte de lema de la Primera Cruzada, resonó en palacios y en las casas más humildes: «Deus vult» («Dios lo quiere»).

Lo que el altísimo no anhelaba, con total seguridad, eran las diferencias internas que brotaron en el seno de los ejércitos arribados a Tierra Santa. La enfermedad fue la llegada de demasiados líderes militares, y no había un remedio claro para ella. Lo único que ayudó a paliarla fueron las victorias contra los musulmanes, el sueño por hacerse con la ciudad prometida –Jerusalén– y la conquista de enclaves determinantes como Antioquía (tomada en el verano del 1098). Y, a veces, ni eso. Así lo confirma Asbridge en su obra, donde especifica que fue precisamente en esta urbe donde tres personajes de calado dieron un paso al frente para alzarse, de una vez, como líderes de la Primera Cruzada: Bohemundo de Tarento, Godofredo de Bouillón y Raimundo de Tolosa.

Triste preludio

Bohemundo, príncipe de Tarento, era la opción más lógica. Veterano, había demostrado en un millar de ocasiones su valía en combate. No en vano recibió en junio el cargo temporal de comandante de la Cruzada. Sin embargo, era de mentalidad cautelosa y no abogaba por avanzar hacia Jerusalén hasta que las posesiones ya conquistadas estuvieran bien defendidas. Su némesis fue Raimundo de Tolosa, convencido de que la conquista de la Ciudad Santa era clave para la moral de las tropas y portador de una reliquia capaz de unir a toda la cristiandad: la lanza con la que –de forma presunta– habían atravesado a Cristo en la Cruz. Ambos protagonizaron una serie de tiranteces para hacerse, poco a poco, con más poder que su contrario.

Desde luego no fue sencilla la conciliación. Tras la conquista de Antioquía, cada uno de los contendientes se obcecó en hacerse con más territorio que su par para postularse como líder de la cruzada. En medio de aquel clima enrarecido, y allá por finales de noviembre del 1098, Raimundo puso sus ojos en Maárat an Numán, uno de los asentamientos más destacados del oeste de Siria tanto a nivel estratégico como económico. Sus huestes arribaron a las puertas de la pequeña fortaleza el 28 y, apenas unas jornadas después, hicieron lo propio las de Raimundo, obsesionado por participar en la conquista y que no le adelantaran un movimiento en su particular partida de ajedrez. La urbe, definida por los cronistas como «rica y muy poblada», se enfrentó así a los cristianos.

Raimundo de Tolosa
 
El largo asedio, cuyos pormenores darían para un artículo igual de extenso, puso de manifiesto lo precarias que eran las líneas de abastecimiento de los cristianos. El camino directo con Antioquía no tardó en verse bloqueado de forma intermitente y las tropas de Bohemundo y Raimundo sufrieron en su piel la escasez de vituallas y agua. Así lo corrobora Asbridge al señalar, en su nueva obra, que «los mismos cruzados se quedaron rápido sin provisiones» y que se vieron obligados a acortar los tiempos que barajaban en principio para evitar un descalabro aún mayor. «Con el invierno cerca de alcanzar su punto álgido, las líneas de abastecimiento pronto empezaron a mostrar señales de tensión. Al cabo de una semana, el suministro se redujo».

Raimundo de Aguilers, testigo de los hechos, hizo referencia a la preocupante escasez de alimentos:

«Me apena informar que en la hambruna resultante era posible ver a más de diez mil hombres dispersos por el campo como ganado, rascando y rebuscando con el propósito de encontrar algún grano de trigo o de cebada, una judía o cualquier hortaliza».

