El
rey Fernando III “el Santo” acompañado de huestes templarías conquista
Sevilla en 1248. Los Templarios tuvieron una destacada participación en
su conquista y permanecieron en Sevilla más de seis décadas, como
consecuencia de sus valerosas acciones en la toma de la ciudad Fernando
III concede a la Orden del Temple importantes posesiones en la ciudad
así como un espacio con jurisdicción propia o casa compás.
En
Sevilla, las posesiones que otorga el rey Fernando III están en lugares
destacados de la ciudad como la zona de la Pajarería, hoy calle
Zaragoza, y la extensión entre el límite de la Huerta de San Francisco y
el Convento-Cuartel de la Orden Templaría, así la laguna de la
Pajarería, el convento, la Huerta de San Francisco, la zona de caseríos o
los accesos a la antigua muralla eran zonas de influencia templaría.
En
esta leyenda veremos cómo se repite el milagro de la “virgínea
lactancia” de san Bernardo de Claraval, protector del Temple, en el
caballero templario sevillano frey Isidoro de Hispalensis.
Leyenda de la “virgínea lactancia” de un templario casto
Se
cuenta que hubo un “Maestro” de los “venerables frailes del Templo”,
que unos dicen ser el llamado Isidoro de León, luego conocido como
Isidoro Hispalensis, y otros simplemente el “Maestro”, entregado a su fe
y su religión, el cual tenía admirados a todos por la pureza de su
conducta. Por lo que iban muchos a consultarle lo más peregrinos
asuntos, tanto de este mundo como del otro.
Ocurrió
al cabo que enfermó el buen hombre de una afección en los riñones. Los
galenos que lo fueron a tratar declararon que aquel mal solamente tenía
una cura. Ello era que el casto varón anduviese en tratos carnales con
una mujer, pues dicha actividad haría que el cuerpo expulsase de sí los
malos humores que ahora retenía y una vez sano podría retornar a la
castidad, si ese era su gusto.
Dio
entonces el Maestre del Templo muestras de gran entereza y aun de
santidad, pues rechazó tal medicina, que desde luego no había de ser tan
amarga como es habitual entre las que recetan los doctores. Y aun
declaró, que prefería morir si tal era la voluntad de Dios, antes que
faltar al voto de castidad hecho al ingresar en la “compañía de los
venerables frailes templarios”.
Lo
bueno del caso es que la Regla de la Orden del Temple, prohibía usar
los servicios de una mujer, excepto por una enfermedad del cuerpo, claro
está que con el permiso de aquél que pueda dárselo… De donde se deduce
que esta leyenda puede tener una base real, según los usos médicos de la
época… La cosa es, que, tomada esta decisión, frey Isidoro se encomendó
a la Virgen Negra de Atocha, patrona de la encomienda sevillana, de la
que era “acérrimo”, y esperó su pronto final. Pero la Virgen, pagando
tan honda fe y sacrificio, se le apareció para su remedio. Arrodillada
junto a la cama sacó del vestido su divino pecho, le puso unas gotas de
leche en los labios y al momento se levantó sano el templario ante la
sorpresa de todos, que daban loores a la Virgen Madre pues tanta
misericordia hacia con él.
Cuando
sus años fueron cumplidos y su alma voló al paraíso, el pueblo sencillo
lo tuvo por santo. Visitaban muchos su sepulcro, del que extraían
raeduras de la piedra pues decían que disueltas en agua bendita servían
para curar muchos males, entre otros y principalmente el de riñones, sin
olvidar luego los venéreos. Ya que al parecer Dios había querido que,
después de muerto, tuviese el don de sanar el mal que estuvo a punto de
llevarle a la tumba, antes de tiempo, por negarse a pecar….