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domingo, 18 de agosto de 2024

La espada de Roland


Durandal (o Durandarte) fue la famosa espada de Roland, el caballero franco que murió en la batalla del paso de Roncevaux el 15 de agosto de 788 por ataque de los vascos.
Los relatos de esa batalla y el destino subsiguiente de la espada están plagados de historias míticas con poca o ninguna base histórica o arqueológica. Por ejemplo, el legendario héroe Bernardo del Carpio, según cuya leyenda fue él quien mató a Roland y tomó su espada.
Según la leyenda, fue enterrado con la espada en una cueva cerca del monasterio de Santa María la Real en Aguilar de Campoo. Carlos I lo habría tomado de allí cuando visitó la tumba en julio de 1522. Hoy esta espada se puede ver en la Armería Real de Madrid.
Hay muchas leyendas sobre la espada de Roland, incluyendo una que la coloca en el fondo del lago Carucedo en El Bierzo. Pero el más curioso de todos es el de la espada de Rocamadour.
Rocamadour es un pueblo ubicado en el suroeste de Francia, famoso desde la Edad Media por ser un importante centro de peregrinación, documentado desde 1172. Está el monasterio medieval de Nuestra Señora y la iglesia de San Miguel.
Y es allí, incrustada en la roca del precipicio sobre los edificios del santuario, que durante nueve siglos una espada fue sostenida por una cadena. No estaba completo, pero falta una pieza. Los propios monjes, que identifican esta espada con el famoso Durandal, afirman que fue el mismo Roland quien la incrustó allí, para que no cayera en manos de sus enemigos.
La conexión radica en el hecho de que fue precisamente de Rocamadour que Roland partió con sus tropas para cruzar los Pirineos, pero obviamente no pudo dejarlo allí porque murió en Roncevaux, a pocos cientos de kilómetros de distancia. Los monjes probablemente inventaron la historia como un medio de propaganda.
En cualquier caso, durante nueve siglos nadie se atrevió a discutirlo y permaneció la misteriosa espada, que no se sabe de dónde viene. En 2011 el ayuntamiento lo sacó del acantilado por primera vez y lo cedió al Museo Cluny de París para ser exhibido.

viernes, 19 de julio de 2024

16 de julio, 812 Aniversario, Festividad de la Victoria de la Batalla decisiva de las Navas de Tolosa contra los invasores.

 


Deus Vult,  In Memoriam 16 de julio de 1212 - 16 de julio de 2024 Caídos por Dios y por Españá .

En el contexto de la Cruzada de liberación de Hispania el pasado 16 de julio conmemoramos la Victoria en la Batalla de las Navas de Tolosa.
Unos 30.000 cruzados hispanos bajo el mando de su Majestad el Rey Don Alfonso VIII de Castilla frente a más de 100.000 sarracenos invasores norteafricanos que nunca más volvieron a enfrentarse abiertamente a los cristianos en nuestra sacra Tierra Hispana. 
Tras la muerte de Su Majestad el Rey Don Alfonso VIII, su hijo el Rey Don Fernando III el Santo libertador de Andalucía Central y Occidental y su nieto el Rey Don Alfonso X el sabio, prácticamente erradicaron en sus tres reinados la invasión sarracena invasora de Hispania.
En oración infinita pedimos por la eterna gloria de esa Saga de Reyes venerados de Castilla que tanto bien hicieron por España, Don Alfonso VIII, San Fernando y Don Alfonso X, así como por todos los Cruzados que a través de los tiempos participaron en defensa de la invasión de España

Deus nobiscum,  Vive Christus Rex !!

lunes, 5 de febrero de 2024

Arqueología


 Descubrimiento arqueológico en la isla de Gotland, Suecia: Calavera medieval encontrada revestida con cota de malla de la batalla de Visby de 1361

miércoles, 20 de diciembre de 2023

La carga de los Tres Reyes. Las Navas de Tolosa.


En 1194 el califa almohade Yaqub al-Masur había enfermado de gravedad, por lo que su hermano, Abu Yahya, gobernador de Al-Andalus, fue a Marruecos para reclamar el trono. Eso desató un conflicto civil, que intentó ser aprovechado por Alfonso VIII de Castilla para atacar Sevilla y sus alrededores, rompiendo la tregua establecida previamente.  
Al-Mansur derrotó a su hermano y reunió un ejército para enfrentar a sus enemigos y en 1195 venció a las tropas castellanas en Alarcos. Al triunfo siguió la conquista de Trujillo, Pasencia, Talavera, Cuenca y Uclés y dejó debilitado al reino de Castilla. El victorioso Al- Mansur murió en 1199 y le sucedió su hijo Muhammad al-Nasir.  
Al-Nasir ambicionó continuar realizando progresos en al-Ándalus por lo que en 1211 reunió un ejército poderoso, cruzó el estrecho de Gibraltar y capturó el castillo de Salvatierra. Alfonso VIII percibió la amenaza sobre Toledo y el valle del Tajo y decidió enfrentarse en una batalla decisiva, para la cual requería de mucho apoyo. Solicitó la ayuda del papa Inocencio III que convocó una cruzada para facilitar la llegada de contingentes de toda Europa.  
Alfonso VIII consiguió el apoyo del rey Pedro II de Aragón y de Sancho VII de Navarra, además llegaron caballeros de toda Europa, especialmente de Francia. Según Francisco García, los cristianos tenían unos 4000 jinetes y 8000 infantes. Los musulmanes tendrían el doble. Fue la ciudad de Toledo en donde se concentró el ejército cristiano.
Alfonso VIII tomó la iniciativa y con la ayuda de un pastor, atravesó la sierra y llegó a las cercanías del ejército musulmán, llamado Las Navas, el 13 de julio de 1212. El día 16 se produjo el enfrentamiento.  
Los cristianos se desplegaron en tres columnas de ancho por tres de profundidad y dieron inicio a la batalla. Los almohades se defendieron y estuvieron a punto de rodear al ejército cristiano, el cual mantuvo el orden y repelió los ataques. La lucha duró casi todo el día, hasta que la retaguardia cristiana entró al ataque y derrotó a los musulmanes. Las tropas victoriosas se apoderaron del campamento de al-Nasir, quien huyó del campo.  
Los cristianos capturaron un rico botín, a la vez que sus pérdidas, aunque no hay consenso, fueron escasas; no así las almohades, que fueron más de 10 000.
La batalla de las Navas de Tolosa fue un parteaguas, pues se inició el declive almohade en la península Ibérica a la vez que el avance cristiano cobró auge y se amplió unas tres décadas después, hasta reducir los territorios musulmanes al reino de Granada.

La batalla de Covadonga contada por los musulmanes


(Isa ibn Ahmad al-Razi fue un historiador y escritor árabe, cronista del califa al-Hakam II en la segunda mitad del siglo X. Hijo de Ahmad ibn Muhammad al-Razi, también historiador, finalizó en Córdoba después de año 977 la composición de la obra más famosa de su padre, Historia de los reyes de Al-Andalus.)
"Dice Isa ben Ahmad al Razi que en tiempos de Anbasa ben Suhaim Al Qalbi, se levantó en tierra de Galicia un burro salvaje llamado Pelayo. Desde entonces empezaron los cristianos en Al-Ándalus a defender contra los musulmanes las tierras que aún quedaban en su poder, las que no habían esperado conseguir. Los islamitas, luchando contra los politeístas y forzándolos a emigrar, se habían apoderado de su país hasta llegar a Ariyula, de la tierra de los francos, y habían conquistado Pamplona en Galicia y no había quedado sino la roca donde se refugió el rey llamado Pelayo con trescientos hombres.
Los soldados no pararon de atacarle hasta que sus soldados murieron de hambre y no quedaron en su compañía sino treinta hombres y diez mujeres. Y no tenían que comer sino la miel que tomaban de la dejada por las abejas en las grietas de la roca. La situación de los musulmanes llegó a ser penosa, y al fin y al cabo les despreciaron diciendo: «Treinta asnos salvajes, ¿qué daño nos pueden hacer?».
La historia siempre tiene varias versiones, y siempre es necesario huir de la que es evidente propaganda.

Primer ataque Vikingo en Andalucía


 El 11 de noviembre del año 844 se produjo la batalla de Tablada en la que se enfrentaron el emirato de Córdoba con las huestes de vikingos que por primera vez dirigían sus expediciones de saqueo a la Península Ibérica. La batalla campal tuvo lugar en los terrenos de Tablada, a las afueras de Sevilla.
Las ciudades y comarcas del suroeste de al-Ándalus, alejadas de las fronteras con los cristianos —y de los no menos peligrosos musulmanes norteafricanos—, llevaban una existencia libres de temor a un ataque exterior, pues ningún enemigo acechaba las costas meridionales de la Península. Por ello, ciudades como Sevilla no estaban protegidas por murallas, que, a juicio de los emires omeyas, sólo podían servir para que sus habitantes tuvieran tentaciones de protegerse tras ellas y alzarse contra Córdoba. Pero en el año 844 el al-Ándalus tranquilo y confiado despertó a la realidad de una manera brutal: tras algunas escaramuzas en Lisboa, Cádiz y Sidonia, unos cincuenta navíos vikingos llegaron a la desembocadura del Guadalquivir y desde allí fueron remontando el río arrasando a su paso Coria hasta llegar a Sevilla. Sus habitantes, abandonados por su gobernador, que huyó a Carmona, intentaron resistir, pero su débil oposición terminó el 1 de octubre.
Los vikingos entraron en la ciudad a sangre y fuego, matando a todo ser viviente, hombres, mujeres y bestias, que hallaban a su paso, y allí permanecieron todo ese día, para luego regresar a sus naves a la mañana siguiente. Abderramán II, que ya tenía noticias de su presencia en las costas andalusíes por mensajes enviados desde Lisboa, envió inmediatamente tropas hacia Sevilla, sin esperar a que el ejército estuviese reunido, de forma que iban llegando pequeños destacamentos en días sucesivos. Estas tropas consiguieron parar a los invasores, causarles algunas bajas y apoderarse de cuatro navíos, que fueron quemados después de sacar de ellos el valioso botín que transportaban.
Aunque las crónicas andalusíes hablen de resonantes victorias sobre los vikingos, se dice que 30 naves fueron quemadas y cerca de veinte mil invasores perecieron (cifra exagerada, ya que la cifra real de vikingos oscilaría entre los mil y los dos mil), lo cierto es que no sólo no fueron aniquilados, sino que, con bajas más o menos apreciables, pudieron abandonar sin dificultad el Guadalquivir, saquear Niebla y seguir rumbo hacia la costa de África para continuar sus andanzas por el Atlántico. Lo cierto es que la rápida reacción de Abderramán II sirvió, sin embargo, para que los vikingos no avanzaran más hacia el interior y para demostrarles que al-Ándalus no era presa fácil. Quince años más tarde, reinando ya el emir Muhammad, volverían a aparecer en las costas meridionales de al-Ándalus, pero en esa ocasión la marina omeya estaba bien preparada. Escarmentado por el grave descalabro de Sevilla, Abderramán II tomó medidas para que sucesos como éste no se repitieran, una de las cuales fue la construcción de las murallas de Sevilla. Asimismo se llevó a cabo una hábil labor de construcción de fortalezas (el “ribat”) en la costa y desembocadura de los ríos que darían origen al topónimo de poblaciones como San Carlos de la Rápita (Tarragona), La Rápita (Mallorca), La Rábida (Huelva) y La Rábita (Granada).



viernes, 29 de septiembre de 2023

La batalla de Lalakaon

En este día (3 de septiembre), 863 DC- La batalla de Lalakaon, la batalla que cambió la marea para que los bizantinos, pasaran de la defensiva contra los árabes a la ofensiva.