La escasez de alimentos trajo consigo una disminución radical de la disciplina y, con el paso de las jornadas, hasta el monje Pedro Bartolomé –mano derecha de Raimundo– cargó contra el ejército cruzado por perpetrar faltas como «el asesinato, el saqueo, el robo y el adulterio». Todos ellos, pecados que obligó a purgar con la ofrenda de oraciones, el pago de limosnas y muchos «preparativos espirituales» más. Por suerte para los líderes, la fortaleza de Maárat an Numán cayó a mediados de diciembre tras lanzar contra ella desde una gigantesca torre de asedio hasta, en palabras de los cronistas de la época, «piedras, proyectiles de fuego, colmenas de abejas, cal y fuego».

Canibalismo

Aquella hambruna fue un triste preludio de lo que todavía estaba por llegar. Tras unas navidades en total inactividad, Asbridge afirma que la escasez volvió a tomar la ciudad de Maárat. «La mayoría de ellos, desde los caballeros hasta los campesinos más pobres, estaban cada vez más descontentos. Una vez agotado el exiguo botín obtenido durante el saqueo de la ciudad, el hambre volvió a amenazarlos». Pronto se extendió a toda velocidad entre la hueste la idea de que la única forma de sobrevivir era marchar hacia la ansiada Jerusalén. La rebelión se palpaba en el ambiente y ninguno de los dos líderes estaba exento de ella. Pero a uno y al otro, al otro y al uno, les resultó imposible aparcar sus diferencias en favor de un objetivo común.

Sus problemas internos terminaron por condenar Maárat. Para empezar, ambos abandonaron la ciudad a su suerte tras reiniciar sus disputas por el control de Antioquía, mucho más determinante. Si las líneas de aprovisionamiento eran ya débiles, aquello les dio la puntilla. La ciudad quedó desprovista de vituallas y, en breve, se inició una hambruna. La mayor de todas las vividas hasta entonces. «Las líneas de abastecimiento que sostenían a los soldados eran tenues, pero, con la llegada del nuevo año, colapsaron. Los pobres, que ya habían padecido hambre en Navidad, se descubrieron de repente privados por completo de sustento. Todo indicaba que se revivirían los horrores de la inanición, que ya había causado estragos entre los francos un año atrás, durante el asedio de Antioquía», añade el experto en su obra.
Recreación de un caballero durante la Primera Cruzada


Narran las crónicas que la desesperación de los soldados cristianos afincados en Maárat fue absoluta. El hambre provocó que los cruzados más desamparados «despedazaran los cadáveres de los musulmanes, pues en las entrañas de estos se solían encontrar monedas de oro». Y eso solo fue el principio. Poco tiempo después, otros recurrieron a medidas más desesperadas. De esta forma lo explicó el cronista Raimundo de Aguilers:

«Aquí nuestros hombres sufrieron una hambruna excesiva. Me estremezco al contar que muchos de ellos, atormentados hasta el extremo por la locura que les causaba la falta de alimentos, decidieron cortar trozos de carne de las nalgas de los sarracenos que yacían por allí, trozos que luego cocinaban y comían, y devoraban como salvajes sin esperar siquiera que la carne se acabara de asar».

Asbridge recoge otros tantos testimonios que se refieren a que «la escasez de comida se tornó tan grave que algunos cristianos se comieron con gusto los cadáveres podridos de los sarracenos que tres semanas antes habían arrojado a los pantanos».

El autor define lo acontecido en Maárat como «una de las atrocidades más infames cometidas por los ejércitos de la Primera Cruzada». Ya en la Edad Media, el canibalismo era una práctica vista con verdadera repulsión por los cristianos, algo que no sucedía, por ejemplo, con los saqueos orquestados contra el enemigo. Por ello, los cronistas dieron buena cuenta de ella en sus escritos. Asbridge también afirma que aquellas historias «tuvieron algún efecto a corto plazo». El principal fue que las noticias llegaron hasta las urbes cercanas y los musulmanes se forjaron la imagen de los caballeros cristianos como demonios con cuernos y rabo. Seres sedientos de sangre ante los que era imposible ofrecer resistencia. Al parecer, esa leyenda negra les hizo firmar treguas con sus enemigos antes incluso de que atacaran.