miércoles, 26 de mayo de 2021

Alfonso I El Batallador y el Temple.

 


Esos misterios que encumbró el romanticismo europeo en los siglos XVIII y XIX, y que siguen llenando páginas y páginas de novelas de ficción, fueron en sus orígenes batallas libradas en nombre de la fe cristiana. Nada más y nada menos. Esos caballeros que tiempo después serían cubiertos de enigmas esotéricos fueron hombres que juraron morir defendiendo el reino de los cielos y a sus peregrinos. Cuando no existía lo primero, los misterios y las leyendas, cuando solo importaba lo segundo, la fe y las batallas en su nombre, los templarios se asentaron en Tierra Santa.

Desde aquel remoto lugar, tan lejano en la Edad Media, consiguieron penetrar en toda Europa. Y llegaron a la Península Ibérica, donde libraron esas mismas batallas, y también otras nuevas, al amparo de uno de los reinos más importantes de nuestra historia: el Reino de Aragón.

La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón se fundó oficialmente en algún punto entre los años 1118 y 1119. El espíritu bajo la que nació se remonta atrás en el tiempo, a los primeros combatientes de la Primera Cruzada por la fe cristiana. Nueve caballeros que, siguiendo esos ideales de finales del siglo XI y liderados por el francés Hugo de Payens, concluyeron que nunca sería suficiente con desplazarse a Tierra Santa. Debían establecerse, aprender a vivir, en el lugar que deseaban proteger. Con ese objetivo, y con el beneplácito del rey de Jerusalén, Balduino I, se quedaron en la ciudad más sagrada. Lo hicieron, de hecho, en la misma mezquita real, asentada sobre lo que antaño fue el Templo de Salomón. De esta manera quedó fundada, asentada y nombrada esta orden. La Orden del Temple.

La orden de los templarios estaba formada por caballeros que fueron configurando, poco a poco, un modo de vida que despertaba asombro y admiración. Con el tiempo también se desataría en torno a ellos un halo de secretismo, por lo fascinante de su existencia, que ya nunca los abandonaría. Pero esto fue después. En su origen, con un propósito definido compartido por el mundo occidental, su fama creció y creció hasta que su nombre llegó a todos los rincones de Europa como los defensores de la cristiandad. Estos templarios fueron tomados por el pueblo como hombres sacrificados, valientes y comprometidos con aquellos viajeros que sólo querían profesar su fe. Casi unos salvadores, desde luego unos protectores, siempre unos caballeros. Monjes guerreros con potestad para librar guerras en su nombre.

Europa se volcó en su devoción con ellos, haciendo grande la leyenda desde su mismo nacimiento. Los templarios desataron en sus iguales europeos un profundo sentimiento de fervor y agradecimiento. Estaban agradecidos con ellos por su labor en Tierra Santa. Se sentían no solo protegidos: también representados. Sabían que había alguien ahí fuera, en las tierras sagradas que sentían suyas sin conocerlas, defendiendo sus creencias. Viviendo en concordancia con esas creencias.

Los misterios llegarían más tarde. En aquellos primeros años, no había otra cosa que gratitud. Así se enriquecieron. Desde su origen, estos caballeros abnegados recibieron donaciones procedentes de todos los lugares del continente. Y poco a poco, empezaron a vivir también en estos rincones.

El rey batallador del Reino de Aragón

El mismo año en que se fundó la Orden de Temple, en 1118, Alfonso I conquistó Zaragoza para el mundo cristiano de la Península Ibérica. La lucha de unos y otros era la misma, separada por un continente pero unida por una profunda religiosidad. Por unos mismos ideales que eran el motor del soberano del Reino de Aragón, que llegó hasta la corona tras una serie de trágicos fallecimientos. Alfonso I, conocido como El Batallador, gobernó en Aragón, sin haber nacido para ese fin, desde 1104 hasta 1134, año en que murió.