Restos de combates medievales

El 22 de julio de 1361, el rey Waldemaro IV de Dinamarca envió un ejército de 2.500 hombres a la isla de Gotland, que se encuentra a unos noventa kilómetros de la costa sueca, donde tuvieron lugar varias batallas. Casi 700 años después, en 1905, se descubrió una fosa común en esa isla y a lo largo de los años se encontraron otras fosas. Estos últimos fueron encontrados a las puertas de Visby, ciudad fortificada, que aún conserva parte de sus murallas. Entre 1928 y 1930 se llevaron a cabo extensas investigaciones arqueológicas sobre los hallazgos funerarios, luego la ciencia moderna proporcionó nuevos conocimientos sobre lo sucedido: en el Museo de Historia de Estocolmo, Suecia, también se conservan testimonios antiguos y dramáticos de aquellas sangrientas batallas. En algunos casos, la violencia de los golpes provocó que el camaglio (capucha de malla de hierro) penetrara el cráneo de las víctimas. Sin duda, sobran las palabras.






miércoles, 28 de junio de 2023

El Cid y la toma de Valencia



El 17 de junio de 1094, Rodrigo Díaz, conde de Bivar, llamó a El Cid Campeador (1043-1099), difamó a Valencia, arrancándolo de los moros y convirtiéndolo en un puesto cristiano contra los almorávides.

De hecho, Valencia ya se había humillado ante el Cid, a pesar de conservar su propio gobernador, pero albergando una prenda de confianza del Cid. El rey de Castilla y León, Alfonso VI el Valeroso (1040/1041-1109), había intentado conquistar la ciudad, pero El Cid, considerándola ya sumisa, la había convencido, induciendo al rey Alfonso a retirarse. Sin embargo, tras esto, los musulmanes de la ciudad, considerando que el apoyo del Cid no es suficiente y considerando preferible la protección de los almorávides, en 1092 habían matado y decapitado a su propio gobernador Yahya al-Qadir (al1092), amigo de Rodrigo de Bivár, llegando en 1093 para expulsar de la ciudad a los Almoravides.
 

II. EL SITIO
En septiembre del mismo año, El Cid comenzó a rodear la ciudad, sonándola de asedio y haciendola pasar hambre. El invierno para los ocupados fue muy duro y la primavera aún peor. Dijeron que por desesperación cedieron ante el asesinato y el canibalismo, empezando a comer cualquier cosa que tuviera un componente orgánico.
 

III. LA RENDICIÓN
Al final de la primavera, la ciudad finalmente se capituló el 16 de junio o 17 de junio de 1094: El Cid se hizo cargo de la barbacana, permitiendo que todos los musulmanes que querían abandonar la ciudad lo hicieran en paz. Los otros habrían permanecido bajo su protección, pero habrían pagado un diezmo. Ese mismo día, se instaló con sus hombres en la ciudad y levantó su bandera en la torre más alta. Envió a llamar a su esposa e hijas y las estableció en la fortaleza de la ciudad.
El gobernador musulmán de la ciudad, Abu Ahmad Ya'far ibn Abdallah ibn Yahhaf (gobernador 1094), responsable de la muerte de Yahya al-Qadir, fue capturado por los valencianos y torturado por revelar dónde había escondido su tesoro y finalmente asesinado por lapidación y quema.
La conquista fue provisional, porque unos meses después un gran ejército de almoravide habría superado.
 

IV. DESARROLLO ADICIONAL
El Cid habría reparado y reforzado urgentemente las murallas de la ciudad y habría recabado  enormes suministros alimenticios en los graneros , que en su momento contaba con unos 15.000 habitantes; además, habría reclutado fuerzas adicionales, llegando a un total de 3.000 caballeros pesados y alrededor de 3.000 hombres, en parte cristianos, en parte musulmanes.
 

V. EL SITIO DE ALMORAVIDE

El ejército de Almoravide habría llegado cerca de Valencia el 15 de septiembre, acampando en la llanura al oeste de la ciudad, entre Cuarte y Mislata. El asedio habría comenzado poco antes del comienzo del Ramadán, pero durante todo el mes sagrado musulmán habría sido un asedio pasivo. El período de ayuno terminó, el 14 de octubre, las hostilidades habrían aumentado.
En ese punto, El Cid —habiendo exigido ya todos los objetos de hierro de la población, para evitar el riesgo de disturbios internos— habría expulsado de la ciudad como “bocas inútiles que alimentar”, como era costumbre durante el asedio, a todas las mujeres y niños de la fe musulmana, enviándolos al campamento de Almoravide.
Las fuerzas almorávides habrían esparcido el terror en el campo, saqueando campos y huertos al sonido de tambores y cuernos, pero sin dañar la moral de los valencianos, apoyados por la elocuencia del Cid, y prometiendo la inminente llegada de los refuerzos del rey Alfonso.
 

VI. LA SALIDA
Después de una semana desde el inicio de las incursiones más agresivas de las fuerzas almorávides, El Cid decidió intentar una feroz salida: con el favor de la oscuridad, habría enviado la mayor parte de sus fuerzas fuera de la puerta oriental de la ciudad, para hacer una cabalgada amplia. En el sentido de las agujas del reloj y llegar a los hombres del campamento enemigo; a la primera luz del amanecer, un pequeño contingente de unos pocos cientos de hombres habría salido por la puerta occidental, para simular el verdadero destino de los valencianos.


VII. LA BATALLA DE LOS CUARTOS
Caído en la trampa, Mu 'ammad ibn Ibr āh īm habría enviado la mayor parte de sus fuerzas contra ellos, pero - de repente - El Cid habría saltado sobre su espalda, abrumando a todas las fuerzas restantes en el campamento y causando pánico. La noticia de la llegada del rey Alfonso se habría extendido entre los moros con refuerzos e incluso las fuerzas enviadas para contrarrestar la falsa salida bajo los muros de Valencia habrían roto las filas y habrían llegado a su fin.
Habría sido la derrota más dura hasta entonces sufrida por un ejército musulmán en España.


VIII. LAS FUENTES PRIMARIAS

Las principales fuentes primarias, sobre este acontecimiento y de manera más general sobre este período histórico en España, son dadas por los anales: los Anales Castellanos secundos (siglo XII), antes conocidos como Annales Complutenses, según se conserva en la Universidad de Alcalá de Henares, antigua Complutum; la Crónica Naiarensis (siglo XII) del Monasterio benedictino de Santa María la Real de Nájera; los Anales castellanos terceros (siglo XIII), también conocidos como Annales Compostellani, tal como se encuentra en Santiago de Compostela; el Chronicon Burgense (siglo XIII), así llamado porque fue encontrado en la Catedral de Burgos. A estas obras se añade la anónima "Historia Roderici" (siglo XII), una crónica en prosa centrada en la figura del Cid. Aunque atribuyéndola a un valor limitado bajo el perfil historiográfico, es imposible no mencionar también el "Cantar del mio Cid", una obra literaria con épica sabor, que sin embargo puede proporcionar indicaciones de carácter histórico.

jueves, 22 de junio de 2023

Estrategia militar en la Edad Media

 



 Las batallas campales no eran muy usuales en la guerra medieval, pues, como es el caso de Agincourt, solían suponer la destrucción del ejército perdedor. 

Por estrategia militar medieval se entiende el tipo de guerra librado en el período histórico de la Edad Media, definida por las características propias del tipo de enfrentamientos librados en esta época, basados en el control de plazas fuertes. La visión tradicional de las guerras europeas de la Edad Media, sostenía que los caballeros eran los dueños de los campos de batalla. Estos, se lanzarían a la carga diezmando y arrollando a la infantería campesina que encontraban a su paso, mientras sus afines corrían a su encuentro para decidir el resultado del enfrentamiento. Según esta versión, el poder de los jinetes acorazados a caballo habría acabado cuando la infantería, gracias a las armas de fuego y a las técnicas de formaciones compactas de piqueros y alabarderos, recobró su poder en la batalla. Esta visión, alimentada por el arte y las crónicas de la época, mostraba a los nobles combatiendo a caballo e ignorando a los plebeyos y campesinos que combatían a pie. Todo esto se ha demostrado falso, pues las tropas de infantería eran una parte importante de los ejércitos medievales. Estas tropas luchaban cuerpo a cuerpo y a modo de tropas de artillería (con arcos, ballestas y más tarde con pistolas). La infantería jugaba un papel crucial en los asedios contra posiciones fortificadas.

Las guerras medievales se resumen en asedios y guerra de desgaste. 

Ésta última variante, consistente en operaciones de pillaje llamadas cabalgadas, algaradas o algaras, lograba objetivos tan variados como el debilitamiento y la desestabilización política de los rivales, ganancias de botín, abastecimiento de tropas, etc. Los enfrentamientos entre ejércitos en campo abierto eran infrecuentes. Eran más comunes y decisivas las maniobras para tomar castillos y ciudades mientras se evitaban batallas que supusieran pérdidas elevadas. Los soberanos llegaron incluso a prohibir a sus ejércitos entablar batallas que pudieses resultar decisivas. En las pocas ocasiones en que podía tener lugar una batalla campal, resultaba probable que la victoria fuera para el bando que hiciera más buen uso de los componentes principales del ejército medieval: la tropa de infantería, la caballería y la artillería. Otros factores de importancia eran la moral, el liderazgo, la disciplina y la táctica, así como el conocimiento del terreno.
 

Características

El Krak de los Caballeros fue un punto importante para el control de Tierra Santa. En la Edad Media, la estrategia militar consistía fundamentalmente en dominar posiciones claves. La estrategia militar de la Edad Media consistía principalmente en controlar las fuentes de riqueza y, por lo tanto, en la capacidad de los ejércitos para ocupar tierras. En los inicios de la época, esto consistía casi exclusivamente en arrasar o defender los campos y las huertas, puesto que los caudales procedían de las tierras de labranza y de los pastos. Durante la Baja Edad Media, el resurgimiento y crecimiento de las urbes conllevó que éstas se convirtieran en centros de riqueza gracias al comercio derivado de las cruzadas y gracias a la artesanía. La parte más importante de las guerras medievales radicaba en la toma y el control de los castillos, ya que en estos recaía la defensa de las tierras, además del control de la población de los alrededores. También las ciudades fortificaron sus muros con su crecimiento, y así, en la Baja Edad Media, la defensa y conquista de las ciudades resultó mucho más importante que controlar los castillos.

La guerra medieval consistía en el asedio de plazas fuertes.

Los ejércitos maniobraban para tomar fortificaciones importantes y devastar las cosechas, o bien para evitar que el enemigo perpetrara ese tipo de ataques. Únicamente tenían lugar batallas campales cuando se buscaba aniquilar al ejército enemigo o poner fin a la devastación. Un ejemplo de este tipo de enfrentamientos es la batalla de Lechfeld, que tuvo lugar en el año 955 y donde se batieron los germanos contra invasores magiares provenientes de Europa Oriental. La victoria decisiva de los germanos, liderados por Otón I, puso fin a posteriores incursiones de los magiares. Otros ejemplos más conocidos son la batalla de Hastings, en 1066, donde los anglosajones fueron derrotados por los normandos, flamencos y bretones de Guillermo el Conquistador en su intento de poner fin a su invasión. En la década siguiente a la batalla, los normandos establecieron el control de Gran Bretaña. La victoria de los francos en Tours en 732 frente a los sarracenos detuvo, en cambio, a los invasores.

Este tipo de maniobras fueron muy comunes en la Guerra de los Cien Años. Las batallas de Agincourt, Poitiers y Crécy, libradas entre Francia e Inglaterra, fueron las mayores tentativas francesas para frenar las invasiones inglesas. Los franceses fueron derrotados en los tres combates, por lo cual las invasiones continuaron. El control de Francia por parte de los ingleses, no fue, sin embargo, permanente, y al fin y al cabo, los franceses les vencieron en la guerra. En Oriente Próximo, las Cruzadas supusieron un intento fracasado por parte de los cristianos de tomar y controlar puntos estratégicos en Tierra Santa para controlar la zona. Aunque lograron tomar Jerusalén, los cruzados fueron finalmente expulsados.
 


Los ejércitos medievales

A diferencia de los ejércitos nacionales de la época moderna, la organización de los ejércitos feudales era mucho más simple. Hasta finales del siglo XV no existieron regimientos o divisiones permanentes. Los pueblos bárbaros que invadieron el Imperio romano marchaban y combatían a pie y con espadas y hachas. Estos grupos rara vez podían ser descritos como auténticos ejércitos, pues se trataba de bandas armadas con tácticas y estrategias muy escasas y limitadas. Las actividades militares que llevaban a cabo estos grupos solían tener como principales cometidos hacerse con alimentos y otros botines de guerra. Las batallas consistían en luchas entre hordas que combatían cuerpo a cuerpo sin ningún orden. Con la llegada de Carlomagno, aparecieron los primeros ejércitos. El de los francos, establecido por Carlos Martel y mejorado por sus sucesores, se componía de infantería y caballería armada. La caballería pesada dio origen a los caballeros medievales como los conocemos. En sus campañas, Carlomagno se enfrentó muy pocas veces contra enemigos organizados. Con la aparición del feudalismo siglos después, al convocarse un ejército feudal, los vasallos se desplazaban hasta el lugar de encuentro con los caballeros, arqueros y hombres de armas que se habían solicitado. En el punto de reunión, los distintos contingentes de tropas eran reagrupados según su función. Los caballeros marchaban junto a los escuderos; y los arqueros con la infantería. Las unidades especiales, a saberse ingenieros y artillería de sitio, eran normalmente expertos contratados para la campaña. Un ejemplo es la artillería otomana usada en el bombardeo contra Constantinopla, que fue manejada por mercenarios cristianos. Desde el siglo XIV, los mercenarios eran soldados respetables. Estos guerreros formaban compañías que solían ser utilizadas por señores ricos o por ciudades que los contrataban. Algunas de estas compañías se especializaban en un tipo específico de combate. Por ejemplo, en el año 1346, 2000 ballesteros genoveses lucharon al servicio del rey de Francia en la batalla de Crécy. Otras compañías aunaban contingentes de todas las clases. Solían ser descritos en términos del número de lanzas de las que disponían. Una lanza equivalía a un soldado. Una compañía de 100 lanzas representaba a un centenar de combatientes. Este sistema dio origen al término freelance. El inicio de los ejércitos modernos permanentes se encuentra en el año 1439, cuando el rey Carlos VII de Francia creó las Compañías Reales de Ordenanza, formadas por caballeros o por soldados de infantería, y eran pagadas con el dinero procedente de los impuestos. Cada compañía se componía por una dotación establecida de hombres. Quien escogía su armadura y las correspondientes armas solía ser el monarca.

Organización

La mayor parte de las batallas tenían una disposición establecida en la que los dos bandos se preparaban en el campo de batalla antes de comenzar el enfrentamiento. Las operaciones de maniobras y los pactos para el encuentro no eran frecuentes. De esta manera antes de comenzar cada batalla existía una preparación de todas las unidades sobre el terreno, esto evitaba el desorden de un enfrentamiento mezclado entre caballeros, infantería ligera, unidades a distancia como arqueros o ballesteros, y demás participes en la batalla. Además los generales y los señores que controlaban los ejércitos lo hacían para después atribuirse el mérito de la victoria.
 

Las Tácticas militares

En la Alta Edad Media, las batallas consistían en desordenadas luchas entre bandas armadas y desordenadas; más adelante estos enfrentamientos evolucionaron hacia batallas mucho más complejas. Esta evolución se debió en parte al desarrollo de diferentes clases de armas y de tropas y al perfeccionamiento en su uso. Los ejércitos de la Alta Edad Media consistían en grupos de infantería, pues salvo los sarracenos y los visigodos, así como los nómadas de Europa del Este, ningún pueblo había desarrollado ese tipo de soldados. Al desarrollarse la caballería pesada, los mejores ejércitos fueron las hordas de caballeros. La tropa de infantería quedó relegada a arrasar tierras de labranza y a realizar el trabajo pesado en los asedios. No obstante, en el campo de batalla este tipo de soldados corrían riesgos respecto a ambos bandos, el buscar los caballeros el enfrentamiento con sus rivales en combates individuales. Esto era así solamente al principio del periodo, tiempo en que le infantería se formaba con siervos y campesinos sin ninguna preparación. Los arqueros fueron también de gran utilidad en los asedios, pero eran aún más vulnerables ante la caballería en el campo de batalla, pues corrían el riesgo de ser arrollados. En los últimos años del siglo XV, los comandantes habían logrado instaurar disciplina entre sus caballeros y habían conseguido que sus tropas se cohesionasen. En el ejército inglés, los caballeros acabaron mostrando a regañadientes su respeto a los arqueros después de que estos demostraran su gran valor en los campos de batallas de la Guerra de los Cien Años. La disciplina de la tropa mejoró al haber más hombres que luchaban por dinero y menos que lo hicieran por el honor y la gloria. En Italia, los soldados mercenarios adquirieron mucha fama por largas campañas en las que apenas de derramó sangre. Para esa época, los soldados de todos los rangos eran activos de valor que no convenía desaprovechar a la ligera. Los ejércitos feudales que buscaban la gloria eran ahora ejércitos profesionales con mucho más interés en vivir para disfrutar de la paga.



La caballería

En los campos de batalla medievales fue predominante el uso de la caballería pesada Normalmente, esta caballería se organizaba en tres cuerpos o divisiones, que eran lanzadas una detrás de la otra al combate. La primera oleada debía abrir paso entre el ejército enemigo o romper sus líneas para que las demás oleadas pudieran hacerlo. Si el enemigo huía, comenzaba la persecución y masacre de sus tropas en retirada. A la hora de la verdad, los caballeros se movían individualmente en detrimento del plan establecido por su comandante. La gloria y el honor eran casi los únicos intereses de los caballeros, y por ello maniobraban con el fin de hacerse con las posiciones de primera fila en los ataques. La victoria del ejército en el campo de batalla era un objetivo secundario al de su propia gloria. Los caballeros se lanzaban al ataque tan pronto como vislumbraban al enemigo, desbaratando la estrategia de su líder. En algunas ocasiones, los líderes del ejército desmontaban a sus caballeros para poder controlar sus ataques. Esto era bien recibido por las tropas de infantería, que en la melé tenían pocas esperanzas de salir bien paradas. Esto aumentaba el vigor del combate y la moral entre la soldadesca. De combatir a pie, los caballeros, junto con los soldados de a pie, combatían detrás de estacas u otro tipo de defensas diseñadas para frenar y desbaratar las cargas de caballeros enemigos. A finales de la época medieval, el poder y la fuerza de la caballería pesada, y por lo tanto su utilidad, se encontraba al mismo nivel que el de la infantería y los tiradores. Para ese tiempo ya se había probado la inutilidad de cargar contra una tropa disciplinada y bien emplazada. Las reglas de los combates habían cambiado. Las estacas, trincheras y otras trampas se utilizaban astutamente para protegerse de las cargas de caballería. Atacar una fila cuantiosa de piqueros y arqueros resultaba una masacre para los caballeros. Estos se vieron entonces obligados a combatir a pie o a esperar el momento preciso para atacar. Por lo tanto, las devastadoras cargas de principios del periodo eran posibles, pero únicamente cuando el enemigo rompía filas y huía; se encontraba sin orden o estaba al descubierto y sin opciones de defensa.
 

Caballeros

Un caballero medieval era generalmente un soldado montado y acorazado, a menudo relacionado con la nobleza o la realeza, aunque (especialmente en Europa del norte) los caballeros también podían provenir de las clases mas bajas, e incluso podrían ser personas libres. El coste de su armadura, caballos, y armas era grande; esto, entre otras cosas, ayudada gradualmente para transformar al caballero, por lo menos en Europa occidental, en una clase social distinta a parte de otros guerreros. Durante las cruzadas, las órdenes santas de caballeros lucharon en la Tierra Santa.
 

Caballería pesada

La caballería pesada, armada con lanzas y un variado surtido de armas de mano desempeñaron un papel importante en las batallas de la edad media. La caballería pesada consistía en caballeros ricos y nobles que podían permitirse el equipo y los nobles escuderos empleados por los nobles. La caballería pesada era la diferencia entre la victoria y la derrota en muchas batallas dominantes. Sus cargas atronadoras podían romper las líneas de la mayoría de las formaciones de la infantería, haciéndoles un activo valioso a todos los ejércitos medievales.

Caballería ligera

La caballería ligera consistió generalmente en los hombres armados más ligeros, que podrían tener lanzas, jabalinas o armas de proyectil, tales como arcos o ballestas. Utilizaron a la caballería ligera como exploradores, escaramuzadores o fuera de los flancos. Muchos países desarrollaron sus propios estilos de caballería ligera, tales como los arqueros montados húngaros, los jinetes españoles, los ballesteros montados italianos y alemanes y los currours ingleses.

La infantería

Durante la Alta Edad Media, la principal (y casi única) táctica de los soldados de infantería, que componían la principal fuerza de los ejércitos de la Alta Edad Media, suponía aproximarse al enemigo y descargar hachazos sobre él. Los francos disponían de hachas arrojadizas llamadas franciscas (de ahí el nombre del pueblo). El poder de la caballería pesada, que apareció en tiempos de Carlomagno, relegó a la infantería a un segundo plano, más que nada, porque no se trataba de una tropa bien instruida y con disciplina. En los primeros ejércitos feudales, ls infantería se componía de campesinos mal armados y sin instrucción. Las primeras defensas contra la caballería surgieron de manos de los anglosajones. Consistía en colocar a los hombres juntos y con los escudos juntos para formar una barrera que frenase a la caballería y los protegieses de los arqueros. Así combatieron los anglosajones en Hastings, y de hecho, frenaron el ataque de la caballería normanda. De hecho, en las zonas donde era dificultoso formar tropas de caballería pesada, especialmente regiones de terreno más bien accidentado, como Escocia o Suiza, y en las ciudades independientes, la infantería experimentó cierto resurgimiento. Debido a sus necesidades, encontraron modos de organizar ejércitos eficaces que incluían muy poca caballería. Se probó que los caballos no se lanzarían contra una barrera de estacas o de lanzas. Una formación de lanceros podía frenar a la caballería noble de mucho más poder, y ello por una pequeña parte del coste del mantenimiento de la caballería pesada.