Conquistó para su reino kilómetros y kilómetros de tierra, plantando cara a los musulmanes sin descanso. Recordando, quizá, las palabras que la Iglesia le dedicó a su hermano y predecesor, Pedro I de Aragón. La guerra santa también debía librarse lejos de los lugares sagrados. De haber estado en su mano, Alfonso I hubiera zarpado rumbo a Jerusalén, para conquistarla él mismo, para defenderla con su sangre, para gloria de ese reino que tanto amaba. Pero permaneció en la península, viviendo y muriendo por su propia guerra santa. Movido por esa profunda fe de la que siempre dio buena cuenta, y también por un fuerte carácter expansionista que le llevó, además, a viajar mucho. Alfonso I era batallador y muy viajero, cuentan las crónicas.

El primer templario que llegó a la Península Ibérica lo hizo bajo el reinado de Alfonso I. Este rey, que se había criado entre caballeros franceses, que había madurado al lado de los combatientes de las primeras cruzadas, los acogió con entusiasmo. Alfonso I era consciente de lo que podía suponer que estos monjes guerreros se asentaran en sus tierras, pero además gustaba de rodearse de su compañía. Era un templario más, al menos en espíritu. En la práctica, nunca abandonó la corona, pero fue eso lo que permitió, precisamente, que la Orden del Temple se hiciera un camino en nuestra península, hasta convertirse en la orden religiosa más importante de la historia del Reino de Aragón.

El testamento imposible

Su importancia en Aragón puede verse a lo largo de los dos siglos que permanecieron en activo, pero encontramos un ejemplo de gran valor apenas un año después de su llegada. En 1131, en ese escenario de lucha por la cristiandad en el que era habitual legar las posesiones a estas órdenes religiosas, Alfonso I lo dispuso así en su testamento. Estableció que su Reino, por el que tanto había batallado, quedaría dividido entre las tres grandes órdenes religiosas de la época: la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén, los Hospitalarios y la Orden del Temple. Apenas se habían cumplido dos años desde que la Iglesia había ratificado la oficialidad de los templarios, pero su fama y su valor tenían ya dos décadas de vida. Alfonso I los valoraba, también lo hacía el pueblo.

Pero su testamento era irrealizable. No lo permitía la ley, ni tampoco iban a permitirlo los nobles, que encontraron en la ausencia de descendencia de Alfonso I una oportunidad. Días antes de fallecer, tras sucumbir a las heridas que le había dejado la dura derrota en Fraga en el 1134, revisó este testamento. No cambió nada. Alfonso I tuvo claro que supliría la falta de descendencia con la fe. Había luchado durante toda su vida por recuperar para la cristiandad lo que consideraba suyo, y deseaba que, en su ausencia, aquellos que seguirían luchando, sus caballeros, tuvieran los medios necesarios para ello. Legó su reino y legó a la Orden del Temple que tanto admiró en vida, con quien tantos ideales compartió, su caballo y sus armas. Cuán significativo es esto.

Alfonso I murió con este deseo, y dejó a los templarios la seguridad de que tenían el reino en sus manos para disponerlo como quisieran. Tal vez no llegaron a reinar, pero ya no se marcharían... pero la historia les tendria un destino cruel y glorioso, digno de un Rey que confio en ellos.

Los Templarios y el Sufismo

 