Los escoceses emplearon círculos de lanceros durante las guerras de independencia que se produjeron a finales del siglo XIII. William Wallace se valió de ella en Falkirk. y Robert Bruce en Bannockburn. Descubrieron que esa formación, llamada schiltron, era de gran eficacia. Robert Bruce sólo presentó batalla a los caballeros ingleses en zonas pantanosas, lo que impedía prácticamente la carga de sus enemigos. Los suizos ganaron mucho renombre en el combate de picas. Se puede decir que revivieron la antigua falange macedonia de Alejandro Magno y llegaron a adquirir una buena pericia en el combate con largas armas de palo. Su táctica consistía en formar un escuadrón de piqueros. Las cuatro filas exteriores sujetaban las picas a una misma altura, apuntando más hacia abajo. Ello creaba una eficaz defensa contra la caballería. Las filas de la retaguardia usaban armas de palo para acuchillar a los enemigos que se acercaban a la formación. Los suizos se habían especializado hasta tal punto que eran capaces desplazarse sin romper la formación con relativa rapidez. Gracias a ello pasaron también a ser una tropa de ataque. La única forma eficaz de disolver los compactos cuadros de piqueros era la artillería, principalmente cañones, que rompían las filas de las formaciones de soldados aglutinados. Los castellanos fueron los primeros en lograrlo. Las tropas castellanas del Gran Capitán combatían también a los piqueros con una tropa de espadachines provistos con rodelas. Se trataba de soldados ligeros que se escurrían entre las picas y atacaban directamente a los piqueros. Las fuerzas del Gran Capitán fueron las primeras en combinar, en una misma formación, picas, espadas y armas de fuego; como resultado se obtuvo una formación capaz de batir a diferentes armas en varios terrenos, ya fuera en defensa o atacando. Por ello algunos consideran a Gonzalo Fernández de Córdoba como el primer estratega moderno.

Las armas de la guerra medieval / Los asedios

Un enfrentamiento militar típico de asedio en el medievo se daba cuando un ejército sitiaba el castillo del oponente. Si este estaba bien defendido, las opciones se limitaban a establecer un asedio con la finalidad de rendir la fortaleza por hambre, o a utilizar máquinas de asedio para destruir las defensas fortificadas. A veces los propios sitiadores se veían forzados a defenderse de ataques que venían en ayuda de la ciudad. Los diseños medievales incluyen la catapulta (la cual a su vez incluye el onagro), la ballista (o ballesta) y el trabuquete. Estas máquinas utilizaban energía mecánica para lanzar grandes proyectiles para destruir las murallas. En Europa, la catapulta la inventó Dionisio I de Siracusa en el año 399 a. C. También se utilizaron el ariete y la torre de asedio. Otra forma era con largas escaleras apoyadas sobre la pared, pero no sobre fortificaciones de altas dimensiones, y además éste método no daba defensas al escalador. De hecho, en la propia torre de asedio, torre de madera con ruedas que permitía a los atacantes escalar las murallas y a la vez protegerse de las flechas enemigas, había una serie de escaleras puestas como para subir una torre cualquiera, y en el último piso una puerta de madera, de forma que al juntarse un gran número de soldados abrían la puerta, que se apoyaba sobre el muro, y los soldados salían a masacrar a los enemigos. Normalmente, era después de esto cuando se utilizaban más escaleras para que un mayor número de soldados se internaran en la fortaleza, y se abrieran paso para abrir las puertas, para entrar con el mayor número de refuerzos, como la caballería. 


Otra arma muy importante era el trabuquete, que tenía mayor radio de fuego que la catapulta, y se solía utilizar sobre todo en Asia para mandar animales (incluidas las personas) muertos por enfermedad, para hacer más posible que los sitiados se rindieran, y esto provocaba epidemias. De hecho, se dice que cuando un ejército mongol sitió ciudad genovesa de de Kaffa en la región de Crimea, mandaron cuerpos infectados por una enfermedad, y debido a que los itálicos basaban su poder en el comercio, la enfermedad se extendió por toda Europa con gran facilidad. Esa enfermedad era la Peste Negra de 1347. Había otras tácticas, como prender fuegos alrededor de las murallas para intentar descomponer el cemento que sujetaba a las piedras unas con otras, o en ocasiones incluso se minaban los cimientos con túneles excavados bajo las murallas. Los bizantinos para defender Constantinopla, como tenían el mayor puerto de Europa, y no se sabe si del mundo, era necesario defenderse por mar, creando la flota más poderosa de la época, y con ayuda de un invento solo conocido por ellos llamado "fuego griego".

Las batallas navales son menos conocidas al ser menos frecuentes, ya normalmente se intentaba detener que el enemigo tras dejar su embarcación (lo que demuestra un gran retraso en éste aspecto, pues ya los egipcios descubrieron la eficacia de detener a los enemigos por el mar). Sin embargo, también había varias batallas navales, y fueron tan sangrientas o más que las terrestres. 

Al principio de la Edad Media, los árabes tenían un gran poder naval; asolaron Sicilia en el 652 y derrotaron a la armada bizantina en el 655. El Imperio bizantino fue famoso por su superioridad naval. Su flota, tras la caída del Imperio romano de Occidente controló el Mar Mediterráneo, especialmente durante la edad de Oro de Justiniano I, además de una flota que patrullaba el Danubio. Hay que entender que tener una importante flota era crucial para defender Constantinopla, la capital, pues tenía el puerto más importante de Europa, posiblemente del mundo, de su época de esplendor. Sin embargo, tuvo una temprana derrota contra tropas árabes en el 655. Sin embargo, La capital la salvaron gracias a un invento secreto que solo ellos conocían, el fuego griego, una mezcla de diferentes compuestos químicos que al entrar en contacto con el agua, ardía, y prendía así los barcos enemigos. El navío modelo de la flota bizantina era el dromon, evolución de los trirremes clásicos. Es un barco de remo, similar a la galera, de un solo mástil. El velamen era latino (de vela cuadrada) como herencia de las técnicas de navegación precedentes. Con el renacimiento macedónico que tuvo del siglo XI, la flota volvió a recuperar su papel predominante en el Mediterráneo Oriental, aunque no alcanzó su anterior poder. En los últimos estertores del imperio, ya reducido a un puñado de ciudades portuarias, los restos de su poder naval fueron clave para mantener dichas posiciones hasta el último sitio de Constantinopla. Cuando el poder árabe en el Mediterráneo empezó a declinar, las ciudades comerciales italianas de Génova, Pisa, y Venecia fundaron redes comerciales y construyeron armadas para protegerlas y ser la nueva potencia naval. Al principio las armadas lucharon contra los árabes (en Bari en el 1004, en Mesina en el 1005), pero después se encontraron peleando contra los normandos que se habían trasladado a Sicilia, y finalmente el uno contra el otro. Los genoveses y los venecianos lucharon cuatro guerras navales, en el 1253–1284, 1293–1299, 1350–1355, y en el 1371–1378. La última guerra finalizó con una victoria decisiva para Venecia, lo que le permitió disfrutar durante casi un siglo de la dominación comercial del Mediterráneo antes que otros países europeos comenzasen a explorar hacia el sur y el oeste.

Los vikingos, que asolaron Europa con sus drakkar, embarcaciones largas, estrechas, livianas y con poco calado y con remos en casi toda la longitud del casco (con una vela en versiones más modernas), no es que sus barcos fueran poderosos, pero eran muy maniobrables, y por ello podían internarse y atacar poblaciones remontando ríos como el Sena, el Támesis o el Tajo. Los nórdicos también lucharon en muchas batallas navales entre ellos mismos. Esto se hacía normalmente atando los barcos de ambos bandos uno contra el otro, luchando así esencialmente una batalla terrestre sobre el mar. Sin embargo, el hecho de que el lado perdedor no podía escapar fácilmente, significaba que las batallas tendían a ser muy duras y sangrientas. La Batalla de Svolder es quizás de las más famosas. El rey inglés Alfredo el Grande construyó una flota con la que les derrotó. En el norte de Europa, por otro lado, por la Guerra de los Cien años, el casi continuo conflicto entre Inglaterra y Francia raramente conlleva una actividad naval más sofisticada que el transporte de los caballeros a través del canal de la Mancha, y quizás el tratar de atacar esos transportes. La Batalla de Dover en el 1217, entre una flota francesa de 80 barcos bajo el mando de Eustaquio el Monje y una flota inglesa de 40 bajo el mando de Hubert de Burgh, es notable por ser la primera batalla registrada usando las tácticas de los barcos de vela, con la victoria del primero en la misma, que sin embargo fue derrotado después.

El uso de la pólvora

La pólvora, es un polvo explosivo utilizado en balística, en particular pólvora negra, una mezcla explosiva de un 75% de nitrato potásico, un 15% de carbón y un 10% de azufre aproximadamente. La pólvora fue el primer explosivo conocido; su fórmula aparece ya en el siglo XIII, en los escritos del monje inglés Roger Bacon, aunque parece haber sido descubierta por los chinos, que la utilizaron con anterioridad en la fabricación de fuegos artificiales. Es probable que la pólvora se introdujera en Europa procedente del Oriente Próximo. Berthold Schwarz, un monje alemán, a comienzos del siglo XIV, puede haber sido el primero en utilizar la pólvora para impulsar un proyectil. Sean cuales sean los datos precisos y las identidades de sus descubridores y primeros usuarios, lo cierto es que la pólvora se fabricaba en Inglaterra en 1334 y que en 1340 Alemania contaba con instalaciones para su fabricación. El primer intento de utilización de la pólvora para minar los muros de las fortificaciones se llevó a cabo durante el sitio de Pisa en 1403. En la segunda mitad del siglo XVI, la fabricación de pólvora en la mayoría de los países era un monopolio del Estado, que reglamentó su uso a comienzos del siglo XVII. Fue el único explosivo conocido hasta el descubrimiento del denominado oro fulminante, un poderoso explosivo utilizado por primera vez en 1628 durante las contiendas bélicas que se desarrollaron en el continente europeo.


jueves, 11 de mayo de 2023

Guerreros

Aquí hay dos ilustraciones artísticas de Zvonimir Grbasic de TEMPLARS AT WAR. El primero es un soldado islámico Rashidun temprano y el segundo es el arquero turco selyúcida durante la batalla de Manzikert


 

viernes, 28 de abril de 2023

lunes, 24 de abril de 2023

El Asedio de Antioquia en la I Cruzada


El Sitio de Antioquía fue una batalla importante de la Primera Cruzada. La antigua ciudad de Antioquía tenía un valor estratégico significativo como una de las principales puertas de entrada a Europa desde Tierra Santa. La ciudad estaba defendida por los turcos selyúcidas y estaba ubicada en la carretera principal de Anatolia a Palestina; si los cruzados querían capturar Jerusalén, primero tenían que tomar Antioquía. Una vez conquistada, la región podría usarse como cabeza de playa para recibir suministros y refuerzos adicionales de la cristiandad.
A lo largo del verano de 1097, los cruzados pasaron meses marchando hacia el sureste a través de Anatolia. El sofocante calor del verano y la falta de provisiones dejaron un alto precio para los europeos. Sin embargo, los cansados ​​cristianos finalmente se acercaron a las afueras de Antioquía en octubre de 1097. La ciudad estaba fuertemente fortificada y no iba a caer sin luchar. Gran parte de sus defensas fueron construidas por el emperador romano Justiniano más de cuatro siglos antes. Sus gruesos muros estaban salpicados de innumerables torres de vigilancia. También se construyó una gran ciudadela en las montañas ubicadas detrás de la ciudad como última línea de defensa.
A mediados de octubre, los cruzados habían tomado con éxito el control de un importante cruce de río fortificado, conocido como el Puente de Hierro (ubicado en las afueras de Antioquía). Al día siguiente, el ejército llegó a las murallas del noroeste de la ciudad y comenzó formalmente el sitio de Antioquía. Bloquearon tres de las seis enormes puertas de la ciudad. Las fuerzas cristianas eran casi 40.000 fuertes (incluidos los no combatientes) y estaban reforzadas por la infantería ligera y el apoyo naval de los bizantinos.

Anticipándose a un ataque, el gobernador de Antioquía pasó meses almacenando alimentos y suministros. Con una guarnición inicial de 5.000 soldados, la ciudad estaba lista para un asedio prolongado. Después de dos meses, las fuerzas musulmanas intentaron romper el sitio atacando campamentos cruzados aislados. Pero todas estas incursiones fueron fácilmente repelidas. Los defensores comenzaron a quedarse peligrosamente bajos de suministros y moral, pero también los cristianos. Para la Navidad de 1097, los cruzados estaban al borde del colapso total. Miles murieron de hambre y enfermedades durante los meses siguientes. La hambruna generalizada los obligó a matar y comerse muchos de sus propios caballos.
A lo largo de los meses de invierno, dos ejércitos musulmanes diferentes intentaron relevar la ciudad pero fueron derrotados en el campo de batalla, incluido Duqaq de Damasco. Los barcos de socorro ingleses llegaron en la primavera con suministros frescos y materiales de construcción críticos. Después de casi ocho meses, los funcionarios de la ciudad finalmente capitularon a los cristianos el 3 de junio de 1098. El asedio de Antioquía continuó durante otro mes hasta que los musulmanes finalmente perdieron su ciudadela aparentemente inexpugnable. Resultó ser uno de los más largos de todo el período cruzado.
Antes de capturar Antioquía, un monje europeo tuvo la visión de que una importante reliquia estaba siendo salvaguardada dentro de la ciudad. Supuestamente descubrieron la Lanza Sagrada, la lanza que atravesó el costado de Jesús mientras moría en la cruz. El ejército cristiano continuó conquistando nuevos territorios y ciudades en Tierra Santa durante otros dos años antes de capturar finalmente el premio final de Jerusalén.

miércoles, 1 de junio de 2022

Trabuco


Máquina de guerra que se usaba antes de la invención de la pólvora para batir murallas, torres, etc.disparando contra ellas piedras muy gruesas de gran calibre.
 
Trabuquete  Almajenaque-alfagemeque. Fundibulos de contrapeso.
Arma de asedio medieval para destruir muros o lanzar bolardos
 

Inventado en China entre los siglos V-III A. de C. llamados Mangonel eran usados por los bizantinos y turcos a mediados del siglo VI; eran capaces de soltar piedras a 400 metros del blanco.
Mas precisos los trebuquetes o alfagemeques con contrapesos que podían cargar hasta 500 kg d arena aparecieron en tierras cristianas y musulmanas en el siglo XII
Muy utilizados por los llamados mongoles en el siglo XIII.

 

jueves, 12 de mayo de 2022

La Reconquista: Fundacion del Reino de Castilla



Fernando I de León

Fernando I llamado “el Magno” o “el Grande” (fue conde de Castilla y rey de León). Fue designado conde de Castilla en 1029, si bien no ejerció el gobierno efectivo hasta la muerte de su padre en 1035. Se convirtió en rey de León por su matrimonio con Sancha, hermana de su rey y señor, Bermudo III, contra el que se levantó en armas, el cual murió sin dejar descendencia luchando contra Fernando en la batalla de Tamarón el 4 de septiembre de 1037. Las tropas castellanas venían reforzadas por el ejército del rey García de Pamplona. Bermudo, con el ímpetu propio de su edad, picó espuelas a su caballo y se introdujo en las filas enemigas, donde fue muerto atravesado por una lanza castellana. Los leoneses trasladaron su cuerpo a León y lo depositaron, junto a los de sus padres, en el panteón de la iglesia de San Juan.

Guerra con Navarra

En 1053, Fernando hubo de hacer frente a la guerra contra su hermano mayor, García III de Pamplona. Ambos hermanos llevaban años disputándose los territorios que su padre había segregado de Castilla y anexionado al reino de Pamplona (La Bureba, Castilla la Vieja, Trasmiera, Encartaciones, y los Montes de Oca), realizando constantes incursiones.

Las crónicas cuentan que estando García enfermo en Nájera, fue a consolarle el rey leonés, que sospechando de su hermano, evitó ser apresado y se puso a salvo. Arrepentido, García retornó la visita a Fernando para hacer las paces y disculparse. Fernando no solo no lo aceptó, sino que lo cargó de cadenas y encerró en un torreón de tierras del río Cea. Cuando García pudo escapar, se preparó para la guerra, y con algunos musulmanes aliados invadió las tierras de Castilla. Rechazó a los emisarios que le propusieron la paz en nombre de su hermano, “proponiéndole que cada uno viviera en paz dentro de su reino y desistiese de decidir la cuestión por las armas, pues ambos eran hermanos y cada uno debía morar pacíficamente en su casa”. Así pues, Fernando le salió al encuentro con un fuerte contingente, y ambos ejércitos se encontraron en la batalla de Atapuerca librada en 1054.

García se había establecido a mitad del valle de Atapuerca, tres leguas al este de Burgos, pero los leoneses ocuparon de noche un altozano cercano y desde él cayeron al amanecer contra los navarros y sus aliados. Fernando dio orden de capturar vivo a su hermano, porque así se lo había pedido su esposa Sancha. Pero los nobles de León, que no habían olvidado la muerte su rey Bermudo, acabaron con García. Otra versión atribuye su muerte a un grupo de sus propios súbditos, obligados a huir a Castilla ante las humillaciones y exigencias tributarias de García.

En todo caso, el ejército de García huyó en desbandada, cayendo numerosos prisioneros en manos leonesas, entre ellos buena parte de sus contingentes moros. Fernando recuperó el cuerpo de su hermano y ordenó enterrarlo en la iglesia que éste había fundado, Santa María de Nájera. La victoria de Fernando tuvo como consecuencia la reincorporación a Castilla de las tierras reclamadas, estableciéndose la frontera en el río Ebro e imponiéndose vasallaje a su joven sobrino Sancho Garcés IV, el nuevo rey de Pamplona.

Ampliación del reino

Una vez unidos ambos reinos, expandió sus conquistas conquistando las plazas portuguesas de Lamego (1057) y Viseo (1058) y la toma definitiva (1060) de las de San Esteban de Gormaz, Berlanga de Duero y demás castillos y plazas del río Bordecorex, en territorio del alto Duero. Asimismo, las tomas temporales de Toledo (1062) y Zaragoza (1063), y la definitiva de la estratégica Coimbra (1064), junto al río Mondego, que puso bajo el mando del conde mozárabe Sisnando Davídiz.
Consiguió las parias de los reinos taifas más ricos como Zaragoza, Toledo, Badajoz y Sevilla.

Batalla de Graus (1063)

Ramiro I de Aragón intentó repetidas veces apoderarse de Barbastro y Graus, lugares estratégicos que formaban una cuña entre sus territorios. En la primavera de 1063 comenzó a sitiar Graus y Al-Muqtadir de la Taifa de Zaragoza, pidió ayuda al rey castellano-leonés de acuerdo con la paria que estaba pagando.

Envió al infante Sancho de Castilla, que contaba en su mesnada con un joven Rodrigo Díaz de Vivar. El 8 de mayo de 1063 el ejército castellano se enfrentó a los aragoneses que fueron derrotados y perdieron en esta batalla a su rey Ramiro I; al parecer fue muerto por un soldado árabe, llamado Sadaro, que hablaba romance y que, acercándose al real de Ramiro I disfrazado de cristiano, le clavó una lanza en el rostro.
La ciudad sería finalmente conquistada por los aragoneses 20 años después en 1083.

Posteriormente, se produjo una matanza de cristianos, y al-Muqtadir dejó de pagar las parias, por lo que en 1065 el monarca leonés condujo una expedición de castigo al valle del Ebro, devastando sus tierras y sometiendo a al-Muqtadir a vasallaje. Tras ese castigo, la expedición continuó hacia Valencia, gobernada por el amirí Abd al-Malik ben Abd al-Aziz al-Mansur, taifa que, probablemente, solamente quería reducir al vasallaje.

Tras poner sitio a la ciudad de Valencia, los leoneses se encontraron con una enérgica defensa y la imposibilidad de tomar las murallas al asalto. Debido a ello, el rey Fernando decidió simular una retirada. Los valencianos, encorajinados, salieron en su persecución. Pero a la altura de Paterna, a 5 km de Valencia, en la orilla izquierda del Turia, los leoneses los acometieron por sorpresa. Totalmente desprevenidos, los valencianos sufrieron bajas muy elevadas, y su rey solamente pudo volver a la seguridad de los muros de Valencia gracias a la rapidez de su caballo.

Tras la batalla se inició nuevamente el sitio, pero al poco, Fernando I se sintió enfermo y ordenó la vuelta a León, donde falleció el 27 de diciembre de 1065.

Repartición del reino

A su muerte en 1.065 dividió el reino entre sus hijos: Sancho II heredó Castilla con la paria de Zaragoza, Alfonso VI heredó León con la paria de Toledo, y García que heredó Galicia con las parias de Badajoz y Sevilla, sus hijas Urraca y Elvira heredaron Zamora y Toro respectivamente.

Guerra de sucesión

El reparto de la herencia entre todos los hijos de Fernando I nunca satisfizo a Sancho, que siempre se consideró como el único heredero legítimo, por lo que inmediatamente se movilizó para intentar hacerse con los reinos que les habían correspondido a sus hermanos en herencia. Se inició así un periodo de siete años de guerras protagonizadas por los tres hijos varones de Fernando I.

Ordalia de Pazuengos (1066)

Sancho II de Castilla reclamaba la aldea de Pazuengos, cercano está el monasterio de San Millán de la Cogolla. El rey de Pamplona propuso que los monjes fueran jueces en esta cuestión. Los monjes no encontraron motivos para resolver la reclamación.

Para evitar el recurso a una guerra, siempre más devastadora, se acostumbraba a ventilar las disputas mediante un Juicio de Dios u Ordalía en un combate singular. Generalmente, era a muerte entre dos caballeros o campeones, uno por cada parte, celebrado en terreno neutral ante cuantos espectadores quisiesen acudir y en un lugar que recibía el nombre de liza, o lugar de la lid.

Sancho IV el de Peñalén, rey de Pamplona, de Nájera y de La Rioja, eligió para esta Ordalía al caballero Jimeno Garcés de Azagra, su alférez real, un gigantón que había matado en estos duelos a más de 30 competidores. Sancho II, rey de Castilla, eligió a su alférez real Rodrigo Díaz de Vivar.