En el marco de sus disputas con otros cristianos, los templarios fueron a menudo, acusados de traidores por sus cordiales relaciones con los musulmanes. Es verdad, la Orden no sólo contrató mercenarios árabes, los “turcoples”, sino también siervos para cultivar sus tierras, artesanos para sus iglesias y fortalezas y , sobre todo, grupos de intelectuales y estudiosos islámicos, cuyas comunidades protegieron en tierras ibéricas. Fue especialmente intensa su relación con los místicos sufíes, cuya espiritualidad era del agrado del Temple. Los caballeros llegaron incluso a mantener disputas dialécticas periódicas y orgánicas con estos místicos, en cuyo marco pudieron entrar fácilmente en la heterodoxia, dada la rígida ortodoxia totalitaria que promovía la Cristiandad. Existieron varios ribbats (monasterios sufíes), que disfrutaron de la protección del Temple .
La Orden del Temple es, en su origen, genuinamente francesa. Fue una orden de monjes guerreros con un componente iniciático en su círculo más hermético, nacido del sincretismo del sufismo, religión esenia, gnosticismo, alquimia, kábala judía y runología nórdica. A medida que fueron adentrándose en este esoterismo, su jerarquía iniciática se fue alejando de la ortodoxia católica.
La ermita de San Bartolomé se encuentra en un punto equidistante entre los dos puntos geográficos más extremos del norte español, Creus y Finisterre. Sus canecillos, óculos pentaculares invertidos y capiteles acogen un simbolismo iniciático muy importante.
En su interior he hallado un grabado similar a uno de los “graffitis” realizados por los altos cargos templarios que, apresados, estuvieron encarcelados en la torre del homenaje del castillo francés de Chinon e interrogados en agosto de 1308 por tres cardenales, delegados del Papa. Un año después les condenaría un parlamento reunido en Tours. Los “grafittis” han sido objeto de numerosas interpretaciones e incluso el alquimista Eugène Canseliet, discípulo del misterioso Fulcanelli, ha tratado de descubrir su enigma.
La fábrica de este templo es protogótica en diversos elementos (como la bóveda y la portada) aunque fundamentalmente su planta y alzado son todavía románicos. Fue levantado en el primer cuarto o tercio del siglo XIII. En sus dos hastiales del eje norte-sur se encuentran sendos óculos abocinados de tres arquivoltas circulares concéntricas. La más exterior está decorada con 66 estrellas de seis puntas de diamante intercaladas con otras tantas bolas. En el centro de este rosetón románico se encuentra una enigmática celosía calada, de tracería musulmana; tracería en la que confluyen entrelazados diez corazones (5 pequeños y 5 largos) con una pentalfa y el consiguiente pentágono central.
Es obvio que la presencia de 10 corazones en el centro del rosetón remarca numéricamente la importancia simbólica del corazón. Y dado que el origen de estas celosías son musulmanas y provienen, geográficamente hablando, de Al-Andalus y del arte islámico, nada mejor que acudir a un destacado musulmán, contemporáneo del momento en que se alzó esta iglesia, para acercarnos lo mejor posible al simbolismo posible que nos quisieron transmitir los templarios con estos dos rosetones gemelos.
La mejor referencia es, sin duda, el más importante de los sufíes medievales, Ibn al Arabi, nacido en Murcia en 1165 y fallecido en el año 1240.
El corazón como en el sufismo en general, es el órgano mediante el cual se produce el verdadero conocimiento, la intuición comprehensiva, la gnosis (’ma’ riga’) de Allah y de los misterios divinos, en resumen, el órgano de todo lo que puede abarcarse con la denominación de ciencia de lo esotérico.  Resumiendo, esta ‘fisiología mística’ opera sobre un ‘cuerpo sutil’ compuesto de órganos corporales. El corazón es para el sufismo uno de los centros de la fisiología mística. Podríamos hablar igualmente de su función ‘teándrica’.
Otro gran maestro sufí, Jili, señala que el corazón “es como la luz eterna y la conciencia sublime revelada en la quintaesencia de los seres creados, a fin de que Dios pueda contemplar al Hombre por este medio; es el Trono de Allah y su templo en el hombre….” Asimismo el Corán dice que el corazón del creyente se encuentra entre los dedos del Misericordioso y un haddit pone en boca de Alah esta frase: “el cielo y la tierra no me contienen, pero estoy contenido en el corazón de mi servidor”.
La etimología de la palabra “corazón” proviene de la raíz indoeuropea KRD, que significa corazón, pero también, centro, medio, lo que explica su simbolismo tradicional. Así, en el Nuevo Testamento leemos que el Reino de Dios se encuentra en el corazón, mientras que san Clemente de Alejandría decía que Dios es el “corazón del mundo” (Allah es denominado “corazón de corazones y espíritu de espíritus”). Angelus Silesius afirmaba en el siglo XVII que el corazón es el templo y el altar de dios, y que puede contener a Allah enteramente, coincidiendo así con el haddit señalado anteriormente.
René Guénon, en su obra Símbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada, resume el simbolismo tradicional del corazón indicando que representa el centro del ser integral, a la par que nos recuerda que cada centro espiritual ha sido designado como “Corazón del Mundo”.
Pero aún hay otro simbolismo vinculado crípticamente al corazón puesto que éste era representado en Egipto por un vaso o una copa que, en el simbolismo geométrico tradicional está expresado por un triángulo con el vértice hacia abajo y la base hacia arriba, e inclusive con dos triángulos que se tocan en el centro por medio de sus vértices. Y el simbolismo del corazón como vaso o copa nos conduce directamente a uno de los símbolos más sacros de la Edad Media: el Santo Grial.