La lucha comenzó a caballo, utilizando las lanzas, y después prosiguió a pie, utilizando los mandobles o grandes espadas y las mazas. La lucha duró más de una hora, Rodrigo se mantuvo a la defensiva, hasta que con un mandoble de abajo a arriba le clavó la espada en la axila, cayendo Jimeno sobre un charco de sangre. Pazuengos pasó a ser a propiedad de Castilla. Con motivo de aquel combate, Rodrigo recibió un título que irá siempre unido a su nombre: Campeador o Campidoctor, que quiere decir el que defiende la justicia en el campo de batalla. El título llevaba aparejada, según la vigente legislación visigótica, la atribución de ser juez en litigios civiles.

Batalla de la Lantada (1068)

Dos años transcurrieron en paz entre los hermanos tras la muerte de su padre, los que se mantuvo con vida la reina viuda Sancha. Al fallecer se desataron las contiendas.

El primer enfrentamiento entre Alfonso y Sancho tuvo lugar el 19 de julio de 1068, en las orillas del río Pisuerga, en la batalla de Lantada; en la frontera entre el reino de León y el reino de Castilla, cerca del actual pueblo de Lantadilla (Palencia), se enfrentaron 100 caballeros de lo más selecto de los ejércitos castellano y leonés, bajo la premisa de que quien venciera se haría con los dos reinos. Cuando la contienda comenzaba a decantarse del lado castellano, Alfonso se retiró picando espuela hacía zona segura antes de ver perdida su corona.

Las relaciones entre ambos se mantuvieron, como demuestra el hecho de que Alfonso acudiera, el 26 de mayo de 1069, a la boda de Sancho con una noble inglesa llamada Alberta y donde ambos decidieron aliarse para repartirse el reino de Galicia que le había correspondido a García.

Con la complicidad de Alfonso, Sancho entró en Galicia en 1071 y, tras derrotar a su hermano García, lo apresó en Santarém y lo encarceló en Burgos hasta que fue exiliado a la taifa de Sevilla, gobernada por Al-Mutamid. Tras eliminar a su hermano, Alfonso y Sancho se titularon reyes de Galicia y firmaron una tregua que se mantendría durante tres años.

Batalla de Golpejera  (1.072)

Sancho, no contento con Castilla y media Galicia, atacó a su hermano el 12 de enero de 1072; habían reunido todas las fuerzas posibles para la batalla. De parte castellana comandaba la hueste junto al rey Sancho II, su alférez Rodrigo Díaz de Vivar disponían de 300 caballeros con sus mesnadas; y de parte leonesa sobresalía la figura del conde de Saldaña Pedro Ansúrez, alférez real de Alfonso VI de León que tenían 400 caballeros con sus mesnadas.

Durante todo el día se combatió sin tregua, la crónica nos dice que las bajas en ambos bandos fueron muy elevadas, y que al final de la jornada la victoria parecía segura para las huestes leonesas. Con la llegada de la noche, el combate de manera sorprendente se detuvo, ante la huida desordenada de los castellanos.

La decisión de Alfonso de no perseguir, y dar muerte a los castellanos tras la huida, es de las más controvertidas para los historiadores; pues supuso a la postre la reagrupación durante la noche del ejército castellano. Al amanecer contraatacaron, sorprendiendo a los leoneses, quienes ya se veían vencedores, dando muerte a muchos de ellos, y haciendo huir al propio rey, que consiguió resguardarse en la cercana iglesia de la Santa Virgen de Carrión de los Condes.

Alfonso fue capturado y llevado encadenado por todos los castillos y ciudades hasta Burgos, donde se le hizo renegar de sus derechos sobre la Corona. Pero gracias a la intercesión de su hermana Urraca con Sancho y con la ayuda del abad logra refugiarse en la taifa de Toledo de Al-Mamún.

Sancho entró en León y fue coronado como rey de León el 12 de enero de 1072, con lo que vuelve a unificar en su persona el reino que su padre había dividido.

Tras el acceso de Sancho al trono leonés, parte de la nobleza leonesa se sublevó y se hizo fuerte en Zamora bajo el amparo de la infanta doña Urraca. Con la ayuda de Rodrigo Díaz el rey sitió la ciudad, pero murió asesinado por un por Vellido Dolfos mientras llevaba a cabo el cerco de Zamora, el 7 de octubre de 1072. El lugar del regicidio es señalado con la Cruz del Rey don Sancho.

Alfonso VI recuperó el trono de León y sucedió a su hermano en el de Castilla, anexionándolo junto a Galicia y volviendo a conseguir la unión del reino de su padre Fernando a su muerte.

El conocido episodio de la Jura de Santa Gadea, en el cual el Rodrigo Díaz le exigió como alférez de Castilla el juramento de Alfonso VI de no haber tenido nada que ver con la muerte de su hermano, en el año 1072, parece que fue una invención.

Rodrigo Díaz de Vivar fue cesado como alférez mayor. Pero no cayó en desgracia, ya que Alfonso VI le propuso casarse con una joven guapa, como Jimena, hija del conde de Oviedo y de doña Cristina, bisnieta del rey Alfonso V de León.

Consolidado en el trono, y con el título de emperador, Alfonso VI “El Bravo” dedicó los siguientes catorce años de su reinado a engrandecer sus territorios mediante conquistas como la de Uclés y los territorios de los Banu Di-l-Nun. También se tituló, desde 1072, rex Spanie.

En 1074 falleció envenenado en Córdoba su vasallo y amigo, el rey de la taifa de Toledo Al-Mamún, a quien sucedió su nieto Al-Qádir. En 1079 al-Mutawakkil de Badajoz invadió la taifa toledana y expulsó de la ciudad a al-Qadir. Alfonso VI reaccionó conquistando Coria, plaza estratégica en la ruta hacia Badajoz. En 1081 Al-Mutawakkil, que había permanecido los últimos diez meses en Toledo, marchó a Badajoz y los castellanos contraatacaron y tomaron la zona del río Tajo, ocupando Madrid y Talavera y estableciendo fortificaciones en Escalona.

El 1082 los castellanos reconquistaron Coruche, varias fortalezas en la zona de Talavera y otros puntos y entraron en la capital, donde colocaron como rey vasallo a al-Qádir. El rey de Castilla exigió a los sevillanos la evacuación de los territorios toledanos que ocupaban (la moderna provincia de Ciudad Real y una parte de la de Cuenca) y ante la negativa declaró la guerra a la taifa de Sevilla. Una incursión castellana llegó hasta Tarifa. Al-Qádir cedió a los castellanos los territorios al norte del Tajo (Madrid, Escalona, Madina, Salim,…) e incluso algunas fortalezas al sur del río a cambio de Valencia. Finalmente, cedió Toledo a Alfonso a cambio de Valencia.

Toledo fue asediada durante cuatro años, rindiéndose pacíficamente el 6 de mayo después de garantizar a los musulmanes que se respetarían sus personas y bienes y que se les permitiría seguir en posesión de la mezquita mayor. Por su parte, los toledanos se comprometían a abandonar las fortalezas y el alcázar. El 25 de mayo del mismo año Alfonso VI entró en la ciudad. Al-Qadir fue enviado como rey a Valencia bajo la protección de Alvar Fáñez.

La conquistada Toledo, se dejaron de percibir sus parias y, en cambio, se incrementaron los gastos militares, por lo que el rey reanudó la presión para recaudar más parias. Alfonso VI en 1083 envió embajadores a la taifa de Sevilla para exigir un aumento de las parias. Al-Mutamid los apresó y mandó matar al intérprete. En respuesta, el castellano-leonés invadió el reino y llegó hasta Tarifa y resultó con la conquista de la estratégica plaza de Aledo (1086).

La presión militar y económica sobre los reinos taifas hizo que los reyes de las taifas de Sevilla, Granada, Badajoz y Almería decidieran pedir ayuda a Yusuf ben Tasufin, el sultán almorávide del norte de África.

Destierro de Rodrigo Díaz de Vivar

Muestra de la confianza que depositaba Alfonso VI en Rodrigo es que en 1079 el Campeador fue comisionado por el monarca para cobrar las parias de Al-Mutamid de Sevilla. Pero durante el desempeño de esta misión, Abdalá ibn Buluggin de Granada emprendió un ataque contra el rey sevillano con el apoyo de la mesnada del importante noble castellano García Ordóñez, que había ido también de parte del rey castellano-leonés a recaudar las parias del último mandatario zirí. Ambos reinos taifas gozaban de la protección de Alfonso VI precisamente a cambio de las parias. El Campeador defendió con su contingente a Al-Mutamid, quien interceptó y venció a Abdalá en la batalla de Cabra, en la que García Ordóñez fue hecho prisionero. Esta sería una de las causas de la enemistad de Alfonso hacia Rodrigo, instigada por la nobleza afín a García Ordóñez.

Los desencuentros con Alfonso fueron causados por un exceso (aunque no era raro en la época) de Rodrigo Díaz, que tras repeler una incursión de tropas andalusíes en Soria en 1080; le llevó, en su persecución, a adentrarse en el reino de taifa toledano y saquear su zona oriental, que también estaba bajo el amparo del rey Alfonso VI.

El rey Alfonso lo desterró en 1081, tras recorrer el valle del Jalón, donde construyó un castillo junto a la localidad de Ateca. Desde allí es muy posible que inicialmente buscara el amparo de los hermanos Ramón Berenguer II y Berenguer Ramón II, condes de Barcelona, pero rechazaron su patrocinio.

Rodrigo, entonces, ofreció sus servicios al rey taifa de Zaragoza, al-Muqtadir, quien gravemente enfermo, fue sucedido aquel 1081 por al-Mutamín, como comandante de sus tropas. Durante este tiempo acrecentó aún más su prestigio militar con sus intervenciones militares en las diversas reyertas entre los reinos de taifas, intentando no intervenir en las disputas que estos tenían con sus hermanos de sangre. Fue entonces cuando comenzó a ser llamado entre los moros Sidi, que en árabe peninsular venía a significar Mi Señor, transmitido al romance castellano como Mio Cid, apelativo bajo el cual será reconocido universalmente.


La hueste del Cid reforzó las plazas fuertes de Monzón y Tamarite, y derrotó a la coalición formada por al-Mundir de Lérida y Berenguer Ramón II; con el apoyo del grueso del ejército taifal de Zaragoza, en la batalla de Almenar en 1082, donde fue hecho prisionero el conde Ramón Berenguer II.

Dos años más tarde, en 1084, el Cid desempeñaba una misión en el sureste de la taifa zaragozana, atacando Morella, posiblemente con la intención de que Zaragoza obtuviera una salida al mar. Al-Mundir, señor de Lérida, Tortosa y Denia, vio en peligro sus tierras y recurrió esta vez a Sancho Ramírez de Aragón. El Cid se encontraba reconstruyendo una fortaleza llamada Hisn al-Uqab (castillo del águila) o castillo de Olocau, cuando se presentaron los enemigos. El enfrentamiento tuvo lugar el 14 de agosto de 1084 y es conocido como la batalla de Morella o de Olocau. De nuevo el castellano se alzó con la victoria, capturando una gran cantidad de prisioneros, entre los que figuraban importantes nobles de Aragón, Pamplona, Portugal, Castilla y Galicia. Muchos caballeros cristianos, posiblemente buscando fortuna tras ser desterrados. Entre ellos estaba el obispo de Roda Ramón Dalmacio o el tenente del condado de Navarra Sancho Sánchez a quienes seguramente liberaría tras cobrar su rescate.