El Concilio de Vienne 1312

 


El 3 de abril de 1312, en el Concilio de Vienne, Francia, el Papa Clemente V, intimidado por Felipe IV de Francia, que había rodeado con su ejército la sede del concilio con la amenaza de detener al Papa y encerrarle, declara suspendida "sine die" en toda la cristiandad la Orden del Temple (que protege a los cristianos en peregrinación a Jerusalén), tras 194 años de existencia.
La bula de supresión, Vox in excelso, está firmada el 22 de marzo y se lee hoy públicamente al cierre del mencionado Concilio. Estas son algunas de sus palabras:
"En vista de las sospechas, la infamia, las fuertes insinuaciones y otras cosas que se han presentado contra el otro (...) y también la recepción secreta y clandestina del hermano de esta Orden; teniendo en cuenta, además, de los serios escándalos que han surgido de estas cosas, que no parecía que se fueran a detener mientras la Orden siguiera existiendo, y el peligro para la fe y las almas, y las muchas cosas horribles que se habían hecho por los hermanos de esta Orden, quienes cayeron en el pecado de la apostasía malvada, el crimen de la idolatría detestable, y el ultraje execrable de los Sodomitas (...) no sin amargura y tristeza en el corazón es que abolimos la citada Orden de los Templarios, su constitución, sus hábitos y su nombre, por un decreto irrevocable y perpetuamente válido; y la sometemos a una prohibición perpetua con la aprobación del Sagrado Concilio, estrictamente prohibiendo a cualquiera a presumir entrar a la mencionada Orden en el futuro, o recibir o vestir sus hábitos, o a actuar como un Templario."

Apunte sobre el Baphomet


Existe siempre una vinculación interesada de la historia templaria con un pasado oscuro, místico y pagano a la vez, y uno de los ejemplos más claros es el Baphomet. Es un término que se refiere a un ídolo que los Templarios fueron acusados de adorar, y que fue invocado como elemento testimonial pagano en el juicio de los Templarios a principios del siglo XIV. 

Fueron acusados de herejía y sodomía,  y cuando iba acompañada de interrogatorios y torturas el resultado era el esperado, los torturados se declaraban culpables de las acusaciones. Lo único que varía es la descripción del citado ídolo por parte de los reos, pues debían inventarlo para evitar el dolor y el sufrimiento. Aplicando la tortura, se encontraron confesiones sobre la cruz, los besos obscenos y la adoración de un ídolo. 

La imagen de una cabeza con tres caras, tan repetida en iglesias templarias, ha sido objeto de interpretación sobre su simbolismo, y diversas explicaciones sugieren que podía ser el Baphomet de los Templarios, el dios romano Jano, la representación de la Santísima Trinidad cristiana, la Síndone, la cabeza del Bautista e incluso Lucifer. Por ejemplo, en un canecillo del alero sur de la iglesia de San Martín de Artaiz, Navarra, o el bajorrelieve de una cruceta del Convento de Cristo, en el Castillo de Tomar, Portugal. Mucho se ha escrito y especulado.Desde luego, hay elucubraciones. Investiguen y saquen conclusiones. 



El Templum Domini



El Templum Domini (traducción vulgata del hebreo: 'הֵיכָל ה "Templo del Señor") fue el nombre que le dieron los cruzados a la Cúpula de la Roca, en Jerusalén durante las Cruzadas. 

Se convirtió en un símbolo importante de Jerusalén, apareciendo en las monedas acuñadas durante el Reino Cristiano de Jerusalén.

La Cúpula de la Roca se construyó a finales del siglo VII bajo el gobierno del quinto califa omeya Abd Al-Málik ibn Marwan en el sitio donde antes se encontraba el Segundo Templo Judío (o posiblemente fue añadido a un edificio bizantino ya existente desde el reino de Heraclio, 610-641).