En 1085 murió Al-Mutamin, rey de Zaragoza y gran amigo del Cid; le sucedió su hijo Al-Mustain, con quien Rodrigo no congeniaba demasiado.
 

lunes, 18 de abril de 2022

La Reconquista: Las campañas de Almanzor


Muhammad ibn Abi Amir conocido como al-Mansur o Almanzor (el Victorioso) era de origen yemení nació en Torrox y de joven marchó a Córdoba.

A finales de febrero del 967, Almanzor se convirtió en intendente del príncipe Abderramán, hijo y heredero del califa Alhakén II y de su favorita, la vascona Subh (Aurora), con la cual estableció una relación privilegiada sumamente beneficiosa para su carrera. A pesar de que su cometido era probablemente secundario, su responsabilidad de gestor de los bienes del heredero al trono califal y los de su madre le otorgaba una gran cercanía a la familia reinante. Rápidamente, comenzó a acumular importantes cargos. Siete meses después de su primer nombramiento y gracias a la intercesión de la favorita real, se convirtió en director de la Ceca (Casa de la Moneda) y, en diciembre del 968, fue nombrado tesorero de las herencias vacantes.

Al año siguiente, fue promovido a cadí (gobernador) de de Sevilla y de Niebla uno de los más importantes del Estado, y en el 970, a la muerte del príncipe Abderramán, pasó a ser el administrador de Hisahn el joven heredero. Por esta época contrajo matrimonio con la hermana del jefe de la guardia califal y cliente del nuevo heredero al trono. Comenzó a enriquecerse, se hizo construir una residencia en al-Rusafa, cerca del antiguo palacio de Abderramán I, y empezó a realizar suntuosos regalos al harén califal y se le acusó de malversación tras ser destituido de su cargo como responsable de la Ceca en marzo del 972. Ayudado financieramente para cubrir el supuesto desfalco, obtuvo el mando de la shurta (policía) y mantuvo el resto de cargos, incluido el de administrador del heredero y de las herencias vacantes.

En el 973, se le encargaron los aspectos logísticos, administrativos y diplomáticos de la campaña califal contra los idrisíes en el Magreb, con el puesto oficial de gran cadí de las posesiones omeyas en el Magreb. La importancia de la flota en la campaña y su dependencia de Sevilla, de donde Almanzor era cadí y por tanto responsable de sus instalaciones, y la confianza del propio califa y de su chambelán le facilitaron obtener esta responsabilidad. El encargo traía consigo autoridad sobre civiles y militares y, en la práctica, la supervisión de la campaña. Entre sus tareas se encontraba la fundamental de obtener el sometimiento de los notables de la región mediante la entrega de regalos formales que indicaban la lealtad de estos al califa y que, junto con las victorias militares, minaron la posición del enemigo.

Conseguida la victoria contra los idrisíes, regresó enfermo a la corte cordobesa en septiembre del 974 con la intención de recuperarse y retomar sus funciones. Nunca volvió al norte de África. Su experiencia como supervisor de las tropas enroladas para la campaña magrebí le brindó la oportunidad de apreciar la posible utilidad política de estas si lograba su control. Le permitió asimismo establecer relaciones con los jefes tribales de la zona y con su futuro y poderoso suegro, el general eslavo Galib ibn Abd-al-Rahman, quien había dirigido los aspectos militares de la operación.

Su habilidad para gestionar los aspectos organizativos y económicos de la campaña, fue ampliamente reconocida y premiada meses antes con su nombramiento nuevamente como jefe de la Ceca califal, supuso el comienzo de su éxito político. En los últimos meses de enfermedad de Alhakén, este le nombró inspector de las tropas profesionales; en las que se habían incluido el grueso de los bereberes traídos del Magreb por el califa para tratar de formar una fuerza leal a su persona que garantizase el acceso al trono de su joven hijo.

En 976 muere el califa Alhaken II, empezando la habitual lucha de poder entre los posibles sucesores. Uno de los hijos de Alhaken, Hixem II, de solo once años de edad, será el elegido para suceder en el Califato, gracias a la alianza de su madre (de origen vascon) Aurora, con el visir Yafar al-Mushafi y el propio Almanzor, por entonces administrador de los bienes de Hixem. Serán los mercenarios de Almanzor los que ejecuten al rival de Hixem, el hermano del Califa muerto, Al Mugirá. Seis días después de su investidura, el 8 de octubre de 976, Hisham nombró hayib (chambelán o primer ministro) a al-Mushafi y visir y delegado del hayib a Almanzor, que tenía entonces 36 años. El poder había quedado en realidad en manos de un triunvirato formado por el visir al-Mushafi, el visir Almanzor y el general Galib ibn Abd-al-Rahman.

Almanzor buscó nuevos aliados para su asalto al poder, casándose el 977 con la hija del poderoso general Galib, el gobernador de la marca Media y jefe del poderoso ejército califal allí estacionado.

Primeras campañas contra los cristianos

La estrategia musulmana ante el avance cristiano se había basado durante el reinado de Alhakén II en la cesión pactada de tierras a cambio de que disminuyeran los ataques. Almanzor sabía de la superioridad militar de su ejército y no estaba dispuesto a pactar con los emergentes reinos cristianos. Así, emprendió una profunda reestructuración de sus tropas con el propósito de acabar con la organización tribal del califato y las llenó de soldados procedentes del norte de África.

Cuando sus fuerzas estuvieron preparadas, en 977, Almanzor lanzó una campaña, de casi dos meses de duración, le llevó a saquear los arrabales de los salmantinos Baños de Ledesma, donde capturó a 2.000 cristianos que trasladó a Córdoba a modo de botín. En el otoño realizó otra, atacando Salamanca.

A finales de 977, destituyó y encarceló a al-Mushafi y se proclama hayib o visir, trasladando la administración (y al propio joven Califa) a su residencia personal Madina al-Zahira (Medina Azhara) que significa “Ciudad Resplandeciente”.

En el verano de 978 dirigió una nueva aceifa, esta vez en el noreste, contra Pamplona y Barcelona, de más de dos meses de duración. En el otoño realizó una nueva incursión, esta vez hacia Ledesma, de poco más de un mes de duración.

En el 981, Hixem II delega sus poderes en su hayib o valido, comenzando la época expansiva del Califato Omeya.

Hasta ese momento Almanzor y Galib habían dirigido un total de 10 aceifas por territorio cristiano. El objetivo de las primeras aceifas de Almanazor, aparte de atraerse al ejército, era el de destruir la línea defensiva del Duero, para lo cual arrasó Ledesma, Atienza y Zamora, entre otras poblaciones. La guerra de entonces era cruel, no había prisioneros, solo pasados por las armas o esclavizados, de los cuales solo en Zamora se llevó 10.000 esclavos.

Guerra con Galib

El desmesurado poder alcanzado por Alamanzor le enfrenta a su suegro, el general eslavo Galib.

En el 980 Almanzor llegó con sus fuerzas a Atienza para participar en una aceifa, el general Galib, jefe de la marca, le convidó a una celebración en la fortaleza. Durante la fiesta el general comenzó a criticar duramente a su yerno y acabó por atacarlo y herirlo en la mano y en la sien. Solo la interposición del cadí local le salvó la vida. Algunas fuentes cuentan que Almanzor debió saltar por una ventana de la torre, salvando la vida el que sus ropas se enredaran en el alero del tejado. De todas formas, Almanzor logró huir a duras penas, reunir sus fuerzas y asaltar Medinaceli, donde Galib guardaba sus riquezas, que repartió entre sus hombres. La ruptura entre los dos personajes acortó la campaña prevista contra los castellanos. Galib se vio obligado a pasar a territorio cristiano, no sin antes asesinar al cadí que había estorbado el ataque contra su yerno.

En octubre, Almanzor partió en una nueva campaña, probablemente contra alguna fortaleza partidaria de su rival. Otras dos campañas, realizadas a comienzos del 981, precedieron a la batalla definitiva, una en febrero y otra en marzo. La primera duró casi un mes y la segunda, doce días; en ambas las fuerzas de Almanzor resultaron vencidas. A estas derrotas, Almanzor respondió con una nueva campaña fronteriza, que asoló estos territorios durante dos meses en la primavera del 981 antes de acampar cerca de la fortaleza de San Vicente (actual Torrevicente).

Batalla de Torrevicente o de San Vicente (981)

Los dos bandos se enfrentaron en las cercanías de Torrevicente el 9 y 10 de julio de 981. Almanzor había acudido con su ejército de la capital, tropas bereberes y con algunas fuerzas fronterizas. Con sus tropas avanzó sobre Medinaceli, moviéndose impunemente por la región; tratando de provocar a Galib para que lo atacase, sin embargo, este se movió a la fortaleza de Atienza para reunir a sus seguidores. El ejército de Galib los componían las tropas fronterizas y los eslavos, y sus aliados eran las tropas castellanas del conde García Fernández y las pamplonesas de Ramiro Sánchez, hijo de Sancho II Abarca. Almanzor se dirigió al encuentro del general Galib, llegando a las proximidades de Atienza el 7 de julio, tomando posiciones en un llano junto al castillo de San Vicente (Torrevicente).

Galib decidió desplegar sus fuerzas, lo que motivó a Almanzor a hacer lo mismo. Se situó él mismo en el centro, el visir Abu Yafar ibn Ali con los bereberes en el ala derecha, y Abu-l-Ahwas Man Ibn Abd al-Aziz al-Tuybi y Hasan ibn Ahmad ibn Abd al-Wadud con las tropas de la frontera en la izquierda. Antes de la batalla pasaron dos jornadas en que ambas fuerzas hicieron alardes sin iniciar el combate.

El choque fue al comienzo favorable a las fuerzas de Galib, que desbarató los flancos de la hueste de su enemigo. Vestido con cota de malla, a lomos de su caballo y con un alto casco dorado decorado por dos bandas rojas que lo hacían perfectamente distinguible, dirigió una feroz carga que destrozó a los bereberes del flanco derecho enemigo. Sin perder tiempo, encabezó otra carga contra los soldados fronterizos del otro flanco a los que consideraba traidores, poniéndolos en fuga y dejando solamente al centro en pie.

Entonces, cuando parecía que la victoria estaba al alcance de la mano, Galib se apartó de sus tropas y se internó en una hondonada, al parecer para defecar, a donde más tarde acudieron a buscarle, encontrándole muerto junto a su caballo, tenía cerca de 80 años. Como Almanzor no creyó al principio la noticia, le llevaron la mano con el anillo y luego la cabeza de su suegro. La muerte de Galib desbarató sus fuerzas; muchas de las musulmanas se pasaron a Almanzor y los aliados cristianos de Galib tuvieron que huir del campo de batalla para intentar salvarse. Como consecuencia de la muerte del general, sus partidarios cesaron su oposición a Almanzor y entregaron las plazas que, como Atienza o Calatayud, que habían controlado hasta entonces.

A su vuelta a Cordoba arrojó la cabeza de Galib a los pies de su hija (y esposa de Almanzor) que dijo “Hágase la voluntad de Alá”.