Tras la captura de Jerusalén en la Primera Cruzada (1099), la Cúpula de la Roca fue dada a los agustinos, que la convirtieron en una iglesia cristiana.

La adyacente mezquita de Al-Aqsa fue llamada Templum Solomonis (Templo de Salomón) por parte de los cruzados. 

Fue convertida primero en un palacio real. 

La imagen de la Cúpula, representando el "Templo de Salomón", se convirtió en un elemento iconográfico importante del Reino de Jerusalén. 

Los sellos reales de los Reyes de Jerusalén ilustraban a la ciudad simbólicamente combinando la Torre de David, la Iglesia del Santo Sepulcro, la Cúpula de la Roca y los muros de la ciudad. 

Tras la terminación de la construcción del palacio real cerca de la Puerta de Jaffa, el Reino de Jerusalén le dio el edificio de la mezquita a los caballeros templarios, quienes lo mantuvieron como su cuartel general. 

La Cúpula aparecía en el reverso de los sellos de los Gran Maestres de los templarios (como Evrard des Barres y Renaud de Vichiers), y se convirtió en el modelo arquitectónico de las iglesias templarias redondas por toda Europa.

Aunque la cercana Cúpula de la Ascensión fue construida como un baptisterio durante el periodo cruzado, ha permanecido desde entonces en manos de autoridades islámicas como parte del complejo más grande de la Cúpula de la Roca.

Batalla de la Fuente del Berro, Jacques de Mailly y los mártires de la Orden.

 


Al alba del viernes 1 de mayo1187, los jinetes árabes al mando de Al-Afdal, hijo de Saladino, pasan pacíficamente ante los muros de Tiberíades en busca de Reinaldo. Esa tarde, cuando vuelven por el mismo camino, han respetado al pie de la letra las exigencias del conde y, sin embargo, no han podido evitar el incidente. El conde Raimundo ve con horror que, en sus lanzas, los mamelucos llevan clavadas las cabezas de más de cien templarios. ¿Cómo ha podido suceder lo impensable? Casi al mismo tiempo, Balian de Ibelin llega a su cita en el castillo de la Féve. En la explanada de Esdralón ve, asombrado, que el campamento templario está vació y el castillo, abandonado. Su escudero registró todo el lugar, mas sólo encontró dos hombres enfermos que nada sabían. Extrañado y preocupado, iba ya a dar media vuelta, cuando aparecen al galope una pareja de jinetes dando gritos. Son dos templarios, cubiertos de sangre y polvo, que cuentan al señor de Ibelin el terrible desastre que ha tenido lugar en la Fuente del Berro.

Según estaba previsto, el maestre de los Templarios, Gerad de Ridefort, y el de los Hospitalarios, Roger des Moulins, habían llegado el mismo día 30 al cercano castllo de la Féve camino de Tiberíades, en misión de embajadores del rey Guido como dijimos. Es de suponer que los maestres recibieran al correo de Raimundo, que les avisaba del paso pacifíco de los musulmanes. Por motivos que se ignoran, pero quizá basados en las rencorosas intrigas del vengativo Gérard, quien tal vez quiso proteger a su antiguo cómplice Reinaldo de Chátillon, los maestres deciden atacar a los musulmanes. Gérard de Ridefort envía un mensajero al mariscal del Temple, Jacques de Mailly, que se encontraba a ocho kilometros de allí, en el castillo de Caco (Kh-Qara), con poco más de cuarenta templarios y sus tropas auxiliares, para que acuda urgentemente a unirse con la guarnición de La Féve, compuesta por unos noventa caballeros del Temple, más diez hospitalarios con su maestre Roger. Al amanecer del día 1 de mayo, ambos maestres y el mariscal se acercaron hasta Nazareth, donde reclutaron a otros cuarenta caballeros de la guarnición real. Entre caballeros y tropas auxiliares se juntaron unos quinientos guerreros, que se encaminaron sin demora hacia en El-Mahed, cerca de la aldea de Seforia (SAFFURIYA), al noreste de Nazareth. Allí, cerca siete mil mamelucos, árabes y kurdos, estaban abrevando sus caballos en la Fuente de Berro.

Los templarios, que salían desde una elevación, tenían la ventaja del terreno y de la sorpresa. Gérard de Ridefort quiso cargar inmediatamente contra los musulmanes, pero la diferencia de tropas era tan grande que el maestre del Hospital y el mariscal del Temple le aconsejaron la retirada. Sin atreverse a un enfrentamiento con Roger des Moulins, Gérard se encaró groseramente con su mariscal, Jacques de Mailly, increpándole:

- Hablaís como un hombre que desea huir; amáis demasiado esa rubia cabeza, que tan bien la quereís guardar....

Pero el mariscal le respondió profético:

- Moriré frente al enemigo como un caballero de bien. Sois vos quien volverá grupas como un traidor.

Lleno de ira, el orgulloso maestre le volvió la espalda,le dio la orden y se lanzaron a la carga. Dice el cronista que Jacques de Mailly, mientras galopaba hacia los musulmanes, le hablaba dulcemente a su blanco caballo:

- Rocín, buen compañero, he pasado muchas y hermosas jornadas cabalgando sobre tu lomo; pero el día de hoy las superará a todas, porque hoy me llevarás al Paraíso.

La batalla fue corta, en muy poco tiempo los francos resultaron diezmados a pesar de su empuje guerrero. Los últimos combatientes cristianos fueron un caballero del Hospital, de nombre ignorado, y uno templario, el mariscal Jacques de Mailly, quíen al ver a su compañero hospitalario finalmente abatido redobló su empuje y resistencia luchando como un torbellino. Primero sobre el caballo y luego a pie, su espada segaba, como si de trigo se tratase, las vidas de los enemigos que lo rodeaban. A la vista de este prodigio de valor, los musulmanes cesaron de combatirlo y formaron un círculo a su alrededor, ofreciéndole la vida a cambio de la rendición. Rechazadas tales proposiciones, como ofensivas para su honor, el templario acabó abatido por las flechas de los arqueros.

Mas como iban ataviado con las albas vestiduras de la orden y montado sobre su corcel blanco, al caer muerto, pero no vencido, los musulmanes irrumpieron en gritos convencidos de haber cogido al san Jorge de los francos. El cuerpo del templario fue asaltado por los mamelucos, quienes, presos de un terror reverente, se disputaron hasta el mas insignificante de sus despojos: ropas, armas, adornos, etc; como talismanes o reliquias. Hasta tal punto, que algunos se frotaban la cabeza con el polvo empapado en su sangre, como si de esta manera pudieran adquirir su bravura y valor. Enterado al-Afdal del prodigioso suceso, el hijo de Saladino ordenó se enterrase con toda dignidad el cadáver del templario y que, como signo de respeto por su valor, le sepultasen con su espada en la mano.

El resto, francos y templarios, incluso el maestre hospitalario Roger des Moulins, todos perecieron. Sólo tres caballeros del Temple escaparon con vida, uno de ellos fue Gérard de Ridefort, que, a pesar de estar gravemente herido, consiguió huir a uña de caballo hasta Nazareth. Por el camino, resonarían en sus oídos la proféticas palabras que Jacques de Mailly le dirigió antes de entrar en combate: "....Sois vos quien volverá grupas como un traidor".

El maestre Gérard, mortificado por las heridas y tal vez por la verguenza, se entretiene en el camino y la noticia del combate llega a Jerusalén, antes que él, por boca de sus compañeros. Los otros dos templarios supervivientes cuentan al convento lo sucedido y se produce tan gran consternación que, sin esperar el regreso del maestre, los caballeros forman un "comando" que regresó a la Fuente del Berro para buscar el cuerpo del mariscal. Allí encuentran su tumba, desentierran el cadáver de Jacques de Mailly y lo llevan a su Casa Madre de Jerusalén. En la iglesia poligonal de la Cúpula de la Roca, le rindieron honores y comenzó a ser venerado como héroe por los hermanos de la orden y como mártir por numerosos peregrinos. Astutamente Gérard consitió en todo, prefería tener al mariscal como héroe-mártir que tranquilizase su conciencia, pues los otros dos templarios supervivientes ya habían relatado a los hermanos la disputa entre Jacques y el maestre Gérard, así como la "profecía" sobre su huída en combate. Pero en cuanto se hubo repuesto del descalabro físico y moral, el de Ridefort volvió a las andadas. No sabía que su nuevo despropósito daría el respaldo definitivo a la santidad de Jacques de Mailly.