Almanzor recibió el laqab (apodo) por el que se conoce, al-Mansur (Almanzor), “el Victorioso”. El vencedor presentó a su difunto suegro como enemigo del califato por su alianza con castellanos y navarros, motivo probable de la crucifixión de su cadáver, que era castigo habitual de traidores y rebeldes, y se presentó a sí mismo como campeón del califato y del Islam.

Campaña contra Simancas (983)

Almanzor fue famoso por sus aceifas o razias, de las que realizó unas 52 entre 983 y 1.001, sin que nunca fuese vencido. Una aceifa era una campaña de unos 40 días, generalmente en primavera o verano, con el fin de tomar botín, esclavos y destruir las fortificaciones cristianas.

En el 983 derrota otra coalición cristiana en Simancas, persiguiendo a los vencidos que intentan protegerse en el castillo de la ciudad. Los hábiles bereberes consiguen entrar junto a los huidos, manteniendo la puerta abierta para que pase la caballería. Los defensores se rindieron y fueron pasados a cuchillo.

La campaña comenzó el 5 de mayo del 885 y siguió un itinerario que pasaba por Elvira, Baza, Lorca y Murcia, lugar donde Almanzor se detuvo 23 días. Allí fue acogido por Aḥmad ben Duhaym ben Jattab, gobernador de la cora de Tudmir, quien agasajó sin límites a Almanzor al juzgar por las fuentes árabes.

Continuó hacia Barcelona. Poco antes de comenzar su asedió derrotó a las tropas del conde Borrell II en las cercanías del castillo de Montcada y, a continuación, el 1 de julio comenzó el asedio de Barcelona. Fue conquistada el 6 de julio del 985, aunque el conde logró escapar por mar y se refugió en las montañas de Manresa. Fueron hechos prisioneros importantes nobles como el vizconde Udalardo I de Barcelona y el arcediano Arnulfo, futuro obispo de Osona.

La guarnición fue arrasada y sus habitantes pasados a cuchillo o esclavizados (excepto los capaces de pagar un fuerte rescate). Al Mansur permanecerá durante meses en la ciudad que fue destruida, así como otros enclaves cercanos, entre ellos los monasterios de San Cugat del Vallés y San Pedro de las Puellas. Finalmente Almanzor abandonó la ciudad y dejó una guarnición en ella.

Sin embargo, entre dos y seis años después, Borrell logró rehacerse y se deshizo de la guarnición musulmana que Almanzor había dejado en la capital del condado.

Campaña contra Santiago de Compostela (997)

Almanzor partió de Córdoba el 3 de julio del año 997 con su caballería, que hizo el camino por Coria, Visco y Oporto, donde recibió a las tropas de infantería que habían viajado por mar y que estaban ya en Galicia, donde recibió el apoyo de varios nobles locales opuestos a Bermudo. Continuaron la marcha hasta el río Miño, destruyendo Tuy, el día 10 de agosto llegó a la ciudad de Santiago, que había sido abandonada por sus habitantes. La ciudad fue saqueada inmediatamente por los invasores, que destruyeron sus monumentos, murallas e iglesias, excepto la tumba del Apóstol, en la que Almanzor puso guardias para protegerla.

Después, se acercó hasta las costas del océano más al Norte, para dirigirse después de vuelta pasando por tierras del Bierzo y saqueando todo cuanto encontraba a su paso. El botín fue cuantioso y su entrada en la capital del Califato triunfal, incluso -según algún cronista cristiano- obligando a los cautivos a portar a hombros hasta allí las campanas de la iglesia de Santiago.

Campañas contra la ciudad de León (983, 986 y 994)

En el 983 Almanzor tomó Simancas y se dedicó a arrasar las tierras del río Duero alrededor de la villa fortificada de Roa. En esos momentos llegaron las huestes del rey navarro Sancho Garcés II y el conde García Fernández, a las que se sumaron las  del rey leonés, el joven Ramiro III, y decidieron no encerrarse en la plaza sino que presentar batalla campal. Las crónicas dicen  muy poco sobre el combate, pero se sabe que el ejército musulmán era muy superior en número y al parecer simplemente desbordó a los cristianos, que se dieron a la fuga.

Tras la victoria Almanzor avanzó contra León, capital del reino, pero Ramiro III salió a su encuentro. El rey cristiano rechazó el primer ataque de los soldados musulmanes, pero cambiaron las tornas y al final huyeron de vuelta a la capital del reino. Los musulmanes llegaron a las puertas de la ciudad, sin embargo, una tormenta invernal los obligó a volver a Córdoba, despues de saquear los arrabales de la ciudad.

En  el 986 el  atacó a las ciudades de Zamora, Salamanca y León, denominándose la campaña de las tres ciudades. Muchos nobles enemigos de Bermudo y ex-partidarios de Ramiro III se pasaron al bando de Almanzor, lo que le facilitó las cosas. Realizó un rápido ataque sobre Zamora, que tuvo que capitular. Al entrar en la población y descubrir que los nobles que la defendían habían huido, Almanzor se enfureció y ordenó saquear y destruir la ciudad. En pocos días cayeron Zamora, Salamanca, Alba de Tormes y León.

En el 994, el caudillo cordobés volvió a centrar sus miras en las ciudades de Astorga y León. Antes de iniciarse las hostilidades, Bermudo II expulsó del reino a los condes traidores a su causa, quienes se pasaron al bando musulmán sin dudarlo un momento. Bermudo II y sus súbditos, sabiendo que no podían ofrecer una buena resistencia, abandonaron la capital, llevándose a Oviedo las principales reliquias de santos, y los cuerpos de los reyes anteriores.

Dejaron para su defensa a los nobles hermanos gallegos Rodrigo y Guillén González, que ofrecieron una gran resistencia, consiguiendo repelerlos en varias ocasiones, pero finalmente la ciudad cayó y Almanzor arrasó la ciudad, y posteriormente hizo lo propio con Astorga, Coyanza (Valencia de Don Juan), y Sahagún. Intentó pasar al Bierzo y a Asturias, pero le detuvieron los castillos de las montañas (Luna, Gordón…). Según las crónicas, en León solamente dejó una torre en pie para que las generaciones venideras pudieran contemplar la anterior grandiosidad de la capital. Después de este desastre, Bermudo II ya nunca regresó a León.

Campaña contra la ciudad de Burgos  (1000)

En el año 1000, se dirigió contra la ciudad de Burgos. Sancho García reunió sus fuerzas y recibió contingentes de otros nobles cristianos, como el rey de Pamplona, el de León o el conde de Saldaña, reuniéndose una nutrida tropa de leoneses, castellanos, navarros y vascos.

Las fuerzas cristianas salieron a su encuentro y le esperaron acampados en una sólida posición defensiva en lo alto  de un peñón que controlaba el paso de numerosos caminos. Era un lugar llamado Yarbayra  o Peña Cervera, al sur de Silos, entre estos altos y la localidad de Espinosa de Cervera.

El 29 de julio ambos ejércitos establecieron contacto y se prepararon para combatir al amanecer del día siguiente. A la mañana del día 30, mientras aún los cordobeses no habían decidido un plan de acción, el conde castellano lanzó un ataque inesperado descendiendo por las laderas de la peña contra los flancos del ejército cordobés.

Los cristianos presionaron con su caballería ambos flancos de los musulmanes que apenas se sostenían, sorprendidos por el embate enemigo. Justo en el momento en que su flanco derecho estaba a punto de desbaratarse por completo, Almanzor envió a su hijo favorito, Abd al-Malik al-Muzaffar, para sostenerlo, mientras que su otro hijo, Abderramán Sanchuelo, acudía a auxiliar otro punto de la línea de batalla. Estos refuerzos equilibraron el combate, que se intensificó. Uno de los jefes bereberes que acompañaban a al-Muzaffar dio muerte a uno de los condes, Banu Gómez. Entonces, Almanzor realizó la martingala que le valió la victoria en el reñido enfrentamiento: ordenó trasladar campamento desde la hondonada donde se hallaba a un cerro cercano. El conde castellano creyó que las fuerzas que aparecían en el alto eran nuevos refuerzos que acudían a la batalla y ordenó la retirada, que se convirtió en una desbandada. La caballería islámica se encargó de perseguir al enemigo. Almanzor logró capturar el campamento enemigo.

Tras la victoria, las tropas de Almanzor persiguieron a los huidos en un radio de 15 km. Posteriormente, no siguieron a Burgos como estaba planeado, sino que se dirigieron hacia Zaragoza, pasando seguramente por La Rioja y, a continuación, saquearon el reino de Pamplona.

Campaña contra La Rioja (1002)

Almanzor ordenó que se sumara a su hueste un considerable contingente de tropas norteafricanas con las que se encontró, según lo acordado, en Toledo. Desde allí partieron hacia la ribera del Duero, en cuyas proximidades causó estragos y cuyas tierras devastó.

Solamente se sabe que el ejército musulmán llegó hasta Canales, unos 50 km al sudoeste de Nájera, y que alcanzó el monasterio de San Millán de la Cogolla, que fue saqueado. Al regreso de esta campaña, se sintió enfermo y tuvo que ser transportado en una litera, replegando rápidamente su ejército, es posible que durante su retirada su retaguardia fuese acosada por fuerzas cristianas, dando lugar a la supuesta batalla de Calatañazor (Soria). En muy mal estado llegó a Medinaceli. Allí los médicos no pudieron hacer nada por su vida, muriendo el 11 de agosto de 1002.

Reinos taifas

A su muerte, las distintas facciones o taifas (ta’i-fah, significa tribu) se hicieronn con el poder progresivamente en sus gobiernos locales, al tiempo que apoyan a los efímeros pretendientes a califa, manejándoles según sus intereses y como aval de prestigio del poder al que aspiran. En este periodo se consolidan unos treinta poderes locales, al frente de los cuales, los caudillos regionales usan títulos honoríficos de laqb usados por los califas y el chambelán Almanzor, pero sin proclamarse estos reyezuelos  califas personalmente. Las intrigas por la cabeza del califato en el que se enfrentaron los bereberes y árabes, se desarrollaban fundamentalmente en Córdoba; pero desde la capital se perdió todo control sobre el resto de del territorio que aprovecharon los incipientes reyezuelos taifas para gobernar con independencia, acuñando moneda y creando una administración independiente. Hasta el 1031 que desapareció el último califa.

Con la desaparición formal de la figura del califa, los reyes taifas procuran imitar los modos califales a escala local. Se dedicaron a construir palacios regios, nombrar visires, rodearse de una corte monárquica y procurar atraer intelectuales y poetas que cantasen sus glorias, valiéndose del cultivo del género literario del panegírico, tan importante para la cultura islámica.

La lucha por la supervivencia de los pequeños reinos y por la expansión de los más pujantes, generaron importantes gastos en recursos militares, que consistían fundamentalmente en tropas mercenarias. Esto, unido a las parias o impuestos pagados a los reinos cristianos, bien para aliarse con ellos contra otro enemigo, bien para comprar la paz, fue debilitando la pujanza del Al-Ándalus. Las taifas mayores fueron dominando y absorbiendo a las pequeñas, al final se consolidaron  las taifas de Badajoz, Toledo, Zaragoza, Castilla, Sevilla y Granada.  En el Mediterráneo destacaron la taifa de Denia y la taifa de Baleares, que armó una importante flota bélica.

Las guerras entre los reinos taifas hizo que buscasen protección y ayuda en los reinos cristianos, pagando una cantidad de dinero anual o  parias por su protección.