Yolanda de Jerusalém


 Yolanda nació en Andria, Italia, hija única de María de Montferrato, reina de Jerusalén, y de Juan de Brienne. María era la hija de la reina Isabel de Jerusalén de su segundo marido Conrado I, y heredera, a la muerte de su madre, del reino de Jerusalén. María murió poco después de haberla dado a luz, posiblemente por fiebre puerperal. Debido a esto, Yolanda fue proclamada reina de Jerusalén cuando sólo tenía unos días de edad. Debido a que su padre Juan no tenía una pretensión directa al trono, él gobernó como regente hasta su matrimonio.

Matrimonio de Yolanda de Jerusalén con Federico II.

Yolanda se casó con Federico II Hohenstaufen, emperador del Sacro Imperio, el 9 de noviembre de 1225, quien se había implicado en la Quinta Cruzada, enviando tropas desde Alemania, pero no consiguió acompañar al ejército directamente, a pesar de que lo incitaban a ello los papas Honorio III y más tarde Gregorio IX, pues necesitaba consolidar su posición en Alemania e Italia antes de embarcarse en una cruzada. Sin embargo, Federico de nuevo prometió ir a la cruzada después de su coronación como Sacro emperador Romano en 1220 por Honorio III.

Durante una reunión entre Juan de Brienne, el papa Honorio III y Federico II en la ciudad de Ferentino en 1223, el destino de Yolanda quedó decidido: Federico aceptó finalmente ir a la cruzada, pero solo como rey legítimo de Jerusalén, y esto sólo era posible si se casaba con la reina Yolanda; para entonces Federico era viudo. Este fue un plan del papa, quien esperaba que con este enlace comprometería firmemente al emperador en la quinta cruzada. El compromiso quedó confirmado, pero el emperador aún retrasó su partida hasta agosto de 1225, cuando él y Yolanda quedaron casados por poderes en la ciudad de Acre. Días después, Yolanda fue coronada como Reina de Jerusalén.

La reina ahora coronada fue enviada a Italia y se casó en persona con Federico II en la catedral de Brindisi, el 9 de noviembre de 1225. En la ceremonia, se proclamó como rey Federico de Jerusalén. Inmediatamente Federico II procuró que su suegro, Juan de Brienne, hasta entonces regente, fuera desposeído del cargo y sus derechos transferidos a él. A pesar de su nuevo cargo como rey de Jerusalén, Federico II siguió tomándose su tiempo para ponerse en marcha, y en 1227, fue excomulgado por el papa Gregorio IX por no cumplir con honor su voto de cruzado.

Muerte

Después de la boda, Yolanda fue recluida por su esposo. Pasó su tiempo en el harén de Federico en Palermo. En noviembre de 1226 dio a luz a su primer hijo, una niña (a la que algunas fuentes llaman Margarita) que murió en agosto de 1227.

Federico finalmente zarpó de Brindisi el 8 de septiembre de 1227 hacia Jerusalén pero enfermó en Otranto, donde Luis IV, landgrave de Turingia, había sido llevado a tierra. Federico pospuso el viaje mientras se recuperaba. Mientras tanto, Yolanda murió después de dar a luz a su segundo hijo, un niño, Conrado, en Andria, Bari, el 25 de abril de 1228. Está enterrada en la catedral de Andria. Federico finalmente embarcó para Jerusalén el 28 de junio.

Federico II reclamó el reino de Jerusalén a la muerte de su esposa. Aunque se coronó a sí mismo como rey de Jerusalén en la Iglesia del Santo Sepulcro el 18 de marzo de 1229, gobernó como regente en nombre de su hijo, estableciendo una tregua con los musulmanes en 1229 durante la Sexta Cruzada.